El poder de las palabras

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Ya hace algún tiempo puedo decir claramente la palabra “Mamá”. No es que sea algo dificultoso, pero, aún debo ejercitar mi voz para que salgan las palabras que quiero, mientras tanto intento decir “abrazo” y me sale “uftadazo” o quiero decir “leche” y digo “ummmf”.

Creo que decirle “Mamá” a mi Mamí es fácil, porque la quiero mucho. Las palabras deberían ser siempre así, dichas con amor.

Ahora, no es que no quiera a mi Papá, pero la palabra se me dificulta un poco. Es así como sacar el airecito de adentro para que haga PA, pero mis dientecitos chiquitos no me permiten hacerlo todavía.

Mientras lo intento, escucho a veces atentamente lo que dicen los demás… Bueno, por lo menos un ratito hasta que me distrae el zumbido de uno de esos aparatos que los dominan a todos los mayores, sí, esos que pegan a sus oídos y los hacen estar mucho tiempo hablando como locos, también allí trato de escucharlos, para aprender las palabras.

Yo soy creativaso, o como se diga a eso de inventarse cada cosa,  y para simplificar creo nuevas palabras, como “tanfun”, para mi cajón de juguetes o “dada”, para las perritas de mi abuelito Issac.

Hay palabras que reconozco me hacen cosquillitas de felicidad, como cuando mi Papá llega del trabajo y me levanta en brazos y me dice que me extrañó mucho, o cuando mi mamá me dice que me duerma tranquilo que ella estará allí.

Al final sé que en algún momento podré decirle a mi Papá lo mucho que valoro que trate de llegar a casa todos los días temprano y a mi Mami que me gusta mucho verla hacer las cosas en casa.

Ustedes deben ser expertos en decir cosas a los demás ¿No?. Debe ser, y dirán a sus hijos cuanto los quieren y a sus esposas que las aman y a sus esposos que están orgullosas y cosas así. Llamarán por esos aparatos a sus mamás y les preguntarán como están, y a sus papás, primos, tíos, sobrinos, para preguntarles cosas así. Y es que he aprendido que las palabras son mágicas cuando se dicen pensando en los demás.

¡A que no adivinan!: esta tarde, cuando regresó Papá, al verlo entrar al cuarto me alegré tanto que dije clarito: “Papá”, síiiii, fue emocionante porque me abrazo fuerte y nos reímos juntos y repetí una veces más esa palabra tan querida.

Claro, ahora el problema es que no sabemos cómo hacer para que Papi deje de contar y contar a todo el mundo mi hazaña. En fin, las palabras también sirven para decirles a los demás sobre las cosas buenas que nos pasan.

Palo con clavo y santo remedio

Sin título-2            Los sueños de venganza son los más inútiles de los consejeros cuando la cabeza está contra el piso y una zapatilla la aprieta fuertemente, como si quisiera que el cemento y el cerebro se conocieran e hicieran el amor de una vez.

         La zapatilla de lona huele a queso. Y es algo extraño: nadie te dice que esas zapatillas te sacan un olor tan fétido, pero igual te las compras. En ese momento el olor inunda la nariz del muchacho que esta tiernamente tirado en el patio del colegio, mientras las risas revientan como pop-corn por doquier, llenando el ambiente de una canción de moda con su nombre y el apelativo de “maricón” combinados, bailando un vals un dos tres, un dos tres.

         Esa sensación de irrealidad y presión en la cabeza, cada vez que lo apalean, vuelve y revuelve una vez más. Y no es la adrenalina subiéndosele para sacar golpes de karate precisos, como la película del canal seis que vio el fin de semana. No será esa aura de poder, que lo llevará a ejecutar la patada de la grulla contra su enemigo, librándolo del maldito estigma de ser un perdedor.

         Una vez más el tiempo se dilata para que sus sueños de venganza fútil lo lleven a imaginarse que logra de una vez sacarse de encima al Loco Herrera que siempre usa como banquito para su zapatilla de lona barata, su mejilla de trece años.

            “La venganza es un plato que se come frio mi pequeño saltamontes, ya llegará tu oportunidad…” parece oír mientras que, como en un ensueño, oye llegar al auxiliar al que apodan “Perro” y sacarle de encima al repitente, dos-veces-ya-van-Herrera-no-te-da-vergüenza, de metro setenta y monstruosamente musculoso, para esos ínfimos quince años que debería tener corporalmente.

