El pálpito

humo

Se quedó mirando las papas. Hasta que la vendedora la sacó de sus pensamientos.

—¿Va a llevar algo casera? O está contando los ojos de las papas.

La broma le hizo retomar la vida. Compró dos kilos, un pimiento grande, hierbas para el caldo y una bolsita de trigo reventado.

Pero no tardó en volverse a perder en sus pensamientos. Algo se le había pasado. Algo había olvidado.

Trató de recordar todo lo que hizo esa mañana: se levantó para preparar el desayuno para sus hijos. El menor se fue corriendo al colegio casi atragantándose con el pan con mantequilla, el del medio a la universidad y el primero: Tobías, seguía en la cama. De seguro en la noche había tenido fiesta, como casi todos los días en los últimos años.

No lo culpaba, era difícil no entender que cayera en desgracia si de la universidad lo botaron luego que su Papá se fuera y no lograran pagar las pensiones, la novia lo dejó, no consiguió trabajo y estaba de cachuelo en cachuelo.

Mentira. Ella sabía que lo estaba disculpando para no enfrentar la cruda realidad de tener a un drogón en casa. Lo sabía y esa mañana recordaba clarito como al entrar a su cuarto vio los papelitos de periódico dispersos por todo lado, las colillas de cigarro con los palitos partidos de fósforo adentro, el olor nauseabundo, el encendedor de plástico barato claramente ya vacío de gas y las pepitas de mariguana por todo el piso.

Pero eso no le había despertado la alerta.

Hasta que en el puesto de abarrotes, al comprar los condimentos secos y el arroz recordó. La manguera del gas tenía una fuga desde hace dos días y no había conseguido el tiempo para llamar al Panito, el gasfitero del barrio para que se lo arregle, como medida bajaba la llave y tapaba con un trapo húmedo la fuga hasta poder llamar al técnico.

Eso era, suspiró aliviada. Pero, a la mitad de la exhalación recordó que esa mañana no había bajado la llave ni menos colocado el trapo, por las apuranzas de salir de casa. El terror empezaba a impulsarla a correr hacia su casa, ubicada a dos cuadras del mercadillo. Y es que Tobías tenía la costumbre pastrula de fumar un porro por la mañana, casi obligatoriamente.

En medio de su carrera empezó a rogar a todos los santitos para que no se le ocurriera a su vástago encender nada y menos en la cocina, cuando al voltear la esquina la explosión la hizo caer de espaldas. Estuvo ida y muda hasta que volvió su hijo del medio, alertado por los amigos del vecindario. Recién allí se rompió el dique de lágrimas que nunca pararían.

El Corazón nunca se cansa

Mathias y su abuelita Lili

Mi abuelita Liliana tiene una buena costumbre: me carga apenas me ve y me llena de besos. No hay mejor cura para un llanto que un abrazo, un upa-upa y una canción de la abuelita.

Un día, mi Papi y Mami, tenían un compromiso, de esos que los grandes no pueden dejar de cumplir. Yo no entiendo porque, si con un no-no, basta, pero ellos son así, se complican mucho a veces. Y esta vez fue un ir y venir de un lado para el otro, pensando con quién dejarme. Abuelito Issac trabajaba de noche en esos días y mis tíos Aldo y Raquel también estaban ocupados.

Felizmente una llamada de abuelita Liliana les alegró la cara a mis papis, y es que ella llegaba a la ciudad ese fin de semana y podía quedarse conmigo a cuidarme, mientras ellos salían a cumplir con su misión en la sociedad, jijijiji.

A mí en las noches me gusta cumplir una costumbre desde hace muuuuuuucho, pero muuuuucho tiempo, hará cosa de un mes que la estoy practicando, y es ayudar a mis papás a moverse y así bajar de peso, por eso hago que uno me pasee por un rato y luego hago que el otro me pasee otro rato, hasta que a todos nos agarra el sueñito y nos acostamos. Claro que para indicarles que me tienen que cambiar de brazos lloro, aún no me da lo del lenguaje, pero en fin.

Yo creí que mi abuelita era una experta en bebés, porque tuvo tres, incluido mi papito. Pero, al parecer, se le olvidó todo, porque no atinaba a cargarme de la manera como lo hace mamá, pero aún así, mis papis se fueron y me dejaron a su cuidado. Pobrecita, trató de darme lechita, de cambiarme el pañal, de pasearme en mi carrito, de cantarme, de sacarme el chanchito, pero no daba con la secuencia correcta, además de faltarle dos brazos más de recambio.

En un momento se puso triste porque yo no dejaba de intentar decirle, con lloros explicativos, que no era eso lo que quería, así que dejé de gimotear, porque no era el caso de ser terco. Así que dejé que ella hiciera el intento una vez más y pensé que una noche sin ejercicios no le iba a hacer mal a nadie ¿No?.

Fue bonito dormirme en brazos de mi abuelita y sentir su corazón latir de cariño hacia mi.

Al otro día, alcancé a escuchar cuando llegaron mis papás, cómo mi abuelita les relataba la noche pasada:

-Mathias se ha portado como un ángel, se durmió plácidamente con mis arrullos-. Mis papás pusieron un poco en duda sus palabras, pero mi abuelita les aseguró que había pasado una noche tranquila y yo no molesté para nada.

Umhmmmmm, creo que a mi abuelita Liliana se le olvidó que me hice pufi dos veces en la noche y me tuvo que preparar otras dos el biberón, pero bueno, la verdad es que yo dormí bien también junto a ella y me alegra que ella pudiera descansar. No hay duda que el corazón de los que nos quieren no se cansa de nosotros.

La infidelidad de Juan

infielesJuan estaba parado ante la puerta, incrédulo ante la aparición casi fantasmal de su esposa María a las dos de la madrugada en el departamento de Joaquina, su amante, que se acercaba lentamente para abrazarlo por la espalda.

Trabajaba varios años en una distribuidora de papel, en la que fungía como supervisor de ventas, que significaba viajar cada cierto tiempo a las sucursales de provincias. En una de ellas conoció a Joaquina, quién entró a trabajar como asistente de administración. Todo comenzó con una salida casual porque ella estaba aburrida y terminaron temprano el trabajo de papeleo. Ella era la única trabajadora de esa sucursal así que nadie más sabía que salieron y bailaron juntos toda la noche y la pasaron en su departamento hablando y haciendo el amor hasta la madrugada.

