Creciendo con Mathias: El olor a la felicidad

el olor a la felicidad

Mi mami tiene el olor a la felicidad. Claro, dirán que yo, como un niño pequeño, no sé que es la verdadera felicidad, porque no he vivido ni he experimentado muchas cosas en mi cortita vida.

Pero, vamos a ver: ¿Qué es la felicidad?.

Unos me dirán que es comer. Claro, ustedes podrán comer muchas cosas que comprarán con sus redondos de metal y esos papeles que los vuelven locos cada fin de mes. Pero no hay nada como comer algo preparado con amor, durante la mañana, sentir los olores confundirse uno a uno en una preparación que llega calientita a la mesa, con una sonrisa que nadie la tiene, ni siquiera esos cocineros de la caja de colores que hacen nosequé plato a la nosecuán, carne alamisimisi y fua fua que no tiene el sabor que le pone mi mami a sus tallarines rojitos o a sus arroces con pedacitos de pollo.

Otros me dirán que la felicidad está en viajar por el mundo. Con mi mamí un paseo al parque es una aventura sin igual. Los árboles serán los mismos, el pasto también y hasta los mismos chicos grandes con sus aparatos de ruedas y sus cajitas de colores portátiles que los vuelven bobos. Los juegos que inventamos con mamá, nos llevan por galaxias, por valles sin descubrir, a ver grandes finales de fútbol y vivir la emoción de las carreras de carros. Cuando vamos a visitar a papá a su trabajo y hasta cuándo vamos donde los señores de blanco que tanto temo, aún allí, una salida con mamá es una aventura sin igual.

Muchos dicen a mi alrededor que la felicidad la traen los redonditos y los papeles de fin de mes, los carros y las cajas de colores modernas y grandes, los olores en botellitas caras o esos cuadrados de colores pequeños y ruidosos. De repente aún me falta crecer y comprender porqué esas cosas los hacen felices a varios de ustedes. Como dice mi tío José Alfredo, debo hacerme uno con los demás para comprenderlos, aunque no entienda bien que es eso, debe ser “tratar” de ponerme en sus zapatos y ver el mundo con sus ojos.

Pero, aún así, y aunque me digan que soy terquito y no comprendo el mundo de los adultos, no puedo dejar de creer que el tener este tiempo con mamí es el mejor que me llevaré de esta etapa de mi pequeña vida. Ese olor de sus abrazos será un bello tesoro que me sostendrá cuando me caiga, que me retornarán a una época feliz cuando me ponga triste y me darán valor para también darle esa felicidad cuando tenga una familia como la mía.

Así que, especialistas en felicidad de todo el universo, disculpen que los contradiga y que les repita que no hay mejor felicidad para mí que estar con mi mami ahora y en este momento. ¡Gracias Mami Patty por tanta alegría en mi pequeña vida!

La palabra que no existe

La mariachi en el cementerioLa cantante paseaba entre los pabellones del cementerio en pleno domingo, Día de las Madres, cuando divisó a un posible cliente.

—Señora ¿Quiere que le cante algo a su madrecita?, hoy por el Día de la Madre tengo rancheras de Juan Gabriel, o si quiere alguna de Roberto Carlos, canciones de José José, usted dígame cual le gustaba a su mamá en vida y se la canto, solo 5 soles tres canciones.

La mujer levantó la mirada y ya tenía la intención de decirle que no gracias a la mujer vestida de mariachi, cuando de algo se acordó.

—A ella le gustaba una canción, pero no me acuerdo, una de un tal Fernández…

—Ahhh de Vicente Fernández, de repente le gustaba “Estos Celos” —dijo la artista y empezó  cantar, pero fue interrumpida por la doliente.

—No, no es esa canción ni tampoco el cantante, creo que es de su hijo… sí, ahora recuerdo, Alejandro Fernández, ese es… la canción creo que era sobre la voz, no me acuerdo bien…

—¡Claro!, “Se me va la voz” es la canción señito, esa me la sé, tiene suerte porque solo yo la conozco aquí, los demás no saben de esas canciones nuevas. Oiga, pero qué moderna era su mamacita —trató de alegrar en algo a la deuda la cantante.

—No, no era mi madre.

Un nudo en la garganta se le formó a la mariachi. Un golpe de dolor le oprimió al pecho al comprender que estaba frente a una… trató de buscar en vano la palabra, aquella que no existe para nombrar a la madre que pierde a un hijo. Sin decir más, empezó a cantar.

 

Mamá… ¿Soy malo?

Bárbara y su cachorro

El niño, aprovechando un silencio prolongado en la mesa después del almuerzo preguntó:

—Mamá… ¿Soy malo?

—¿Por qué piensas eso hijo?

—Es que así lo siento, no sé, a veces pienso que por eso me porto mal y te hago renegar, que por eso no tengo amigos y nadie me quiere. A veces me siento raro, como si no encajara en ninguna parte, hablan a mí alrededor pero no los entiendo, es como si fuera distinto, todos van hacia un lado y yo voy al contrario. Siento que soy malo porque pienso cosas extrañas y tengo odio… o no sé si es odio, pero me enoja que otros puedan tener cosas que yo no, o que puedan comer cosas que no podemos… sé que el dinero nos falta y sé que debo agradecer lo que me das, pero a veces no puedo evitar sentirme así, con cólera y eso me da rabia porque me digo a mí mismo que no sentiría eso si fuera bueno, si fuera el hijo que desearías. Muchas veces quisiera irme para que no sufras viendo mis notas o las travesuras que hago, los problemas que te causo, las peleas en que me meto, pero es que a veces siento que no puedo decir las cosas o defenderme de los demás cuando me molestan o me hacen sentir mal por como soy o lo que no tengo, lo que digo y lo que no digo. Siento que soy muy malo y que por eso se fue papá…

—Mi pequeño nunca pienses eso, tú no eres malo. Lo que sientes no puedes evitarlo no porque tengas odio en tu corazón, sino porque anhelas cosas. Pero no es malo anhelar algo mejor, solo que debes pensar que ahora, de repente, no tenemos la posibilidad, pero después, si te esfuerzas, las tendrás. Pero eso no será importante si lo que nos falta es cariño entre nosotros, podríamos tener mucho dinero y comprar muchas cosas, pero, ¿imagínate si no hay amor? de nada valdría.