         El roche es mayúsculo cuando lo ayuda a pararse y se lo lleva arrastrando hacia la oficina de auxiliares para decirle lo tonto que es, para decirle que debe enfrentarse como un hombre a los demás, que parece una mujer a la que siempre tienen que defender y que nadie tiene respeto. Gracias a Dios en este país funciona la educación pública que alienta a los alumnos a ser mejores ciudadanos que buscan la paz y la tranquilidad ¿no?, piensa el alumno Chacón mientras oye hablar al auxiliar. ¡Sácale la mierda de una vez porque si no vas a terminar uno de estos días entregando el poto y ni digas que no te lo advertí Chacón!, es la última recomendación práctica que se le hace antes de mandarlo a su salón de clases, donde, al llegar, los murmullos y las risitas acompañadas por miradas de conmiseración lo hacen sentir una vez más que vive en una irrealidad luctuosa, oleosa, irritante…

         Días después la cabeza vuelve a rebotar esta vez contra el pasto, prolijamente cortado y lleno de piñas de los cedros del parque detrás de la urbanización La Salle, donde fue a enfrentar a su enemigo, tratando de convocar en el proceso a algunos alumnos abusados para que le caigan encima entre todos. Al final nadie lo ayudó y tuvo que tragarse la humedad de la grama domesticada, recién mojada y anegada, en la cual se estaba ahogando porque, al no haber “Perro” cerca, el Loco Herrera se estaba regodeando en atormentarlo por su falta de hombría suficiente para darle siquiera un golpecito, una cachetadita pues.

         En un momento dado siente el alivio de liberarse de la presión en su cabeza pero el cuerpo no le da para pararse, en esa tarde en que alrededor de ellos se congregaron hasta las chicas del Arequipa de segundo año y en especial esa gatita que le gusta tanto y tanto, maldita sea quiero que me trague la tierra en este instanteeeeeeeee!!!!!!!!!, piensa.

         De pronto oye que las muchachas gritan con aulliditos mezclados con algo que no logra descifrar, hasta que siente algo caliente en la cara, un líquido que lo saca de su ensoñación derrotada y lo hace arrastrarse tratando de evitar el chorro bomberil de orina que le está manchando para siempre el honor y dándole un estatus más bajo que el de gusano para siempre, en el mundo de la esquina de “Le Petit Marché”.

            Este mundo es extraño, piensa siempre que quiere dejar de preguntarse el porqué le pasan esas cosas a él, cada vez que no entiende ni siquiera qué papel juega en todo ese mundillo adolescente de demostrar quién pega más, quién tiene más flacas, quién chupa más, chanca más en los estudios o es el más pendejo o se masturba más y tantos más de los cuales él es el más inútil de los más. No entiende nada pero sabe que pisó fondo y que MÁS bajo no puede caer. Era la hora de sacarse de encima de una vez para siempre a Herrera y, una idea, se le iba formando en la cabeza.

         La venganza es de noche y sin luna. Aunque no vale de nada porque en el barrio que vive Herrera no es necesaria, pues no necesita la protección de la luminosidad de los focos municipales para ser respetado. Hasta los perros callejeros se alejan de él cuando pasa. Esa confianza es la que convence a Chacón (o “Chancado” como ya le dicen), de planear su ataque vengativo.

         Es fácil para la revancha despertar instintos tan sencillos y contundentes. Es fácil imaginar la eficacia de algo que parece improbable de funcionar. Es cuestión de planificar con la sencillez que da el objetivo, un objetivo grande de espaldas generosas, que camina sin cuidado por las calles de su barrio, sin temor a ninguna clase de ataque como el que quiere perpetrar Chacón.

         La noche es su amiga y chochera desde hace días, pues no le importa escapar de su casa pasadas las siete peeme para ir a vigilar que la rutina de su enemigo sea siempre la misma. A esa hora el vigilado va a visitar a su jermita del barrio, que vive tres cuadras más allá. Siempre pasa por la misma ruta y cruzando esa torrentera que es oscura a más no poder. Allí estará apostado Chacón con un palo con un clavo de cuatro pulgadas sobresaliendo en la punta y algo doblado, lo suficiente.