Claro que le contó su supuesta difícil vida, con una esposa que no lo comprendía. Todo aprendido entre lecturas de diarios amarillos y novelas. Ella también no se hizo problemas, escuchó, animó, se enojó por cómo lo trataban y terminó confirmando que para ella eso solo era lo que era y nada más, que no se preocupara por reclamos ni nada, ella entendía.

Con esa seguridad avanzó la relación entre ambos. Para justificar los viajes Juan ideó un plan sencillo: sólo viajaría cada dos meses un viaje de más, así cubriría la visita a Joaquina cada mes, de manera que la atención sea la necesaria y tuviera todo justificado, para no meter la pata. Las veces que Joaquina no podría estar con él en sus viajes lo usaba para irse a otros lugares, para no despertar sospechas y hacer ya tradición las salidas.

Así pasaron dos años.

En ese tiempo Joaquina tuvo un enamorado y él otra aventura fugaz. Pero el pacto entre ellos era sencillo, llegaba a trabajar por el día y en la noche salían dependiendo el humor de ambos y siempre terminaban en su departamento. Solo el tiempo en que ella tenía otra pareja tuvieron que recurrir a un hotel en el que él se quedaba y ella lo visitaba. Cuando terminó la relación con el otro se normalizó el hospedaje.

Otro año más pasó.

En casa la relación con su esposa iba de lo más normal al principio, hasta con un apego mayor a la intimidad, por el sentimiento de culpa de Juan que empezó a llevar algunas cosas de más como regalos y a pasar más tiempo con los hijos. Eso el primer año, a partir del segundo las cosas se enfriaron y él, ya dueño de su conciencia relegó las culpas y sus consecuencias al baúl de lo innecesario. Las peleas sin sentido comenzaron. La lejanía hacia la novedad de los hijos avanzando de grado también se sintió.

Dos meses antes de estar parado allí, tragando saliva ante los ojos de su esposa, Joaquina le había preguntado si pensaba alguna vez dejar a su mujer y él le respondió que no lo pensaba hacer, por los hijos claro. Siempre fue cuidadoso y nunca le dio el nombre completo de su esposa a su amante, ni el de sus hijos o su dirección real o el número de su esposa ni el de nadie de su entorno familiar y amical.

Lo que no sabía es que el germen del tiempo en Joaquina había variado en los últimos meses al sentirse sola por las noches y ver como sus amigas se iban llenando de hijos y casándose o juntándose, siempre en ese orden primero. Pensó en engañar a Juan para que la embarace, en exigirle de una vez que decida, pero sentía que no iba a resultar, tenía que ser algo más determinante, algo que de todas maneras lo obligara a quedarse con ella.

Así que con sencillez llamó a la empresa central y pidió la lista personal de los trabajadores de gerencia administrativa, en especial de los que viajaban por la zona sur del país porque una empresa minera, que adquiría material de la distribuidora, quería enviar tarjetas de saludos por Navidad a sus proveedores de manera más directa. Se la dieron. En ella venía el nombre de la esposa completo, de allí a averiguar su número de celular fue sencillo.

La llamada tomó por sorpresa a María, pensó que era una broma y hasta intentó cortar esa llamada intrusiva que pretendía acabar con su hogar. Pero algunas señales y la confirmación de los días que viajaba su esposo, le dieron un poco más de paciencia para escuchar las razones de la llamada, los porqués y la salida para comprobar lo dicho: Juan viajaría ese viernes para estar con ella el sábado y quedarse en su departamento hasta el domingo, día en que regresaría a la ciudad capital. Apuntó la dirección.

María preparó la maleta de su esposo con el amor de siempre, con la misma ternura con que acomodaba los pantalones. Había cierta dulzura en sus actos hasta el final, en que rompió a llorar con amargura por sentir que eso que le pasaba, no era justo. Cuando terminó de sofocar sus gemidos, la idea ya estaba clara en su mente.

Al despedirse Juan de ella ese viernes por la noche, ella no dejó que se le notara ni un poco la preocupación que la embargaba, solo al final, en el abrazo, se demoró un poco más, una milésima más, pero Juan la notó. Si hubiera estado alerta, si hubiera sabido interpretar el corazón de su mujer, habría sospechado. Pero la premura del viaje lo desenfocó.

Allí estaban ahora los tres, reunidos por primera vez, para comprobar ambas lo que eran, una vestida sencillamente con un jean, zapatillas y una chompa con casaca de viaje que la hacía ver algo ancha y la otra semidesnuda, el cuerpo joven, con la desafiante mirada en ristre. En medio un confuso Juan que no sabía que hacer. Esperaba un golpe, esperaba gritos, esperaba una pelea entre ambas mujeres o que lo golpearan a él. Esperaba…

—Solo lo voy a decir una vez Juan: tienes exactamente el tiempo en que yo llegue al terminal para irte conmigo, los pasajes ya los tengo, si ese bus parte con los dos no habrá reproches, no te diré nada, solo te pediré que renuncies a tu trabajo y todo seguirá adelante, si no llegas a irte conmigo todo habrá terminado para siempre. Tú decides— dijo María y dio media vuelta.

Juan sintió la caricia apremiante de su amante en la entrepierna y sus palabras de consuelo y promesas de un futuro nuevo, juntos. Juan se dejó llevar al interior del departamento.

Veinte minutos después el bus partía con una María resuelta, llena de valor para lo que acometería desde ese momento, la promesa que hizo le iba a costar mares de llantos y hasta sufrimientos, muchos no la entendería si llegaban a saber las causas y muchos también la juzgarían, pero allí estaba, con Juan a su lado, rumbo a una incógnita de futuro.

El Candidato

candidato—¡Llegó la última Pepito—. Laurita, siempre animosa, me entrega la última encuesta. Como esperaba, estaba en el cero punto tres de preferencia a nivel distrital. Para variar delante de mí están Pedro Juan y el Odontólogo, peleando la punta y como 5 más detrás. ¿Para qué me engaño?, todo estaba dicho hace meses, cuando me embarqué en esta aventura política sin un norte ni seguridad de ganar.

—No andas tan mal ¿Ves?… aquí dice que hay un 20 porciento de indecisos, esos van a votar por ti porque vamos a darle con fuerza estas últimas semanas, vas a ver que… —¡Ya basta Laura!, todo está perdido, solo tú no te das cuenta…— grité, pero al ver los ojos llorosos de la pobre muchacha me retracto. —Perdóname, pero la verdad estamos a escasos trece días de la votación y ya es imposible hacer algo, ¡Carajo es que…!.