No eres malo al querer que los demás te quieran, te acepten, encajar, pero a veces las personas no nos conocen para saber lo maravillosos que somos, no hay que desesperarse, hay que también tratar de entenderlos, pero no enojarse porque no nos comprenden, sino mostrarnos cual somos y no sentir vergüenza, eso hará que los demás se contagien de nuestra alegría de aceptarnos y nos querrán… ¿y si no lo hacen? puedes preguntarte… pues se lo pierden, siempre habrá gente que apreciará tu esfuerzo.

Yo sufro cuando no puedes lograr tus metas, pero no por eso quisiera cambiarte por otro, al contrario, sufro porque soy tu madre y es inevitable sentirme así, por eso también te exijo y te riño cuando te portas mal, aunque me duela por dentro tengo que hacerlo porque eso es el amor, por eso te repito siempre que no debes ser deshonesto, que debes ser responsable y obediente, no porque quiera aprisionarte sino porque, al contrario, quiero que seas libre y una persona está sin cadenas cuando sus acciones nunca impiden que avance. El querer lo mejor para el otro es la mejor manifestación del cariño.

Es bueno que me digas esas cosas para yo saberlo y explicarte que papá no se fue porque seas malo o tengas algún defecto. Se fue porque decidió que no podía estar con nosotros y acompañarnos en nuestra aventura. Cada uno toma sus determinaciones libremente, nos puede haber causado mucho dolor, pero no nos define como personas, hijo mío. No hay nada malo en ti o en mí que justifique su ida, pero tampoco hay que tener rencor por lo que hizo, hay que aprender a querer a los que tenemos cerca porque no sabemos cuándo se irán y perdonar a los que nos causaron dolor porque nos ayuda a ser mejores personas.

Tú no eres malo, eres mi hijo, el más preciado tesoro que tengo y sé que con empeño lograrás ser quien quieras ser, pero en especial una mejor persona. Ahora ve a hacer tus tareas y luego puedes ir a jugar.

—¡Gracias mamita! ¿me das un beso?

—Claro que sí, te doy mil.

¡Hasta luego amiga!

mano adios

Yo no sabía que se iba una gran amiga de mi familia. Me tomó por sorpresa la noticia. Deben saber que para un niño como yo de casi TRES años, pues hacer amistades es importante, no a cualquiera se le regala una gran sonrisa o un abrazo, no señor.

Para hacerme amigo de Regina, pasó un buen tiempo. Ella me conoció desde la pancita de mamá, es más, ella conoció a mi Papá mucho mucho tiempo atrás, algo así como cuatro años antes que yo naciera, para mí eso es un montón de días y semanas y meses que ya me cansé de imaginar cuanto es, jejejeje.

Para cuando yo nací ella estuvo allí. Preguntando y escuchando con el tiempo quería saber qué era ella, es decir, a mi alrededor había familia como tíos, abuelitos, primos y amigos, pero sentía que ella era algo especial.

Mi Papá y mi Mamá, algunas veces, me llevaban a visitarla y era divertido, porque ella tenía unos libros muy ordenaditos que me dejaba apilar en una torre grande, claro, luego mi Papá tenía que volverlos a poner a su lugar pero me daba el gusto y ella me sonreía todo el tiempo, así que supongo no se molestaba, aún cuando también dejaba el piso lleno de migajas de galleta.

Recuerdo también que en algunas ocasiones mis papás me llevaban a lugares donde mucha gente se reunía para escuchar a otros contar “experiencias”. Cuando hablaba mi amiga Regina me gustaba alcanzarla y que me cargara y que me diera el micrófono para poder hablar. No sé porque mi papá siempre llegaba para separarme y llevarme a pasear, cuando lo que yo quería es decirles a todos que escucharan a Regina porque lo que decía era importante y que prestaran atención y que no se distrajeran con cualquier cosa, eso quería decirles pero a veces mi Papi es pues inoportuno.

Y es que mi amiga cuando decía algo siempre eran cosas buenas, como eso de amar a todos por igual o de respetar las opiniones de los demás. Como yo crezco muy rápido, con el tiempo comprendía esas cosas, además yo trataba de ponerlas en práctica.

Pero, un día, me dijeron que mi amiga partía a una nueva aventura, en otra ciudad. Me puse algo triste porque me dijeron que ya no la vería por un tiempo más. Ella es una experta en el arte de amar y yo quería aprender más con su compañía. Pero también me contaron que vendría una amiga nueva, con quién compartir también esas sonrisas que me encantan me ofrezcan las personas.

Se deben sorprender que un niño pequeño como yo comprenda lo que es una despedida y no llore o haga berrinche, pero, como dice mi Papá, en esta vida no podemos andar aferrándonos a las personas como si fueran de nuestra propiedad, como un juguete, sino que debemos quererlas mucho el tiempo que están con nosotros. Por eso no me pongo triste sino que le digo a mi amiga Regina: ¡Hasta luego! Porque sé que nos volveremos a encontrar y seguir siendo tan buenos amigos como siempre.