         Claro, el truco es golpear justo una palma más abajo del cuello, para que el clavo atraviese y se enganche entre las vértebras y las costillas. Tiene que ser así de certero el golpe para que cuando el susodicho intente agarrar el palo para sacárselo se lo incruste más, por la forma como cogerá el mango desesperadamente, hasta que alguien logre inmovilizarlo, cosa difícil con la contextura de la víctima y, por supuesto, contando que alguien se atreva a ayudarlo en un barrio en el que el temor hará que nadie salga hasta que se desangre o se desmaye… así de sencillo.

         La venganza es un plato que se come frío pequeño saltamonte, y se hace en la noche y con un pasamontañas como resguardo para evitar identificaciones que arrastren una detención temprana. La obscuridad, tres soles para tomar un taxi a la volada y la imposibilidad de culparlo a él, justamente a él jajajajajaja, hasta daría impresión pensar que él, el más cobarde de los cobardes, pudiera planear algo así. Entonces la venganza sería para su propia satisfacción y lo llenaría de un orgullo que ya empezaba a saborear en esa noche en que estaba apostado a las seis cuarentaicinco en el callejón en espera de su presa que, después de minutos lentos y desesperantes, se aproxima con ese tumbao que tienen los guapos al caminar… como dice la canción.

         Chacón aprieta firmemente el palo. Ve en cámara lenta como Herrera pasa por su costado y se apresta a salir y cumplir su más grande deseo.

         Sencillo ¿no?.

         Nadie vería nada.

         Es sencillo ¿no?.

         Tomar la vida de su enemigo en ese momento es increíblemente fácil. Una vida en sus manos. Se siente tan poderoso como nunca se sintió.

         Pero ¿es tan sencillo?.

         Si, tan sencillo como bajar el palo y dejar que Herrera se vaya. Al día siguiente y después de largas conversaciones con sus padres, es trasladado de colegio, a otro menos nacional y de marca callejera. A uno más alejado de ese submundo de la esquina de Le Petit Marché. Tan sencillo como aprovechar ese sentimiento de poder, para elevarse como un fénix por encima de muchos a lo largo de esos años que comenzó una nueva vida, gracias a esa fuerza, salida de quién sabe dónde y que lo acompaña siempre y que le hace sentir cosquillas de placer cada vez que recuerda a Herrera, y esa historia, extraña y lejana historia, de cómo quedó paralítico por un ataque por la espalda con un palo con clavo oxidado, seis meses después que él se cambiara de colegio y desapareciera de la vida de todos ellos en esa esquina, en ese colegio y de esa gatita que no recuerda su nombre y la verdad, ni importa ahora.

(Finaliza con la tercera parte: La huida del Ojón) 

 

La última chance

Sarko Medina Hinojosa:

¿Qué harás con la última oportunidad?

Originalmente publicado en Sarkadria:

angel

Tengo la oportunidad de correr tras de ti en la arena

Fundirme contigo en el abrazo primigenio

Tengo el tiempo para cantar en medio de la calle

Esa canción que nunca me abandonó

Saltar en tierra mojada

Volver a jugar con esos mandos viejos

Teñir de blanco mi cara

Recitar el poema de mi hijo en el micrófono virtual de Youtube

Comer esa fruta que no me gusta (mentira me comeré miles de guayabas)

Acostarme por horas vencidas las ganas de trabajar

Ver cómo nuevamente Cantinflas me hace reír

Soñar despierto con la vida que nuestro hijo tendrá (Futbolista quién sabe NO)

Tengo la oportunidad de explorar la piel que te nace

Entre el pecho y el beso

Tengo la oportunidad de correrle a la tristeza

Comiendo un helado de frambuesa J

Puedo componer versos tontos

Lamerte la cara para que pongas cara de asquito

Sentir el agua con colorante

Ver original 151 palabras más

Un respiro para Papá

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A veces Papi viene a casa tan cansado que ni me mira, pasa de frente a la cama sacándose la corbata y agarra el aparatito de la caja de colores y empieza a cambiar canales y ni un besito para su hijito. Eso no me estaba gustando.

Empecé a darme cuenta que eran menos las veces que lavaba mi platito de comida o me preparaba mi lechita. Tampoco me cambiaba el pañal o me arrullaba en las noches cuando me despertaba porque soñaba que un punto negro gigante se comía los colores del arcoíris.