Terminamos en el escritorio con Laurita. Casi todas las tardes desde hace tres meses terminamos allí: yo desfogando mi ira por haberme metido en esta vaina de ser candidato y ella recibiendo esta limosna de mí tiempo. Lo peor es que lo agradece sin pedir nada a cambio, solo el sueño de estar conmigo en la alcaldía, nada más.

Irónico si me pongo a razonar como se debe y veo ahora a mi esposa besándome donde hace poco lo hacía Laurita y sirviéndome la comida recalentada en el microondas y haciéndome sentir más político  que nunca al explicarle que me demoré porque un periodista de RPP me entrevistó, lo cual por cierto es una gran mentira porque ni por asomo me considerarían porque ni figuro entre los seis primeros.

—Vez mi gordo, todo va a ir bien, si de ayi te eztán entrevistando ez que estáz firme, uyyyyyy que bonito todo va a zer cuando zeas alcalde. La Ñata por fin zacará la cara a la caye para que la vean… uyyy que maraviya…— me dice Julia, tantas veces mi fiel Julia que no deja tampoco que me desanime, se me cae la cara de vergüenza cada vez que me recuerda lo mucho que me apoya ella, sin siquiera mencionar para no hacerme sentir mal que gran parte del dinero para la campaña viene de parte de sus parientes empresarios.

Pensamientos y ambiciones

Pienso… pienso en ti Laurita y en la encuesta y en la cochinada—y—media que pienso hacer contigo en la oficina que tendré en la municipalidad. Vaya, pensar en eso me devuelve la esperanza de salir elegido y hago planes para mañana: a donde ir, a quién llamar ¿Por qué entonces estoy tan abajo en las encuestas?, soy buen político, soy… —Ya pues Julia, que buscas allí abajo, deja dormir—, —Ez que te quiero relajar un poco gordo… pero bueno te entiendo, no sabez cuanto anzio que termine todo ezto para volver a la normalidad ¿Tu también lo quierez no gordiz?—, —Seee, ya déjame dormir.

No Julia, no quiero que termine, no porque tendría que dejar a Laurita y no, no quiero. Quiero ser autoridad, quiero sentir el poder de hacer las cosas no que me manden a hacerlas, quiero ese poder en mi firma, sueños de candidato como dicen, porque al final: “Quiero un distrito que sea el mejor de la región, que nos envidien hasta en la capital, porque es nuestro destino convertirnos en el ejemplo porque nuestra gente lo merece y juntos podemos lograrlo”. Esa es mi frase favorita de mis discursos, suena bien, pero no cala en la gente.

Nota amarilla

Día tres antes de la votación: encuesta igual, novedades: logré un tercer round con Laurita, me peleé con ganas con Julia porque sus parientes ya empezaron a dudar de mi éxito y quieren su plata de vuelta y ah… la Ñata se intentó suicidar con aspirinas… no logró tomarse las setenta mínimas y las veinte que tomó las mezcló con mermelada de fresa. La razón: había terminado con su enamoradito porque este le sacó la vuelta con otra. Lo que más me sorprendió fue que tuviera noviecito. Pero al final es mi hija y por todos lados quise evitar que saliera en los medios, pensé que ni por esas se acercarían a preguntarme algo, pero al parecer se filtró el nombre de la Ñata y el celular no paró de sonar en la tarde. Bueno al menos por una nota así algún elector quizá vote por mi, buenas noches conciencia y perdón por mis pecados.

Día de votación

“Hoy es el primer de mi nueva vida”. He entrado al baño de madrugada con Og Mandino como aperitivo y ya no me dio ganas ni de Cuauhtémoc ni de Coelho. He desayunado en paz con mi Julia y mi hija, la cual después del susto, ha regresado a casa con la cabeza más encogida y su autoestima más baja que mis encuestas ya que el único acto de valentía que tuvo en su vida se frustró. Debo buscarle un bendito psicólogo, justo hoy, hoy que “Me comeré las uvas del éxito”.

Ya voté, es fácil, solo entras a la cabina de votación, ubicas la foto de tu reeleccionista favorito, de tu extorsionador favorito o de tu outsider favorito, eso para las regionales; para los consejeros usa el tindedindedopingüe, para alcalde provincial escoges entre el que más te suene y para distritales pues que te queda, lanza tu moneda. A cualquiera de ellos lo marcas con una cruz, esvástica, kanji o signo-esotérico-marxista-leninista-pensamiento-taoista y si no sabes para qué miércoles sirven los cuadraditos en blanco al lado no pienses, marca nomás porque igualito va a ganar el reeleccionista de turno. La presidenta de mesa me ha reconocido, por la gramp… —Sí, claro, mi hija está bien… sí, sí… la haremos ver… no, no se preocupe es medio difícil mi signo… sí, sí… gracias por su voto… claro que voy a cumplir mis promesas de eso ni dudas caben, por la vida de mi hija… claro, claro.

Una vez cumplido mi deber ciudadanos cívico patriótico patético moral me voy a buscar al loquero para mi hija que desde ahora será mi prioridad diaria, como me lo dijo Julia y como me lo pidió Laura, que se cree culpable de la situación. Soy al final un buen padre para todos y eso deberá ser mi careta de hoy en adelante, en fin.

Los resultados

Gané…

—Este distrito, este gran distrito siempre le ha dado la oportunidad a los que saben luchar, a la democracia y a sus instituciones. Como siempre la voluntad del pueblo se ha hecho respetar como aseguran los organismos de la contienda electoral. El líder de nuestro movimiento me ha llamado para felicitarme, lástima que no haya ganado las presidencia regional, pero como sabemos eso fue por la guerra sucia que emprendieron en su contra los candidatos del reeleccionismo, los topos de la dictadura regional. Pero lo conozco y seguirá en carrera, seguirá apoyando este proyecto que tiene para muchos años, a pesar que solo para estas elecciones se haya formado, con nuestra victoria aseguramos esta parte de la ciudad para ser cantera de líderes. Gracias a ustedes que están comprometidos con la causa de nuestro movimiento, por eso no descansaremos en buscar siempre el bien para ustedes. Nos daban por desaparecidos, por muertos políticamente, pero miren como es la vida que da vueltas, les demostramos que nuestra propuesta es la mejor de todas y por eso hemos sido elegidos, no por nuestros méritos sino por nuestra sólida propuesta. Hemos llegado a la meta pero no nos dormiremos en las glorias bien ganadas sino que seguiremos al lado de los profesionales que entrarán con nosotros a trabajar para sacar la corrupci…