Los huecos en el balcón

balcón Alca

El bebé tendría nueves meses y gateaba que daba gusto. La casa era de un solo cuarto grande en el primer piso, el cual fuera una tienda en tiempos idos y ahora alojaba a la familia de la nueva obstetra del pueblo. El segundo piso no servía para habitarse y solo se usaba como almacén de maíz, para secarlo extendido. Las gradas de piedra y adobe que conducían a ese recinto sin puerta eran la delicia del pequeño y se ubicaban en el patio interior. Su papá, su mamá y su hermano mayor de ocho años lo sabían y evitaban de mil maneras que sus manitas agarraran el primer escalón, ya que a velocidades de ternura subía las gradas y podría desbarrancarse en alguna oportunidad.

La vida es apacible en un pueblo donde la existencia se detiene en la modorra de la mañana y parte de la tarde. No ofrece mayores riesgos para los adultos, salvo las fiestas patronales y alguna que otra trifulca con los caballos tercos, los toros de lidia, el arado que no avanza, los amores de tarde en la plaza o alguna molestia estomacal que los llevara de urgencias a la posta. Mientras no pasara nada de eso todo era consumir lentamente los minutos al son del vuelo de los moscardones y su taladrar constante de cualquier objeto hecho con madera, en especial techos, vigas y parantes.

Esa lentitud de vida está bien para los grandes, pero para un bebé ansioso de explorar su mundo no es así. Pero ese día está durmiendo a la una de la tarde, luego de tomar leche, para alivio de la madre que tiene que ir al trabajo en el centro de salud  y que lo arropa y sella todo atisbo de luz solar entrante mediante periódicos, mantas y demás bloqueadores para crear la artificial obscuridad en el cuarto. Dentro de diez minutos llegará del colegio el otro hijo y cuidará al pequeño, por la tarde arribará en la combi el padre y ella llegará por la noche, así es la rutina diaria.

Un zumbido despierta al pequeño.

La puerta al patio interior (y a las escaleras) no estaba bien trancada.

A un costado de la casa está la comisaría y allí descansa el teniente Fernández. No hay mucho que hacer ese día así que reposa de la guardia de la noche. Una voz se cuela entre la pesadez del calor y llega a sus oídos somnolientos. Trata de no hacerle caso pero instintivamente se para y sale a la puerta principal.

Al llegar tarda un instante en acostumbrar los ojos a la brillantez del día y mira asombrado la escena que se le presenta.

Allí, a menos de un salto esta un pequeño de ocho años, el hijo de la nueva obstetra, con los brazos en alto dirigidos hacia el balcón de la casa.

—¡Manito no te sueltes manito! —es el ruego que hace.

El efectivo eleva la mirada un poco y ve al bebé colgando del balcón, sus manos están agarradas increíblemente soportando todo su peso.

El instinto lo hace moverse.

Los dedos del pequeño no aguantan más y cae en medio del grito de su hermano, el cual se siente empujado a un costado por una fuerza irresistible.

El teniente logra atrapar al bebé justo en la caída y lo abraza. El otro niño se levanta raudamente del suelo y estrecha con sus bracitos al policía.

Por la noche, al calor de un pisquito y gaseosa, un caldo de gallina y muchas risas, se cuenta una y otra vez la anécdota. El bebé duerme plácidamente en su camita, soñando nuevamente en remontar las escaleras y alcanzar por fin a ese animal misterioso que entra y sale de los huecos de las maderas del balcón.

El material del que está hecho el universo


mama y yo en la playa remaster

¿De qué materia está hecha tu memoria?

El pasado es irremediable, no se cambia por más que intentes. Es un barco que ya zarpó, solo tienes control sobre tu presente y depende de este lo que resulte el futuro. Y existe esa foto. En ella está mi madre, bella y joven. Siempre fue, es y será así para mí. Está la foto y no miente, ella está triste y yo también.

No se puede explicar el contexto sin contar recuerdos que se tergiversan con el tiempo. Nada fue totalmente feliz, nada fue totalmente triste. Fue un viaje intempestivo y en solitario junto con una amiga y otros acompañantes. Tenía cinco o seis años, me habían rapado la cabeza, no era muy sociable con los de mi edad, pero con los adultos era un hablador incansable, como queriendo desesperadamente que me acepten. Pero la realidad está allí en la foto, estamos tristes ambos. Ella, pues por muchas cosas… aún en los mejores momentos quisiera que se borre esa tristeza que llevamos en la familia como un síndrome que saca la mayor de las ternuras, pero que igual nos opaca en los momentos cúlmenes.

¿En qué sitio guardas el amor y la trascendencia?

Pero está el barco. El motivo de la foto fue eso, el barco anclado cerca de la playa en Mollendo. Alguien quiso tomarse unas con el espectáculo naviero y la cámara de rollo funcionó a la perfección. De ese día de repente si hago el esfuerzo supremo aún me queda el sabor a mar en los labios, el viento helándome la cabeza, las manos de mamá aferradas a mí. Eso es lo que quedó en el tiempo, nuestros dedos entrelazados en algo que solo ella y yo comprendemos y que se forja en la vida cuando dos seres tienen que atravesar el infierno juntos para resucitar.

mathias y yo playa

Y allí estoy de nuevo. Con treinta y siete años, en un viaje nuevamente intempestivo hacia la playa de Mollendo. Y nada me recuerda el viaje de mi niñez hasta que, ver la nave allí, me abre el corazón de manera inexplicable y me recuerda ese pasaje y la foto como prueba material que la vida te devuelve momentos trascendentales en los instantes menos pensados.

¿Cuál es la fibra que sostiene tu esperanza?