Algo estaba pasando.

Como soy muy observador, me di cuenta que mi Papi estaba cansado últimamente y se quejaba del trabajo. Que era muy duro por esto, que era muy pesado por aquello.

Mi Mami estaba también triste porque ya no conversaban como antes y no se alegraba con nada.

Además, como que es muy difícil hablarle a alguien que está enojado.

No sé si ustedes se han dado cuenta, pero a veces los adultos como que se olvidan de lo principal, digo, de quedarse quieticos un momento mirando un rayo de luz, o dejarse llevar por la brisa que se cuela por la ventana. Deberían prestarle más atención a los sonidos. A mí me sirve, cuando estoy algo molesto por el pañal o porque no puedo rascarme la espaldita, escucho las voces de mis Papás conversando o de la calle solamente y me relajo mucho.

Hoy tomé la decisión de ofrecerle a Papi algo que aprendí hace poquito y que le escuché a mi Tío José Manuel.

Cuando llegó del trabajo y vino al cuarto le sonreí, cuando me cambió mal el pañal, le sonreí, cuando no me saludó otra vez, le sonreí.

Los dos primeros días no me hizo mucho caso, pero al tercero me sonrió también, entonces me reí. Al principio se quedó sorprendido, pero inmediatamente también se puso a reír conmigo, luego me reí más fuerte y él también.

Así han pasado varios días y ya está más relajado mi Papi. Y es que él aprendió como yo, que una risa son como vacaciones instantáneas, capaces de aliviarnos esas molestias que nos provocan cosas tan tontas al final de cuentas.

A ver si también ustedes se embarcan en un lindo momento fuera de sí mismos y se ríen con toooooodaaaaasssss sus fuerzas ¿Sí?.

En “Le Petit Marché”

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         Se sentía extraño besar sus labios cerrados. No la abrazaba, mantenía sus manos a los costados y solo proyectaba hacia adelante su cara. Trataba de mover los labios de Rosa, pero ella no correspondía.

         –Tú ya besaste antes ¿No?— le preguntó ella en un respiro.

         Sí—, le respondió.

         —Me lo imaginaba— susurró con una marcada tristeza que años después recién comprendió Thomás.

         De pronto se sintieron rodeados por varios muchachos. En sus caras agrestes se reconocía que eran del Túpac Amaru.

         —¿Qué quieren?—, preguntó Thomás mientras Rosa se colocaba detrás de él.

         —Nada sonso, solo ver como besabas a mi flaca—, escupió el más adelantado de los muchachos.

Examinándolo era un quiscudito de menos de trece con la bragueta abajo y la camisa blanca del colegio salida en un costado, tenía los dientes delanteros careados y una mirada de odio racial que nadie le sacaría del alma.

         Thomás empezó a sudar frío. No tendría oportunidad contra ellos, ni siquiera tendría oportunidad en uno a uno, nunca le fue bien en las peleas antes. Ganar tiempo, eso era.

         —Dices que Rosa es tu flaca, pero nunca te vi con ella—, le dijo mientras lentamente, sin dar la espalda al grupo, se dirigía a la esquina de la cuadra.

         —¿Oe tú crees que soy huevón?, ella vive por mi casa y conozco a sus hermanos, son mis yuntas.

         —No es cierto, no soy nada de él créeme Thomás—, le decía Rosa respirando fuerte y con calor a su espalda.

         Thomás debería creerle, no hacer lo que hizo, debería saber que los labios de una chica de once años que no se abren para el primer beso, son la marca indeleble de no saber besar, que nunca estuvo con otro y que si aceptó estar con él fue por la presión de sus amigas.

         Los dos se conocieron en “Le Petit Marché”. Esa esquina que años antes fue heladería de pitucos, pero que ahora quedaba de recuerdo una tienda de abarrotes y un letrero que nunca nadie supo que decía o que significaba. Desde hacía dos años que los colegiales del Muñoz Nájar, el Túpac Amaru y el Independencia, se reunían a esperar a las chicas del Arequipa y del Micaela Bastidas. Se juntaban en grupos y algunos se iban a los parques de la urbanización cercana a tomar pisco con gaseosa y jugar a la botella borracha.