Vainas así debo haber dicho por algunos minutos ante los cientos de partidarios de último momento que vinieron hasta el local del movimiento en la avenida principal, donde yo estaba algo incrédulo con los resultados del organismo electoral. Nunca pensé que la Ñata con su intento de suicidio me ayudara a subir en los dos últimos días de la campaña. La nota no solo salió en la ciudad sino hasta nacionalmente, al otro día y yo sin darme cuenta realmente, di una conferencia y nadie, porque ya no me quedaban partidarios, me avisó que estaban los de canales de la capital, al no tener notas la mía les pareció algo atrayente y terminaron dándole connotaciones novelescas, resaltando como la llevé en brazos hasta el hospital, como me quedé en su cabecera y como la apoyé sin cuestionarla. Me tuvieron pena, lo sé. Pero me ayudaron de esta forma: eligiéndome.

Coda

Ahora Laurita de mis tardes tendremos nuestra oficina para los dos y hasta haré colocar cortinas fucsias como tú quieres, serás mi asesora y seguiremos inventando maneras de acomodarnos en el escritorio, ¡Que diablos!, compraré un sillón-cama, aunque extrañaré nuestro escritorio pobre de nuestro querido local electoral. A ti Laurita te daré los lujos que mereces y tendrás de amiguitas a las más nice del distrito y hasta de la ciudad porque te meteré en el comité de damas de la provincial. Ahora hijita mía tendrás autoestima y te operaré la nariz como siempre ha sido tu deseo. Ahora yo espero pagar mis deudas, que me dejen hacer algo alguna vez para cumplir las promesas de cemento y el último año haré algunas obras para asegurar la reelección. Me llamo alcalde-distrital-elegido-democráticamente. Adiós conciencia, ahora te callo porque no me conviene escucharte, adiós amiga mía.

De profesión: “portátil”

Portatiles¿Porqué señor no haces que haya elecciones todos los años?, de esta manera tendría asegurada la comida diaria y diversión por montones. Para mi la cosa de la política es un chiste, no me importa realmente quién gane, a mi me importa que paguen. Si quieres saber mi nombre pues te doy el de combate: “Chupín” y sí quieres saber mi profesión, te diré que soy de la “portátil”.

Cuando nací, dicen que me pusieron un garrote en las manos, porque no me explico de que otra manera como es que me gusta repartir catana en cuanto enfrentamiento con la Policía me encuentro. Lo más divertido es agarrar desprevenido a uno de esos con escudito y reventarle el casco con un piedrazo, técnica aprendida en mis años mozos cuando en el 85 nos agarrábamos de los lindo contra los bedoyistas.

Eran tiempos en que la leyenda de los bastones con cacha de hierro se había esfumado y el palo era más efectivo. La cosa era divertidísima. Nos reuníamos en los centros de los locales del Partido de siempre a fumar unos cigarros. En las noches un calientito con anís y a la casa si no había suerte. Si es que la había, nos íbamos a reventarle los vidrios a alguna autoridad, alcalde, prefecto, gobernadores varios o algún chinchoso de gratis nomás.

Con el tiempo esas cosas se dejaron de hacer porque el partido estaba en el poder. Allí lo único que realizaba realmente casi era nada, de vez en cuando la pegaba de guardaespaldas para la llegaba del mandamás. En esas siempre me tenía que aguantar el olor a chacra de la gente porque estaba en el cinturón humano que lo protegía. Creo que por esas se me dio al trago darle más tiempo. Me emborrachaba tanto que me la pasaba más tirado en las veredas que despierto, hasta llegué a querer con amor de viejo un rinconcito con pasto cerca de mi casa donde me dormía pensando en alguna ocasión ser Congresista…

DE BAJADA

Para cuando me di cuenta ya no me llamaban los compañeros, estaba con dos hijos encima y no distinguía mis dedos de la mano derecha, siempre veía diez dedos en una mano y ese elefantito rosado persiguiéndome todo el tiempo, a veces lo veo en una esquina y lo saludo, pero en fin, la cosa es que caí rebajo y para cuando apareció el chinito ya estaba fregado.

Pero él nos salvó, ya que inventó una cosa maravillosa, los comedores populares que vinieron a salvarme de dar de comer a mi familia. De esa manera sólo juntaba para el menú del día y ya. Mi mujer ganaba para el desayuno y el té con pan de la noche y yo podía irme al billar, a jugar cartas y otras dinámicas actividades etílicas. Claro que para la mujer eran días difíciles: “chola, si supieras cuanto me cuesta encontrar trabajo, pero es que nacimos pobres pe y nadie me da una mano…”

La felicidad entonces era cuando los programas inauguraban algo, o construían un colegio, o regalaban lampas y no se que sonseras más. Allí la cosa era ir a sacar un ticket donde la dirigenta vecinal y anotarse para recibir dos kilos de arroz y dos latas de atún, solo para pasarse una horas gritando “chino, chino, chino, chino, chino”, y bailar claro. Eso fue el paraíso en la tierra. La ropa se nos regalaba, la educación de los hijos era gratuita, el estado nos alimentaba y teníamos diversión por montones con fiestas y reuniones en los locales del partido. Aunque aparecieron luego varios partidos, cosa que yo no entendía si todos eran del Chino, pero a mí que pues.

PALOS

Una vez si que nos asustamos mi chola y yo cuando fuimos a una manifestación. De pronto aparecieron una chicos que parecía de universidad a empezar a gritar fraude, que fraude nos preguntábamos, si la Doctora lamía de lo lindo axilas en la tele para luego darle un beso al Chino de nuestra vidas y todos decían que nos íbamos por un tercer periódo más…

De pronto nos jodimos. Las cosas ya no eran tan lindas. En la tele aparecieron unos sonsos recibiendo dinero de Montesinos y lacalaca. Se nos acabaron los regalitos y todo se fue al diablo, hasta que nos empezaron a molestar para ir a esas marchas contra el chinín, para recibir palos y esas cosas, tuvimos que ir porque de lo contrario nos tasarían de fujis y eso no era lo más conveniente. Cuando apareció el Cholo de Harvard las cosas mejoraron algo porque por nuestra participación en un enfrentamiento con roces físicos y lingüisticos con la Benemérita Policía Nacional, nos daban gaseosa y sanguchitos y hasta politos.