Mi hijo tiene cinco años y meses. Desde bebé tengo la costumbre de mirarlo largamente, como adivinándome en él, con la aprensión del primerizo y la tortura del que no puede creer en la felicidad gratuita, sin que nadie venga a cobrar. Y está allí, jugando con las olas y chapotea, salta, se emociona, brinca y se moja, nos moja a todos y pide una y otra vez que lo lleve a las olas, como si en ellas encontrara el secreto de la inmortalidad.

Y estoy allí, pidiendo la foto, con la excusa del barco claro, pero en sí es inmortalizar ese momento. Mi hijo no está triste por ningún lado. Estoy solemne. Él me abraza sin pedirlo y sonríe como solo él sabe hacerlo. En la nueva instantánea digital él juega con sus pies y la arena, yo tengo la parada del papá que protege su tesoro. Ambos construimos un recuerdo que solo el tiempo nos dará respuestas si encajan en la materia de la que está hecha nuestra aventura por la vida o simplemente es el instante fugaz de la felicidad plena.

Yo estoy conmovido por la fibra primigenia de los recuerdos, liberado de esa parte triste de la foto, reconciliado con el mar y el barco, con la vida y el silencio de los años, revertido todo por el nuevo momento que se abre paso, el de la justificación limpia, la nueva foto y la antigua, ya no para recordar alguna tristeza sino solo para contrastar edades, aventuras y felicidades.

Y guardo la foto para que ella la vea y se emocione, para que me mire de nuevo y como siempre, en nuestros ojos soñadores haya esa luz cómplice, porque de eso está hecha la existencia, de fugaces alegrías y constantes reencuentros, de arena y barcos que zarpan pero, gracias al círculo del universo, a veces esos barcos del pasado regresan y hay una segunda oportunidad de cambiarlo todo… gracias al dueño del mar por eso.

Los colores

 

multicolores

Juanito M. me llamaba las tardes de los sábados a su casa a jugar. Era un amigo que conocí en el jardín de niños. Llegaba hasta el techo trasero de su vivienda inmensa y me llamaba a grandes voces hasta mi casita de pocos cuartos y gran huerta. Yo iba contento porque sus juguetes eran lo máximo: tenía autos de carreras, el castillo de los Thundercats, las figuras de acción de He-Man y muchas cosas más recontra finales de los ochenta.

Nunca le tuve envidia porque comprendía que algunas familias tenían mejor capacidad económica que otras, como siempre me había explicado mi madre. Estimaba mucho a sus papás que me trataban bien y me invitaban siempre el té con cosas ricas, me llevaban de paseo en muchas ocasiones y sus hermanas me hacían jugar también. Aunque a veces sentía que me tomaban el pelo, un poco por mi provinciana inocencia, un poco por mi entonces introvertida actitud.

Los años pasaron. Un día, en que me llamaron y fui con unas ganas medias raras. Ya no aguantaba como antes las bromas a mi callada actitud o los aspavientos con que anunciaba mi amigo sus nuevos juguetes. Ese día me sorprendieron su papá y él mostrándome de arranque una paloma multicolor. Estaba llena de matices brillantes y se le veía asustada. Me preguntaron qué pensaba. Ya estaba algo maltón y sin ganas de seguir juegos y les contesté que no sabía.

—No seas tonto, las hemos pintado nosotros —me dijo un poco exasperante el Juanito M.

Respondí mirándoles a los ojos a los dos —Pues espero que la despinten porque se ve triste y asustada.

Lamentablemente sé, porque no volvieron a hablar del tema nunca más, que no lo hicieron. Poco tiempo después dejé de ser amigo de esa familia.

Paloma

enamorando

Después de un drama familiar, llegué con mi madre a Villa Rica, pueblo cafatalero ubicado en el centro del país, en plena ceja de selva de Pasco. Ella hacía su SERUMS, su servicio rural antes de optar por el título profesional de obstetra. No haré largo el tema, pero debo confesar que fue uno de los años más maravillosos que pasé en compañía de mi progenitora.

En fin, que puedo decir, era un arequipeñito suelto en plaza, es decir un personaje que inmediatamente y sin querer concitó algunos intereses. En ese tiempo aún quedaban los restos de mi introspectiva forma de ser. Poco a poco, a punta del ambiente alegre de la zona, mi hosca actitud cambió. A los 11 años se es buen tiempo para abrirse a los demás.

La doctora y la odontóloga del Centro de Salud del entonces IPSS, vivían en una casa multicuartos de madera, vecina a un aserradero, cuyos dueños eran también los responsables de 6 niñas de diferentes edades, las cuales inmediatamente a pocos días de mi llegada y conocimiento, me acogieron en sus juegos. Una de esas bulliciosas chicas se llamaba Paloma. Su historia de abandono de padres y rebeldía la fui conociendo poco a poco y, claro, se convirtió en mi amor cuasi púber, en esa ilusión que te carcome el estómago y te hace hacer y decir sonseras frente a ella o tratar de lucirte sin sentido.

No podía saber si ella correspondía a mis sentimientos, era un cercado de alambres su genio, a veces explosiva, a veces dulce, a veces callada, a veces triste y siempre en actitud desafiante. Me la imaginaba como solo un niño de amor puro puede, recuerden, así, con esos pensamientos en los que el beso era la cúspide de todo anhelo, pasear de la mano era algo que cosquilleaba y escribir cartas que luego se rompían inmediatamente, era la práctica usual.