         Rosa estaba en primer año de secundaria y conoció a Thomás porque se lo presentaron en el grupito de sus amigas. No le tomó mucho interés al muchacho delgado y con una nariz graciosa, con rulos y pestañas grandes, hasta que Silvia, una amiga de ambos, le dijo que Thomás estaba interesado en ella y que se declararía el sábado. No llegó a tanto. El mismo viernes él la esperó y le pidió hablar un momento. Ella se separó a un costado de su grupo de amigas.

         —¿Qué quieres?— le dijo al galancete.

         —¿Porqué estás arisca?— le repreguntó Thomás.

         Es que me voy temprano ya sabes….

         —Entonces te lo digo—, le dijo el muchacho acercando su boca a su oreja y diciéndole despacio, en medio del bullicio de voces y carros: —¿Quieres estar conmigo?.

         La muchacha hizo honor a su nombre, coloreándose con intensidad sus mejillas, pero se recuperó lo suficiente para decirle, —Mañana te contesto— y salir disparada para que sus amigas la recibieran con alborozo y mil preguntas a boca-de-jarro mientras Thomás se dirigía lentamente, con soltura, donde sus amigos de mancha.

         Al otro día él la vio con ropa de calle y sufrió una decepción al verla tan sencilla y niña, con su chompita rosada y su jean suelto con sus zapatillas de colegio blancas. Pero bueno, no estaba para hacerse el rico, ya estaba embarcado en la tarea de tener jermita, como muchos tenían.

         —¿Y?, cual es la respuesta— le preguntó de arranque.

         —Te respondo pero me voy rápido ¿Sí?— le dijo obviando el saludo también.

         —Ya, ya—, le dijo para recibir un “Sí” quedito y ver a la chica salir corriendo de nuevo para repetir la misma escena de ayer con sus amigas e irse brincando y mirándolo de reojo.

         Él se sintió un hombre a sus trece años. “Ya cayó la mocosa”, se dijo para sí mismo.

         Pero, en esos momentos, frente a esos muchachos con ganas de estamparlo en la pista gratuitamente, no se sentía nadita mayor, más bien empezaban a temblarle las piernas imaginando la paliza que estaban por darle. Mientras, el instinto primigenio, le hacía hablar en el mismo tono, sin inflexiones, contestar sin insultos comprometedores al otro tipo y avanzar paso a paso hacia la esquina, desde donde se veía la avenida La Salle y, por alguna razón, sabía que los chicos esos no se atreverían a chancarlo allí, no vaya a aparecer una patrulla de la Policía.

         —Mira no me jodas si quieres a la chibola te la regalo que a mí me sobran ¿Sí?, así que vete con tus choches a otra parte y no me molestes— les dijo Thomás ante la cercanía ya palpable de la esquina, a la que llegó y, sin temblor, dio la vuelta con Rosa agarrada a su mano, con la cual empezó una caminata rápida hacia Le Petit Marché.

         —¿Es verdad lo que les dijiste Thomás?—, —¿Es verdad que tienes otras?

         —¡Cállate!, ¿No ves que todo es tu culpa por ser regalona?—, le gritó.

         ¿Qué es ser regalona?, ¿Qué significa estar con uno y con otro, chapar con uno y otro jugando a la botella borracha, irse a la cama con uno y con otro cuando se van a la casa del Toro, enamorarse y entregarse a uno y otro en la academia, instituto, trabajo, que significa tener un hijo para uno y otro, no saber de cual es cual o simplemente hacerse la sueca para endosárselo al más pavo de todos, que significa, por último, ese dolor interminable de no entender qué pasó, en que se equivocó con Thomás, porqué la trata así, porqué se aleja de ella, porqué no lo verá nunca más, porqué tomará su carro a su casa en otro paradero y así evitará ser una regalona? Porqué…

         Mientras camina hacia la esquina, Thomás piensa en convocar a los de su mancha, a los que aún están en tercer año, los que no participan tanto en los asuntos del grupo “La Maffia”, la cual lidera el Toro, muchacho de veintitrés años y líder natural. Él logró que la esquina entre las avenidas La Salle y Goyeneche fuera sólo del Muñoz Nájar y que los de la “I” se fueran a la esquina del Seguro Social. Lo consiguió a punta de masacres a la hora de la salida. Él también dirigía los atracos nocturnos después de embarcar a las chicas. Él tenía un fierro del 38 que cargaba Miluska, su flaca. De él se decía que había matado, violado, por eso lo seguían, porque era bravazo.