Mi chola quiso ir a Lima en esa cosa de los “4 Yuyos” o no se qué sonsera. La cosa es que se lo prohibí y gracias a Dios. Porque si no me la violentaban y de repente se quedaba por allí con otro, no las cosas no son así, ella tiene que joderse conmigo no arruinarlo a otro, ja ja. Los hijos más bien me salieron raros, ahora son técnicos en computadoras y esas cosas y ni se acuerdan de su padre, dicen que me tienen vergüenza y yo no sé porque…

DE LA ESTRELLA, A LOS PORTALITOS Y LOS ARBOLITOS

La cosa seguiría como siempre si es que no aparecería en mi buena estrella los dos alcaldes provinciales de Arequipa, ya que con ellos las cosas se mejoraron y se delinearon. Nos formamos en grupos sociales por barrios y definíamos las tarifas. Cinco soles por marchar, dos soles por arengar, diez soles por marchar de todo el día con mitin incluido. Además debían llevarnos en buses y carros y traernos de vuelta, no era la cosa de venirnos en carro todavía hasta acá arriba en el Cono Norte.

Ya estamos acostumbrados muchos de nosotros a marchar por agua y por luz, bueno no puedo decir que yo lo esté, están los sonsos del FREDICOM y del COFREN que marchan y salen y ahora se las dan se santos y marchan de gratis por su candidato. En mi caso me deben dar algo para marchar. Así los de AUPA me tienen que dar almuercito siquiera por las marchas ¿No?. Por eso es que no salgo con ellos, sino con mi siempre amado partido o alianza o movimiento regional de turno.

No quiero recordar mi paso por el nacionalismo, porque la verdad, plato de habas nos daban, diciendo que era el sacrificio para que la presidenta y su marido gobernaran el país a punta de botín militar. Si bien la presidenta ta como quiere, con sus programas no tenemos mucho que ganar, hay que andar de un lado a otro pidiendo papeles y hay que ser del partido y como que a los machos no nos va bien, para eso si está mi chola que tiene chamba que da miedo cada vez que viene la Anita que ahora es presidenta de no se que zoológico, pero bien por nosotros, así cae sencillo para acompañarla cada vez que viene y necesita aplausos espontáneos.

En la época del chato filosófico, la cosa mejoró a montones, había chambitas extras para vigilar tal o cual obra, los Cargadores nos llamaban para todo. De repente por allí me salía una marchita para el centro o desalojos de terrenos o recuperaciones de terrenos, valgan verdades hasta a veces me confundía de qué lado estábamos, la cosa era meterle piedra a los de casquito. Con el Arbolito no nos fue tan bien, no tiene costumbre de pagar sus deudas me dijeron así que ni las intenté con él.

Para estas elecciones estoy mejor que nunca. Y es que en las elecciones internas del partido cuando de todos lados nos llovían ofertas para apoyar a uno a otro y cual otro. Ese día dobleteé con la chibola de los Portalitos, con el la estrella disfrazada de Rocoto, con el hijo del Colca y con varios distritales. Me fui en la caravana de una en la mañana y en la tarde apoye a otra, así de fácil me gané mis 40 luquitas que me alcanzaron para chupar de lo lindo hasta el otro día y de paso me la pasé bailando.

Es que les voy a contar, cuando sales con un político no se fijan en tu cara, sino en qué cosas regalas y allí está la inversión: papelitos, calendarios, fosforitos, vísceras, gorritos y si eres platudo como el barbudo y el cejón, te dan politos, si eres poco suertudo el Cachete te firma el polo y el periodista quejón te hace bailar con Corazón Serrano. Con los que nunca me metería y felizmente ya se fueron son el Abogado Tinkero y la Tía del Photoshop, esos eran más tacaños que nadie!!

En fin, vuelvo a pedirle al Dios de los políticos que no se termine la campaña política, porque ¿De que voy a vivir los próximos años?, pero ahí está la respuesta, ya viene las congresales y presidenciales el próximo año y por un año más tendré pan y circo gratis…

¿Contagios a mi?… nada que ver

nuevos 076Ser bebé es algo realmente maravilloso, la mejor experiencia de mi vida, bueno, la verdad que es la única hasta el momento, pero la disfruto un montón. Hay que ver como uno extiende las manitas hacia alguien y este reacciona abrazándolo a uno que da gusto.

Pero el otro día me quedé con ganas de que mi tío Manuel me abrazara. Vino a casa, conversó con Papá, pero nada de hacerme caso, ni siquiera un poquito. La verdad me he quedado un poco preocupado. Y es que es tan raro no sentir ganas de abrazarme, jijiji, bueno a veces resulto ser muy molestoso, lo acepto, pero es raro que mi tío no me cargara siquiera para hacerme reír con sus pelos parados.

Lo noté preocupado el otro día a mi Papi por mi tío Manuel. Conversando con Mami, le contó que tenía una yaya en la piel y que por eso andaba triste. Cuando dijeron que no era “contagiosa”, debo de haber puesto una cara rara, ya que Papi me explicó, como siempre hace, que eso significaba que no había problema si me cargaba o me besaba.

Mami preguntó el porqué no quería entonces acercarse a los demás y por supuesto pensé en porqué no quería cargarme. Papá nos explicó que era porque tenía “vergüenza”…

Esa palabra no me gusta, la he relacionado con cosas más feas, como cuando en la caja de colores aparece alguien que ha tomado lo que no es suyo y lo atrapan los policías, él siente vergüenza. Entonces no creo que mi tío deba sentir “vergüenza” si no tiene la culpa de que le salgan esas cosas en la piel.

¿O será porque no se baña mi tiito?

Jijiji, con lo rico que es bañarse estar limpiecito, sin esa sensación fea en la espaldita que te molesta, como que se te pega la ropa, ¡Uuuuhhggggg!!!. No, no creo que sea por eso que tenga cosas feítas mi tío.