Para finales de diciembre, las amenazas de terroristas en contra de mi madre, en busca de que proporcione medicinas, eran ya de marca mayor y ante la insinuación de que se las cobrarían conmigo sino entregaba los suministros, hizo que los planes para mi salida fueran de urgencia. Ya no podía salir solo a la calle y ni pensar en visitar a mi amiga. El último día, a pocas horas de viajar, me llegó una carta, conteniendo varias minicartas, pedazos cortados de papel de block escolar, pintadas con colores, con frases sencillas: te quieros, te extrañarés, adioses esperanzadores, pululaban. La carta central, hablaba de bellas cosas, sí, cursis, ¿Qué pueden esperar de niños de once?.

Quisiera contarles que me arriesgué a salir sin compañía a encontrarme con ella y regalarnos ese primer beso… pero no fue así, alcancé a escribirle una carta también confesándole mi amor escondido durante meses y luego viajar, triste, pero a la vez contento, contradictorios sentimientos que uno atesora en el corazón y que luego, al evocarlos como ahora, arrancan una sonrisa traviesa.

Las alas

VOLADORA

Era una bicicleta Goliat serie Bronco, de segunda generación en montañeras, con 18 cambios, cachos y suspensión delantera. Lo más bello era que estaba pintada de blanco en fondo, con grafitis en líneas aleatorias de colores fosforescentes, pero de aquellos chéveres, no verdes ni amarillos, sino violetas, fucsias, rojos… Sin pensarlo le puse de nombre “La Paloma”.

Volaba en el asfalto como una bala y los cambios funcionaban cual máquina inglesa. Podía hacer 25 minutos a toda carrera de Mariano Melgar hasta Huaranguillo, es decir de punta a punta de la ciudad. Esa época fue escandalosamente  superior… como explicarlo… 15 años tenía yo, en plena forma que dan las hormonas naturales de crecimiento, con amigos en todas partes y con una súper bicicleta… ¿Se podía pedir más?.

En una ocasión, bajando a toda velo la avenida Lima, una camioneta me agarró la llanta posterior, salí disparado, pero la saqué barata, dos rasmilladas y la conmoción, pero La Paloma… indemne, la llanta soportó el impacto y una rayadura sin mucha consideración le hizo como un galón al esfuerzo.

No pasó ni dos meses desde el último pago de las mensualidades, cuando me la robaron del mismo interior de la casa… Los sentimientos encontrados de frustración e ira no se me calmaron en meses. Ahora que lo pienso, por esa razón dejé a mis amigos de Huaranguillo, ya no había motivación para ir en bus, el ejercicio dejó de interesarme, pasó años antes que me animara a comprar algo de tanta inversión, la confianza en los inquilinos se desvaneció, de bicicletas nunca más se habló…

Pero aún tengo el recuerdo de ser el dueño del viento, de volar en el asfalto, de sentir la libertad, en especial, bajando con los brazos extendidos por toda la avenida Sepúlveda… extraño esa sensación y si cierro los ojos, aún puedo imaginarme surcando el universo en mi poderosa nave adolescente…

Palomar

palomar

Fue una tarde en Lima, en la casa de mi tío Pepe. La construcción era un monstruo de cuatro pisos que se elevaba por encima de los caserones vecinos, con sólo el primer piso estucado y pintado de un verde provinciano; lo demás con el ladrillo rojo, desafiante. En el cuarto piso estaba el Palomar, en el tercero estaba la mini fábrica de repuestos de escobillones de fibra, el segundo habitaciones y en el primero la cocina, la sala comedor, el baño con la única ducha y el cuartito donde dormía como invitado.

Llegado a pasar un verano allí, no conocía las reglas del lugar y nadie me las explicó. A punta de curiosidad examinaba cada tarde los vericuetos del inmenso castillo, a medida que mis primos me lo permitían. La primera noche, recuerdo, mi prima Eli me llevó a comprar una delicia de veinte centavos: tripitas con tostado. Eran un potaje de tubitos crocantes mezclados con maíces dorados en una pizca de aceite. Los intestinos de los pollos eran la clave de ese manjar de niños de barrio, en una época en que las papas fritas aún no se masificaban.

Una tarde, en que todos dormían bajo el sopor pegajoso de la capital, me aventuré hasta el cuarto piso, sacrosanto lugar donde habitaba Nerón, el perro familiar, que a punta de confianzudas mañas, logré me aceptara sin pelar sus dientes de doberman.

Mientras subía, encontré en una de las ventanas laterales de las escaleras, a una paloma acurrucada… La primera impresión era que estaba perdida, pero recordé que arriba estaba el criadero de mis primos. No sabiendo que más hacer, la cogí con ambas manos y la lancé por la ventana. La pobre aleteó un poco y se me perdió de la vista en su intento de frenar su caída.

Abrumado por el miedo, bajé las escaleras y me escondí en el ruido tranquilizador del televisor de la sala. A la mañana siguiente, en el desayuno, mi primo Wilmar preguntó por la paloma herida, aquella que estaba en recuperación, ya que al parecer había escapado de su jaula.

No pude aguantar y, en medio de lágrimas de nueve años, conté lo ocurrido. Miradas de compasión me salvaron de una reñida y el vozarrón de mi tío diciéndome ¡Loquito sonso no te preocupes!, me devolvieron algo de paz.

Casi toda la familia salió en busca de la perdida alada. Se preguntó en casas vecinas, en canchones y hasta en manzanas anexas. Nada. A la tarde ya estaba echada la suerte sobre mi conciencia y la tristeza invadía el hogar. Al atardecer mi prima Eli salió conmigo a la vuelta a la manzana diaria. Saqué de mis bolsillos una de las monedas que me diera mi mamá “porsiacaso”, y le dije si quería comprar una porción de tripitas… me miró indeciblemente y suspirando me confesó que temía que en la porción que nos dieran estuvieran los restos de la enferma que lancé al vacío. El silencio nos acompañó durante el corto paseo de ese día.