         Thomás pensaba en todas esas cosas mientras llegaba a la esquina donde estaban sus amigos y les dijo: —Vamos.

         —¿Qué pasa?—, le increparon, —Unos huevones del Túpac me quisieron gomear, así que vamos para sacarles la mierda. Se movieron varios para seguirlo justamente cuando los mencionados se acercaban a la esquina.

         De frente Thomás se le paró al quiscudo.

         —¡Así que machito con tu mancha no huevón! ahora pues arreglemos frente a frente si eres hombrecito.

         El quiscudo puso una cara de rabia que se transformó poco a poco en de cuidado. Thomás entonces sintió como a sus espaldas se congregaba gente.

         Uno de los del Túpac dijo: —¡Qué mierda quieren huevones nosotros no les hicimos nada!.

         De pronto la voz del Toro se dirigió hacia uno del Muñoz: —Bájatelo a ese—, inmediatamente un puñetazo a la nariz dejó sin habla al del Túpac.

         Entonces no hay paltas—, dijo Thomás que se sintió el más de las capaces en ese momento.

         —No hay nada, todo bien—, contestó a media voz el quiscudo.

         Entonces pide disculpas huevón—, le dijo con ganas de buscarle la sinrazón.

         Un instante de silencio necesario para medir las fuerzas, eran 7 contra toda una mancha de forajas que empezaban a agarrar palos de por allí.

         —No, no hay nada y quédate con la chibola si quie…—, no alcanzó a terminar.

         —Es mi flaca desgraciado y ¡Respeta carajo!—, le gritó Thomás, mientras le daba un puñetazo en la cara.

         El quiscudo, escupió de costado la sangre de su boca y apretó los puños, pero los relajó al instante para alejarse de costado sin dar la espalda junto con sus amigos para nunca más asomar la nariz por allí.

         El tumulto se disolvió… los amigos de Thomás le decía: —Bien jugado… así aprenderán a no meterse con nosotros… estuviste bravazo.

         Mientras le decían esto él buscaba con la mirada a Rosa, pero no la vio más. —Qué importa, después de esto voy a tener más flacas de las que necesito—, se dijo para calmarse un dolorcito que se le empezó a formar en el pecho.

         Más tarde, cuando las muchachas fueron embarcadas y los chicos se iban a sus casas, el Chato José, un lugarteniente del Toro lo llamó: —Oe él quiere hablar contigo de algo. —¿Conmigo?—, —Sí, a ti huevón, no te hagas el chueco—, le dijo.

         Bueno…

         Él Toro lo esperaba junto con los más avezados de la mancha.

         —¿Cómo te llamas?.

         Thomás le respondió, reprimiendo las ganas de decirle que ya se conocían.

         Hoy estuviste bien, ¿Quieres hacer algo más fuerte?—, —Sí, puede ser, ¿Como qué?—,  preguntó.

         —Nada, ya lo manyarás en el camino, lo único que tienes que hacer por ahora es tener los ojos bien abiertos para que nadie, en especial los tombos, nos frieguen ¿Sí?.

         —Si Toro—, contestó Thomás, imaginado las miles de aventuras que significaba que lo integraran al grupo de los reyes, de los machazos, de los bravazos de “Le Petit Marché”.

(Próxima crónica: “Palo con clavo y santo remedio”)

Te caerás… y ¿Qué harás?

DSC04695Cada día aprendo más sobre mí mismo y mis fuerzas. A veces me sorprendo que, teniendo ya seis meses, pueda levantar mi cabecita y mirar lo que alcanza mi vista. Ummmhhhh, quiero probar hasta dónde puedo llegar…

Entonces, si pongo mi piernita derecha por aquí, veamos, luego mi rodilla izquierda, pero, si mejor me ruedo para la derecha, así, luego me voy para… que pasa no me detengo ¡Nooooo!.

No entiendo nada, me duele mi cabecita, quiero a mi Mami, ella llega ahora, pero no me deja de doler, quiero a mi Papi también.

No dejo de llorar y ya llega mi Papi, quiero que me abrace y me diga que me va a dejar de doler mi cabecita, no puedo dejar de llorar.

Estamos en un auto y no sé a dónde me llevan, no creo que a lo de la abuelita Lili, o la casa del abuelito Issac. Quiero que me sigan abrazando y cuidando, así, ya estoy dejando de llorar y el dolor se va.