¿A que no saben?, el otro día llego mi tío Manuel y estaba triste conversando con mi Papá. En eso  mi Papi empezó a hablarle a ese aparato que tanto le gusta cargar en el bolsillo y le pidió a mi tío que me cargara, pero este movió la cabeza y mi Papá me tuvo  que dejar en mi cuna. Mi tío se quedó parado a un costado mirándome, entonces hice mi número especial: primero empecé a extender mi brazos hacia él y le dije que lo quería mucho y que no me importaba si tenía cositas en la piel, pues sabía que si me abrazaba no me iba a pasar nada malo y finalicé con una de mis mejores sonrisas.

Por supuesto que no pudo resistirse, me abrazó y cargó un buen rato. ¡La sonrisa le volvió al rostro! , y les apuesto que, después de eso, esas cositas malosas se le desaparecieron, porque como dice mi Mamá, no hay nada que no arregle un abrazo.

¡A ver quién se apunta a seguir cargándome que soy mejor que la aspirina!, jejejeje.

La huida del Ojón

FOTO-RInAS-1_PELEA-CALLEJERA       El Ojón era caserito en la Le Petit Marché desde primero de secundaria.

       Iba con sus amigos a mirar nomás al principio. Las chicas del Arequipa eran lindas, pero las del Micaela eran más coquetas y facilonas, o eso se decían entre ellos, sin atreverse a conversar con alguna. En una de esas tardes fue que el Chato José le estampó la cabeza contra el vidrio del snack.

       Fue una tarde en que, parados en la esquina, aprovechando que nadie les quitaba el puesto, miraban a las adolescentes de faldas plomas pasar y pasar. Las miraban con ganas de hablarles, decirles que eran de segundo, pero igual podían ser interesantes. Cuando en esas, en la parte en que estaban los bravos: el Toro y los de la Maffia, se oyó un grito. Voltearon para mirar y pasó delante de ellos una señora con sacón azul y agarrando de los pelos a una chica flaca de pelo enmarañado, chillando a más no poder.

       Para cuando el Ojón reaccionó, ya la risa burlona se escapaba de su boca, codeando al Gato para que también se burlara. Al notar que su amigo no se reía ni un poquito, comprendió que acababa de hacer algo peligroso, cuando volteó la cara, el puño del Chato José se estrellaba en su mejilla, para luego con la misma mano, agarrarle la cara y empujársela contra el vidrio. Nada se rompió, o de repente sí. El Ojón no respondió para nada, así apaciguó la ira del lugarteniente del Toro.

       Al rato, cuando se iban para la casa en la carcocha de la Línea 6, el Gato le contó que la flaquita del roche era la enamorada del Chato José, así que la sacó barata, porque el mencionado estaba como para matar gente y la descargada contra él pudo ser más brava.

       Pasó el tiempo y el Ojón es parte de la Maffia. Está haciendo diversos trabajitos extra y se ha ganado el respeto de varios, la envidia de muchos y el amor de algunas cuantas que no duraron. El Chato José nunca mencionó el tema del puñete y la estampada en el vidrio. Al parecer, la verdad, ni le tomó interés al asunto alguna vez.

       Robar casas es fácil, especialmente cuando se sabe que no está el dueño ni la familia. Para el caso del Ojón, la clave está en que es delgado, pasa por rejas o las sube con facilidad simiesca, abre puertas a la velocidad del rayo con el peine y deja el trabajo pesado de cargar los artefactos a los demás. Ayuda también en que no hay mucha gente por las calles en esa época, en que aún salir de noche, era costumbre de vagabundos y patinadoras.

       La fama de la Maffia ha crecido con el tiempo. Las broncas contras los de la “I” o del Túpac, son constantes y ya se metieron contra los del quinto G de la Gran Unidad, los llamados “Cancerberos”. Cada vez se habla más de ir armados, de comprarse un fierro o algo punzocortante. Algunos empiezan a llevar chairas y el Toro anuncia un día que tiene una treintaiocho cañón corto para hacer respetar a la mancha.

       Ojón trata pero no olvida. Aún se le escarapela la espalda al escuchar hablar al Chato José. Lo mira siempre y le da cólera sus gestos, así, con ese dejo de sabelotodo. La casaca que nunca se quita, rota y vieja con el tiempo, le provoca envidia y una voraz manía por comprarse una y otra vez casacas nuevas, como para diferenciarse de su contendor secreto. En las noches sueña con las diversas maneras de ajustar cuentas, pero, el Chato José es tan sereno, que nunca pisó el palito con el Ojón y este nunca cayó en la trampa de ofenderlo públicamente.

       Las semanas pasan y la Maffia se vuelve peligrosa en demasía. Algunos de los miembros son reventados en solitarias celadas, en las cuales nadie interviene a defender al caído, quién generalmente es un chibolo de guerra, es decir carne de cañón. El problema es que después de lamerse las heridas, se abren del grupo y es necesario amenazar a los nuevos, para que no deserten. Pocos ya tienen ganas de entrar en el mítico grupo. En Le Petit Marché ya no están rodeados de chibolos con ganas de integrarse a ellos. Las chicas también se vuelven esquivas y temerosas.

       Sucedió entonces que un día, a principios de diciembre, el grupo que encabezaba el Chato José y en el cual estaba el Ojón, bajó a la esquina del Seguro Social, para encontrarse con la noviecita de siempre. Varios de los chicos también tenían sus asuntos en esa parte, así que no estaban muy atentos que digamos a su alrededor, como para notar que de uno en uno, fueron llegando varios de los Cancerberos. Entonces, en una de esas, se les vinieron encima. A las justas pudieron escapar los de la Maffia, separándose en el intento de llegar a su esquina y avisar a los demás.

       El Chato José, el Ojón, el Gato, Pantuflas, Lacrimógeno y Chacal, se mandaron por la calle San Antonio, rumbo al parque y de allí voltearon para salir hasta la Paz. Bajaron para entrar a La Salle por la calle Don Bosco, pero en la esquina fueron interceptados por catorce Cancerberos. El Ojón los contó a la volada, ya que era el rezagado. Por golpe de suerte había un hueco por el cual logró evadir la pelea para correr a buscar refuerzos, cuando oyó el grito. Volteó para ver justo cuando caía el Chato José agarrándose la panza. Vio como las tripas de su odiado aliado escapaban entre sus dedos mientras rebotaba contra el asfalto y sus atacantes correr hacia abajo por La Paz.

       Allí se paró en seco. Algo en su pecho se rebeló en contra del instinto primario de correr hacia lo seguro y huir. Retomó su carrera en sentido contrario pasando por encima del Chato José gritándole que aguante.