(Relato contenido en el Libro Palomas de difusión gratuita)

Frazadazo

violacion

Cuando le dictaminaron nueve meses de prisión preventiva en el Penal de Socabaya, sintió que todo se le derrumbaba. Regresaría al lugar de donde salió el 2005. Por reincidente lo pondrían en el Pabellón D.

Durante todo el día sufrió un colapso estomacal que lo llevó a estar pegado a la letrina del baño comunitario. Un frío terror lo invadía.

No le dieron un catre, solo un colchón por el que pagó 20 soles y una frazada sucia y maloliente.

—Primero pagarás piso niña antes de tener tu catre —dijeron varios de los reclusos.

No tenía pinta de infante, al contrario, aparentaba los 43 años que cumplió hace poco. Su rostro cetrino con marcadas arrugas, presenta una nariz abultada, labios caídos, hasta lascivos se diría, barba y bigotes ralos casi inexistentes. Las manos son algo rugosas, propias de un taxista como él. Los ojos apagados por sus cejas pobladas.

La primera noche sufre de sobresaltos continuos, esperando que lleguen los demás para ultrajarlo.

Sabía que lo harían en algún momento. Porque él lo había hecho ya.

Claro, no había abusado de algún reo. No. Había cometido sus crímenes contra adolescentes desprevenidos, esos que en afán de paseo o de encontrar un lugar donde besarse y acariciarse, bajaban al sector de Chilina, en el río de la ciudad. Un lugar con “chacras”, árboles, full naturaleza que invitaba a paseos largos y románticos, a aventuras de campamento rápido. Era de tradición adolescente el paseo a ese sector, en grupos, llevando algún plato preparado y gaseosa, hasta un “trago” de repente. Los días especiales eran los feriados, los fines de semana. A esos grupos los esquivaba él y sus compinches. Eran demasiados.

En cambio las parejitas fueron su especialidad. Con paciencia gatuna, mientras tomaban un combinado de pisco y gaseosa, aguardaban entre los arbustos, “chequeando” el vallecito. Cuando detectaban a los infortunados, los seguían cual pumas, para sorprenderlos, golpearlos, robarles sus pertenencias, amarrarlos y luego abusar repetidas veces de las casi niñas en su mayoría. La mano encima de la boca, los insultos gruesos, las amenazas de muerte, todo lo que significaba sentirse poderoso, invencible, dueño de la vida y de la muerte de sus víctimas.

Pero ahora, tirado en la esquina del pabellón de alta peligrosidad, no se sentía poderoso. Orando trataba de menguar en algo el miedo que lo sacudía, intentando la compasión de cualquiera que oyera sus rezos apagados. Sus lágrimas que desbordaban eran seguidas de pequeños gemidos. La tormenta en su cabeza se alteraba e incrementaba con algún ruido, un rechinido de catre, o un ronquido fuerte. Así transcurrieron las horas.

Ya pasadas las tres de la madrugada, se tranquilizó algo. Pensó que adentrada la madrugada no le harían nada y no se atreverían a tocarlo de día. Suficiente tiempo para que su compadre le trajera el dinero para aplacar el castigo de bienvenida que en la cárcel aplican a los violadores como él, denominado “frazadazo”. Le pidieron mil soles para que lo protegieran, solo si lograba salir indemne de la primera noche. Pensando eso descansó los ojos, relajó el cuerpo, se acomodó en el colchón casi plano por su peso y trató de dormir.

No sintió en que momento lo voltearon boca abajo y le pusieron ese trapo asqueroso entre los dientes, solo sintió que la frazada que antes lo cobijaba ahora estaba apretándolo contra el colchón. El peso de varios cuerpos lo tenía sólidamente quieto. El terror lo invadió, quería que alguien hablara, que dijeran que solo era para meterle miedo para que pague más dinero, intentó suplicar pero el trapo estaba bien metido. Nadie hablaba, eran sistemáticos, como si ya lo tuvieran todo calculado.

Un dolor indescriptible lo asaltó de pronto y continuó durante muchos y largos minutos, creciendo a cada instante, llenado todo su ser.

A las cinco de la madrugada, cuando el sol ya clareaba, los guardias lo arrastraron a las duchas para que se lavara la sangre y otros líquidos que lo cubrían.

Un Ángel en el Cielo

Alfredo en la Mariápolis Lia

Mi Papá está triste. Hace muchos días atrás se enteró que uno de sus amigos que dice vive en un país grande, muy grande llamado Brasil, estuvo enfermito de la misma cosa mala que le dio a la bisabuelita Hilaria, esa que le hizo caer el cabellito. Cuando contó eso a Mamá estuvo algo triste varios días.

Es raro pensar que tus papás tuvieron una historia antes de que tú nacieras. Yo por lo menos a veces pienso que mis papis existen desde que yo existo, es algo raro enterarse que antes de uno hicieron cosas o viajaron. Justamente Mi Papá conoció a este amigo cuando viajó a un país con mucha carne y algo llamado “mate”. Argentina dijo que era.

Dice que cuando conoció a este muchacho lo que más le llamó la atención fue su humildad y compañerismo, con mucho apetito como él. Que también tenía problemas y que intentaba resolver sus propios dolores, pero antes que todo, se lanzaba a amar. Ummmh no entendí eso, pero creo que es como cuando mi Mamá a pesar de estar cansada, lo deja atrás para prepararle la comida a Papá, o como cuando mi tío José Alfredo arregla su cuarto a pesar que también debiera hacerlo mi tío José Manuel. Si es eso el “lanzarse a amar”, pues ese joven amigo de mi Papá me agrada.