No me gusta este lugar, es frío y me quiero ir a casa, quiero que me lleven a mi camita, que me den mi lechita. Un Señor de Blanco me agarra por toda mi carita y mi pechito y le pregunta a Mami cómo me caí… ¿Me caí?.

Quiero escuchar atentamente y saber porqué dicen que fue un descuido de mi Mamá, si yo mismo me impulsé para ese lado, lo que no vi fue que estaba a la misma orilla de la cama. Pero no es culpa de Mami, tampoco de Papi. Él dice que debió estar allí, pero que por ganar unos dineritos  se fue. No Papi y Mami: ustedes no tiene la culpa. Uyyy como me cansa esperar hasta poder hablar bien!!!.

Otro señor hace que me quiten la chompita, el polito y el vivirí y no quiero y lloro porque me molesta el frío en mi espalda. Papi dice que va a pasar. Y de nuevo estamos aquí afuera esperando no se qué, ahora sí mis papás van a tener la culpa de mis lloros porque quiero dormir en mi camita.

Parece que me dormí en brazos de Mamita y llegamos a casa, apenas he despertado y siento a mis papás a mi alrededor. Quisiera decirles que no se preocupen, si el Señor de Blanco me envió a casa, es porque estoy bien, pero quisiera también decirles que ya comprendí que lo que pasó: fue que me caí y que, aunque me ha dado mucho miedo y temor, sé que volveré a intentar gatear y de seguro también rodaré un par de veces, de seguro también mis papis me pondrán más almohaditas a los costados y estarán a mi alrededor, pero que no se preocupen tanto, porque deben saber que si me caigo una vez, pues me levantaré dos, eso es lo que haré siempre porque ¿Ustedes también lo hacen así, verdad?.

Historias del Peregrino: La fuerza de un toro

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Yo no lo conozco al tal Peregrino. Dicen que llegó ya una vez hace mucho tiempo y se quedó lo suficiente para que lo recordaran los mayores, pero ahora está de vuelta por esos pagos. Yo no lo conozco bien amigos, pero sé que debe tener pacto.

Pero por favor, invítenme una copa que ando con el guargüero reseco y constipado por la arenas que he atravesao.

¡Ahhhh! Que rico de verdad este anisado compañeros. Pero no se me inquieten, me han llamao pa contarles sobre el Peregrino y se los voy a contar todo.

Porque como saben, eso del Toro de Don Grimaneso no ha sido mentira, no no, yo lo he visto.

La Fiesta de San Hermenegildo comenzaba temprano ese día y los toldos estaban chillan chillan en los linderos del coso. En la madrugada el Venancio y el Junior habían bajado de la sierra, de la hacienda en Lacsa, a los toros bravos para la corrida. Entre ellos estaba el Pelao, un toro moteado de 350 kilos de peso de punta a punta y una cornamenta que cortaba de solo mirar.

Ese toro ya se había despanzurrado a dos parceros de la hacienda y había matado a punta de cornadas a un rival de amores. Era demasiado bravo para medirlo con un torero fino, pero lo traían para exponerlo solamente, era un semental que esperaba Don Grimaneso poderlo vender a algún hacendado del norte como padrillo.

¡Ah!, la fiesta, gran celebración donde todos son amigos, bueno hasta que se acababan los cuartitos de aguardiente de caña y empezaban los pleitos, pero todo se arreglaba con un buen plato de picante con su papa, su torreja, su presa de cuy y su batido de tarwui. Que rica la chicha blanca, que lindas las chiquillas, las señoritas en sus caballitos blancos, que galantes los hijos y sobrinos de los hacendados. Entre ellos, desencajaba el Peregrino.

La verdad, no sé que tiene en su andar, pero pareciera que no le temiera a nada, es viejo, es canoso, pareciera entre cuarenta y sesenta años. Yo ni de vainas que me le acerqué ese día. Muchos decía que esta ccaicado, hechizado, porque no entendían cómo si se fue ya viejo regresaba igualito.

¿Ustedes conocen a la hijita de los Madariaga?, no pues si no suben al pueblo si no es en octubre para vender el vino y ellos siempre llegan a por estas fechas para el Santo Patrono. La Doña Eulagia era la más devota y la niñita, hija de su nieta, salió igualita, así de pecosa y con ese aire de mandona que ya tienen desde que nacen los de su estirpe.