       Al principio no le creyeron en Emergencias del Hospital del Empleado, pero algo en sus ojos convenció al Interno de turno a llamar a la Comisaría de Santa Marta, para que envíen efectivos, luego, junto con dos camilleros más, salieron guiados por el Ojón, rumbo a donde estaban supuestamente el herido. Cuando doblaron la esquina de Don Bosco y vieron el cuerpo caído, empezaron a correr. De los Cancerberos ni rastro, tampoco de los refuerzos que supuestamente debían llegar, alertados por los demás miembros de la Maffia emboscados.

       El Ojón no alcanzó a su maldecido aliado. Dio vuelta atrás y corrió, mientras las lágrimas que nunca cayeron antes, desbordaron de sus ojos enormes, que ahora estaban chinos y nublados, mientras huía a toda velocidad de esa violencia que fue su compañera durante los últimos meses.

       Poco tiempo después cayó detenido el Toro, encontrado in fraganti en un robo domiciliario. La Maffia desaparecería junto con él como grupo. La esquina perdería su letrero que la identificaba como Le Petit Marché y con eso, toda una generación con sus historias urbanas, quedaría callada para siempre.

 

Segunda Parte (Palo con clavo y santo remedio)

Primera Parte (En Le Petit Marché)

 

La abuelita Susana me cuida

abuelita susanaHay una cosa que siempre me pregunto y es: ¿Dónde está mi abuelita Susana?.

Yo sé que tengo dos abuelitos, cada uno me quiere de maneras distintas, pero son amables y cariñosos. Mi abuelito José no me verá muy seguido porque maneja un camión más grande que mi titimacho todos los días y algunos días nomás pude venir a verme o vamos con Papá y Mamá a su casa, donde también llega algunos días mi abuelita Liliana, que trabaja muy, pero muy lejos.

Ellos me hacen grandes fiestas cuando voy a verlos y me cargan, me besan y dejan que les acaricie el cabello hasta doblarles el cuello jijijiji.

Al que veo más seguido es a mi abuelito Issac. Él acompaña a mi Mami cuando tenemos que ir a ver al Señor de Blanco que me voltea de un lado para el otro para ver si estoy bien; y me cuida también cuando mi Papá no puede por el trabajo. A la que nunca veo es a mi abuelita Susana.

Hay unas de esas figuras de ella cuando era de la edad de mi Mamá, con un lindo vestido crema junto a mi abuelito con corbata y cuando la tenía en brazos a mi tía Raquel. Pero no aparece nunca por ningún lado. ¿No querrá conocerme?, ummmhhh no creo, porque dicen que soy muy querible y eso me parece que es que soy: abrazable, besable y todas esas cosas que me gustan que me hagan cuando me tienen en brazos.

Hoy fuimos a una de esas reuniones de personas cuando están concentradas y se paran y se sienta y se arrodillan. Mi Papá nos lleva cada domingo a esas reuniones, porque dice que debemos estar cerca a Dios, aunque no entiendo aún cómo vamos a estar cerca de él parándonos y sentándonos, si Él siempre está cerca a nosotros, por lo menos siempre lo siento a mi lado. ¿En que iba?, ahhh si: mi Mamá me dijo al oído que esa era una “Misa” por mi abuelita Susana, ya que ella se adelantó en llegar al Cielo y que desde allí nos cuida.

Eso me gustó muchísimo, porque la verdad, ahora entiendo porqué, junto a esa sensación de que Dios está junto a mí, y mi ángel me cuida acurrucándome en sus alas, también hay otra persona que me acaricia cuando duermo y me sopla tranquilidad cuando estoy muy inquieto en las noches. ¡Es mi abuelita Susana!, porque ella está con Dios y le pide a Él que me proteja. No me pregunten como lo sé, ya que soy un bebé dirán. Pero, es que es una sensación que uno tiene por dentro. Si a alguno de ustedes se les fue al cielo alguien de su familia me entenderán.

Cristo pobre

cotahuasi_plazaSu figura delgada y terrosa, como un edificio cayéndose, es de los recuerdos que siempre esperaba encontrarme durante la primera mañana en cada uno de mis retornos a mi tierra, ese pueblo al que llegaba de tanto en tanto, solo para sacarme la espina de no olvidar el olor a río, a bosta de caballo, al mugir de las vacas…

Divago, lo sé, pero no logro encontrar el inicio para describir a Beas, el gran Beas, el olvidado Beas, mancillado, encarcelado, maltratado, guitarrero Beas, el único que llamaba con su voz gruesa a mi madre por su segundo nombre de cuadra a cuadra.

Fue amigo de mi padre antes que yo naciera, cuando mi progenitor llegó a ese pueblo remetido entre valles interandinos. Juntos cometieron en compañía  de otros tantos, algunos de las más recordadas aventuras de esos lares. Cosas sencillas pero para la languidez de los días sin sobresalto de esos pagos, pues eran relevantes, como el pasar una noche chupando vino en la punta del Huillay, cerro tutelar del pueblo, o atravesar a nado y borrachos el río en la parte más tumultuosa antes de la catarata de Sipia, llevar serenata a Puyca, pueblo con una alta dosis de recelo para con los capitalinos y salir vivos sin un disparo a cuestas, cosas de jóvenes al final.

Luego que mi padre se fuera del pueblo a otro más cercano a la gran ciudad, Beas y compañía trataron de seguir siendo alegres, pero sin la dirección del líder quedaron algo desamparados, pero igual, cada verano, cuando mi madre llegaba sola conmigo, éramos recibidos en la patota, los juegos de carnaval en que lloraba cuando llevaban a mi madre cargada hasta la pileta de la plaza o las noches de guitarreada a la lumbre encendida aún están presentes en mis recuerdos.

Beas tenía una especial habilidad para proveer de gallinas ajenas la olla del caldo en las serenatas. Con maestría salvaba los cercos y con paciencia felina acometía la labor de pescar con anzuelo de maíz a una gorda doble pechuga y meterla al saco. Era de risa como algunas de las afectadas por el robo, veían como su mayor ponedora iba detrás de un caminito de maíces. Beas hilvanaba a las semillas primigenias y, cuando la golosa ave había engullido lo suficiente, la jalaba de una y la pobre ave no tenía de otra que irse con su captor, mientras las voces chillonas inundan la tarde. Varios al día siguiente empezaban a indagar, pero siempre era la casa de uno de los convidados con el caldo grueso los que autorizaban el daño a la propiedad paternal, así que al final nada pasaba.