Mi Papá está verdaderamente triste hoy. En la mañana le informaron que su amigo estaba muy malito, con mucho dolor. En la tardecita cuando regresó del trabajo, ¡Pobre mi papaíto!, nos contó que su amigo ya estaba en el Paraíso. Creo que se refería donde también debe estar mi bisabuelita.

A pesar de que estaba decaído mi Papá, se sentó contarnos que en los últimos días, este joven había tenido mucha fuerza y que los dolores los había sabido afrontar. Nos contó que en varios países sus amigos que había conocido en la Argentina, hicieron pequeños sacrificios para darle fuerza y aliento, como cortarse el cabello, algunos con oraciones a Diosito, otros ofreciendo los dolores del día para que se recupere.

Yo la verdad pensé que era triste que todos ellos ahora piensen que no dio resultado nada de eso, y hasta ya me daban ganas de llorar. Pero Papá dijo que a pesar de todo estaba orgulloso. ¡Sí!, algo raro ¿No?. Pero así lo dijo, porque explicó que este joven, a pesar de su corta edad, había unido en un aparente dolor, a muchos otros y les había demostrado que todo es posible, hasta vencer el dolor pudiendo estar alegre, porque cumplía lo que Dios quería de él. Para eso estaba yo confundido, no entendía esas palabras, pero creo que significan que ese muchacho había sido valiente y quería que todos los que estuvieron con él en estos tiempos también lo sean.

¡Mi Papá ya no está triste!. Creo que hasta está alegre. Debe ser, porque cuando un verdadero amigo lo es, se debe alegrar de las cosas bellas que le pasan al otro y debe ser bello que ahora mi Papá cuente con un ángel en el cielo que lo animará a ser valiente cada día!!!!!.

 

Treinta minutos perdido

Manuel y yo

Ya habían pasado quince minutos desde que envió a su hermano pequeño a comprar chicha. La casa donde siempre adquirían la “cantarilla” del líquido refrescante hecho de maíz morado, no distaba más allá de dos cuadras. En menos de diez minutos se hacía el recorrido.

El hermano mayor salió a la calle a ver si estaba por llegar el pequeño de nueve años. El almuerzo estaba listo en la mesa y justamente para tener algo que tomar es que mandó al niño a traer la bebida. En los días anteriores fue en dos ocasiones a comprar con él a la casa donde la vendían. El pequeño recién tenía medio mes de vacaciones en la ciudad.

No llegaba y ya eran veinte minutos.

Sin saber que hacer dejó la puerta de latón de la calle juntada y emprendió el camino por donde le había enseñado a ir. Cuando llegó a la casa donde vendían la chicha no lo encontró. Llamó a la puerta y nadie salió.

La angustia se acrecentó.

En ese momento ya no sabía que hacer, la esperanza de que hubiera tomado otra ruta lo animó a salir disparado hacia la casa. Al llegar encontró la puerta como la dejó, por solo comprobar entró a la casa y a gritos llamó al pequeño.

Salió nuevamente.

Llegó a la esquina y se paró en seco, intentando pensar. Por la mañana había reñido a su hermanito por no haber tendido la cama. De repente estaba enojado con él, pero no creía que fuera suficiente para que se escapara, menos con un solo sol que le dio para comprar. El pequeño recién estaba dos semanas en la casa, llegado desde la tierra de sus padres a pasar las vacaciones de verano con él. No conocía para nada la ciudad. La idea de que un depravado hubiera captado a su familiar lo asaltó de pronto y un dolor incompresible se le formó en el pecho y en la cabeza, pulsando. No sabía que hacer. En esa época no existían celulares, no tenían teléfono en casa, no tenía familiares en el barrio y no aparecía por allí ningún conocido como para dejarle el encargo de esperar.

Fueron tres minutos de impotencia total.

Pensando en otra solución y razones, llegó a la conclusión que realmente no lo había reñido tan duramente por no tender su cama, total, eran vacaciones, sino que su cólera se manifestó de esa manera porque estaba acumulando una furia desde hace meses, quizá años. En ese momento comprendió que no era feliz como estaba, en una carrera que no le agradaba, sin pareja, sin dinero que le alcance, sin saber cuál era el rumbo de su existencia. Pero eso en nada justificaba que volcara en su pequeño hermano sus frustraciones, todavía siendo un chico alegre que lo admiraba y siempre quería hacer lo que él hiciera…

El sollozo lo asaltó como un golpe en el estómago, sin misericordia el dolor de imaginar a su hermanito herido o peor: atacado, le nublo el entendimiento, se sacudió la cabeza e intentó pensar con claridad, volvió a la puerta y la trató de asegurar como para que solo con empujarla pudiera entrar su hermanito si volvía. Luego corrió a la esquina para cruzar la calle y empezar a buscarlo por el barrio, empezando desde abajo y en las calles paralelas.

De pronto por la esquina de una de las calles apareció el pequeño con la jarra en mano.

Corrió hacia él. Al llegar lo abrazó, no sin antes notar que su hermanito hizo como un gesto de sorpresa, de repente imaginando que le iba a dar un golpe o algo. Se sintió peor, si aún cabía.

—¿Qué pasa manito?

—Nada, nada, solo me preocupé un poco porque no llegabas.

—Sí, es que no salía nadie de la casa donde venden la chicha, pero me acordé que acá abajo hay un restaurante que tenía un cartel donde decía “chicha” así que creí que también me la vendería.

—¿Así? Y que pasó.