Las trompetas, los bombos, las guitarras, como sonaban a celebración, así como yo celebro que no sean tacaños con el anisito, así, muy bien amigos, mucha cháchara y se preguntarán cómo fue que se escapó el Pelao. Unos ccoros de aquellos que solo sirven para hacer daño, estaban subidos en el cerro, al lado del corral grande, bien atrincherados en un árbol de sauco, y le tiraban piedras al mounstruoso animal ese. Para la malaya suerte de todos, el animal había aprendido como sacar una tranca sin amarrar, así que en una de esas se fue contra la puerta del corral y de un solo astazo levantó la tranca y se mandó contra el árbol.

Los mocotecctes esos ni atinaron a nada, solo a gritar. Así se apareció el Junior en caballo y, gritando como loco, atrajo al animalote contra él.

A puro grito les dijo a los mocosos que avisaran en el pueblo que el Pelao se había escapado. Como alma que lleva el diablo los chiquillos corrieron hacia el pueblo gritando el peligro. Todos se escondieron en sus casas y los más bravos agarraron sogas y estacas para ir a capturar a la bestia. Estaban animados. Lo malo es que el animalote había dejado de perseguir al Junior y se adentró al pueblo por el lado de la Iglesia. En plena plaza casi no había nadie, pero sí el Peregrino y la nana de la niñita.

Al ver al toro la pobre chiquilla se desmayó y la niñita empezó a correr hacia la casa grande. El toro la divisó y arremetió contra ella. Todos gritaban pero eran más mujeres y bueno, yo que andaba en la tienda de la Paspina. No llegaba a salvar a nadie como estaba.

Ahí pasó.

El Peregrino lleva siempre un bastón que nunca suelta, no sé como apareció justo a un costado del animalote y le dio un empujón cuando las cuatro patas estaban en el aire. La bestia cambió de rumbo y se desparramó por el piso de piedras, mientras el viejo ese tomaba a la pequeña y la lazaba a los brazos del Carlos Tineo que se apareció justo por allí.

Pero la bestia no estaba derrotada. Se paró bufando a los mil demonios y arremetió contra el vejete. Allí sucedió algo que no entendemos. Yo vi todo, pero aún no se me cuaja la idea.

El Peregrino esperó con el pie derecho adelantado al animalote y cuando llegó donde él, con el pie izquierdo dio un salto para atrás mientras con el bastón como que hizo una cruceta en los cachos, con el brazo derecho debajo del cacho izquierdo y el brazo izquierdo bajo el cacho derecho agarrando el bastón y, cuando cae al piso después del salto tira para abajo pero para el lado derecho de él, haciendo que la cabeza de la bestia inmensa se vaya para abajo y el cuerpo se le tuerza de manera incomprensible y cayera.

El bastón salió disparado para el cielo y lo agarra en el aire el tipo ese que bien plantado, como si no hubiera pasado nada, estaba allí, mirando al toro. Pero no acabó la cosa, el bruto animal quería aún luchar, pero se le acercó el viejo ese y ya no vi que hizo, pero lo dejó dormidito al toro, luego le pidió a Carlos ayuda y este como hipnotizado fue y juntos le ataron las patas.

Don Grimaneso no creyó nada y quería que arresten al viejo y que le pague por lo mal que quedó su toro, pero los Madariaga se impusieron, le dieron la mitad del valor real y lo mandaron a que se tranquilice, después arreglarían le aseguraron. Ellos no pasarían la vergüenza de permitir que el salvador de su niñita sea arrestado frente a ellos, pero igual no estaban contentos, ya los conocen, son orgullosos, despidieron al Carlos por no haber sido él que la salvara y fríamente le alcanzaron al Peregrino unos buenos reales. Todos sabían que ese dinero se iba para las obras del comedor de los huérfanos. Porque sabrán que ese tal Peregrino es de los más tontos que existe en ese pueblo, porque con esos trucos que sabe, yo ya me hubiera hecho de dinero. Bueno, bueno, ya les conté la historia y mi copita está vacía, a ver quién me la llena y les cuento lo que le hizo el Peregrino al hijo de Don Eusebio Díaz del Puente, apuren, apuren que se me olvida la historia.