Sucedió una en que Beas, harto que lo mandaran siempre a conseguir las presas aún vivas, retó a uno de los convidados a hacerlo por una caja de cervezas. Al poco rato llegó el retado con tres gallinas y una olla de leche. Se hirvió el agua para pelar las aves y Beas tuvo que pagar la caja de cervezas que se diluyó como agua en la madrugada. La mañana los sorprendió a los reunidos alrededor de un humeante caldo que destilaba sabor fuerte y una olla de chocolate listo para acompañar la resaca. Las guitarras cantaban y las voces roncaban.

De pronto se aparece Doña Eulagia, mamá del Gogo, quién había proveído de presas los platos.

—Godo!!, tu aquí chupando y en la noche un ratero sea entrau a la casa y se llevau dos gallinas y a la clueca más, también se han cargau la olla de la leche que tenía para que forme nata para la mantequilla. Deja de chupar y vamos de repente hallamos unita siquiera o el rastro de la leche.

—Ay mamá tranquila, mejor vengase y tómese un caldito que esta rico nomás.

—Ummmm.

—Y también tómese este chocolate que está para levitar un cura.

—Godo creo que esa olla de allacito es de nosotros…

—No lo crea mamacita, es de nosotros con seguridad.

—¡Pero que te has creído desvergonzado, te llevas nuestras gallinas para alimentar a estos borrachos de porquería, vais a ver ahora traigo la reata y te zurro por mañoso, devuélvanme la leche, mis gallinas, a la clueca la habrían dejado siquiera!.

Bueno, en esa ocasión como que no fue directamente Beas el culpable. Pero la imagen de mala influencia quedó impregnada, dándole un aire prohibido, más aún con su look setentero: cabello largo y mostacho.

Yo lo recuerdo así.

Ya de maltón, volví pocas veces al pueblo y las veces que me cruzaba o que venía a comprar cigarros a la tienda de mi abuela, me llamaba “Kiwi chiquito” el apelativo que mi padre ostentara en el tiempo que vivió por allí. Odiaba ese sobrenombre. No le tenía mucho cariño al flaco que todos esquivaban. Años antes, el esposo de su hermana se robó las máquinas de una de las oficinas de reclutamiento militar, pero por casualidades de esas, al que vieron rondando el lugar días antes fue a Beas. Él sabía, cuando los policías lo sacaron a empellones del billar donde lo arrestaron, que era inocente y sabía quién era el culpable. Pero, su hermana era algo discapacitada de la mollera y tenía cuatro hijos y una inutilidad para mantenerse sola que influyó en Beas a no decir nada y cargar una culpa ajena que lo llevó a ser inquilino de la cárcel. Al salir las miradas de agradecimiento que esperaba nunca se dieron. En el pueblo le hicieron sentir por varios meses y años el rechazo.

Hasta muy adolescente no le devolvía el saludo, hasta que un día me encontró fumando un cigarrillo Inca a la vuelta de la casa y me dijo —Oye Kiwicito tu abuela te va a sacar la chochoca cuando te vea. Lo único que le respondí fue que dejara de llamarme así y que usara mi nombre si quería una respuesta. Se quedó pensando y se despidió usando mi nombre. De allí en más usó mi nombre y delante de otros también lo hacía.

Es así en esos pueblos de mi tierra, los hijos siempre son ubicados por ser hijo de tal o nieto de cual, hasta que de por si logran que su nombre sea reconociddo. Yo logré que Beas me hiciera el favor de dejar en claro que yo era quién era y que iba a contar mi propia historia.

La arrogancia de la juventud hizo que las pocas veces que volvía por allí lo tratara de igual a igual, hasta le invitara en alguna ocasión un vaso de cerveza o pisco en las fiestas patronales, en las cuales yo era un pelucón foráneo que no era reconocido hasta que, por ventura de alguno, nuevamente la marca de mis antepasados me venía a dar algunas licencias para agruparme con aquellos que conocieron a mi padre o valoraban a mi abuela.

Con el tiempo supe que llegó a tener dos hijas nunca reconocidas, cumpliendo la condena generacional que indica que de hijo no reconocido solo se engendrará más hijos no reconocidos hasta que uno de los descendientes rompa el estigma. También me enteraba, ya que mi madre traía esas noticias, que el viejo Beas hacía sus ricos cebiches de trucha de río, o que organizaba chocolatadas. Eso último no le entendí y le pedí explicaciones. Resultó que una de esas veces mi mamá lo escuchó en su programa de radio comunal, anunciando para la tarde no olvidarse del “Chocolate caliente para el alma”. No pude evitar reírme.

Ya no volví a ver al viejo Beas, al cual durante su paso por este mundo le decían: “Garganta de lata”, “Cabellos de ángel”, “Cristo Pobre” entre otros apelativos más ingeniosos aún. Para mí siempre era aquel que me decía por mi nombre en un lugar al que aún hoy me dicen “Hijo del Kiwi”.

Beas murió hace unos días y mi mamá me avisó. Hace dos semanas cayó por el hospital con fuertes dolores de cabeza. La desidia y la falta de tomógrafo hizo que recién hace días lo trasladaran a la ciudad y le descubrieran la embolia cuando ya partía para otros rumbos a seguirle guitarreando, no lo dudo, a quién le tomó el apelativo que titula esta crónica urbana.

Es extraño pero llegas a un momento en tu vida que, los que van muriendo, formaron parte de un largo trayecto de la tuya. Beas no fue un ejemplo de vida, en serio, no hay que tapar el dedo con el sol de las virtudes que nunca tuviste, pero también, gracias a Dios, la memoria en estos casos pareciera que solo tiene datos amables sobre esa persona para darte y todo se disculpa.

Descansa Beas challay, no me enseñaste a tocar guitarra y ni a calladamente engatusar una gallina, pero me diste el orgullo de que alguien en ese pueblo me llamara por mi nombre y me tratara por ser yo. Nos debemos una serenata más, esta vez la gallina me la agencio y tú toca ese lindo huayno que decía: “barrio de Chacaylla, plaza de Corira, te recordaré por siempre barrio de Chacaylla, lo que me pasa, lo que me sucede, por esa ingrata paisana que no me ha querido…”