—Pues llegué acordándome y a la señora de la cocina le di la jarra y el sol, pero me dijo que no tenían azúcar, si podía esperar y esperé, pero ya pasaba el rato, le dije que me diera nomás sin azúcar ¡Y me llenó hasta arriba la jarra! ¿No te molesta no manito?

—Para nada, ven vamos a almorzar, ya le echamos azúcar en la casa.

Los dos hermanos retornaron abrazados al hogar.

El niño en la playa

Aylan, un ángel sirio

Solo puedo imaginarte, Aylan. Alguna vez casi me ahogo en una piscina, la desesperación me inundó. La tuya fue mayor, fue infinita. La balsa en la que viajabas era para cuatro personas, subieron el doble. Tu padre y tu madre y tu hermano estaban en ella. El círculo de la protección familiar. Me imagino que estabas allí con ellos, lleno de miedo, pero la mano de tu padre estaba entrelazada con la tuya. Esos dedos que muchas veces te acariciaron el cabello, te dieron alguna palmadita en los cachetes, esos dedos que trabajaban para darte de comer, estaban allí, cerrados alrededor de los tuyos de tres años.

Luego… la obscuridad.

Abdullah Kurdi, tu padre está narrando a quién le quiera escuchar que su objetivo era llegar a la isla griega de Kos, huyendo de Siria, tu país, el cual es azotado por una guerra cruenta y devastadora, tan dura que forzó la decisión de tus padres a huir, buscar refugio lejos, para que ustedes no murieran. Cruel ironía. Pero debes saber Aylan que cuando un padre se enfrenta a fuerzas que no puede controlar, que amenazan a su familia, puede cruzar océanos, vender hasta lapiceros con tal de que estén a salvo. Esa esperanza no se mide en control de daños, países con fronteras inmisericordes, políticas nefastas en ayuda humanitaria y corazones de hierro mercader. No es necesario que me entiendas, es más para los que tratamos de entenderlo, compartir en algo y justificar su desesperación que lo obligó a subirte a una barca, teniendo una certeza de que en el mar estarían más seguros que en tierra.

Y allí estabas Aylan, un segundo agarrado a ese padre que tenía la esperanza puesta en su decisión y luego estabas cayendo a las frías aguas. Imagino que el impacto te sacudió. De tu garganta salieron gritos, que el agua empezó a ahogar. Que braceaste en un reflejo natural, pero las olas te envolvieron. Poco a poco te dejaste ir. Allí quisiera detenerme pero no puedo dejar de imaginarme tu dolor, tu temor, tu angustia… tu desesperación.

Después la paz y el mover de tu cuerpo libre en el mar hasta que la marea te depositó, con algo de suavidad, en la estación balnearia turca de Bodrum. En ese lugar te halló Nilufer Demir, fotógrafa. Ella estaba allí justo para verte y que se le helara la sangre. Ella le cuenta a quien quiera escucharla que no podía hacer nada por ti, que lo único que podía hacer es tomarte fotos que, en pocas horas, han dado la vuelta al mundo y te han hecho famoso, Aylan, todos hablan de ti.

De lo que no hablan Aylan es que desde el 2011 varios países árabes como Egipto, Túnez o Yemen estaban en un estado de guerra. En tu país Siria las personas salieron a las calles como sucedió en Daraa, Alepo, Homs o Damasco reclamando libertad, democracia y derechos humanos. Sí, lo sé, son cosas que no entiendes, pero necesarias para saber que esos pedidos no fueron escuchados. Por eso la guerra arrasó con los pueblos de tu país. Pero preguntarás ¿Recién con mi foto se sabe eso? Y me da pena decirte que eso ya lo sabíamos, que decenas de periodistas han tratado, a 50 euros la nota, dar a conocer esta cruel guerra, pero solo recibieron sonrisitas y no, no, no, repetitivo, tanto que ellos mismos han muerto tratando de decirle al mundo lo que pasaba. Pero solo que tu foto, esa donde estás recostadito como si estuvieras durmiendo la siesta, la que recién nos ha sacado la venda de nuestros ojos, por lo menos hoy Aylan, eso ya es mucho pedir en el estado de ignorancia mediática en que vivimos.

Fuiste portada Aylan y hasta un debate sobre el morbo y la exposición de tu foto hubo. Hasta algunos corazones mercaderes se han ablandado y de repente se abren las fronteras y se entrega ayuda a los desplazados como fueron tu familia. Pero tu papá está destrozado, y llevará tu cuerpo, el de tu mamá Rehan y el de tu hermano Galip para enterrarlos en su Kobane natal, donde sabe también morirá. No, no es malo decirlo así, todos moriremos alguna vez Aylan, algunos enfermaremos y nada podremos hacer, otros en un accidente que no podremos evitar, de repente y con suerte moriremos en nuestras camas y alrededor nuestros seres queridos estarán, no moriremos como tú y tu hermano, porque no tenemos tres y cinco años, porque no tenemos que huir de un país en guerra, porque no estaremos en una barquichuela de noche aferrados a los dedos de papá y cuando de pronto nos soltemos, la vida se nos irá en el momento incompresible de perder la fe en todo a nuestro alrededor, no Aylan, no moriremos así y ¿Sabes?, cuando supimos de ti, por el facebook, por el morbo de las noticias, por las repeticiones infinitas de tu cuerpo en esa playa de Turquía, muchos hemos muerto un poquito contigo también.

Adiós Aylan, duerme en paz.

Entre los segundos

pistola

El niño está encerrado en su cuarto. Allí, acurrucado contra la pared, un sudor frío le baja por la espalda. El niño siente el peso insoportable del arma que sostiene con las dos manos, mientras, murmura una oración sobre un ángel de la guardia y su dulce compañía. El fierro es una automática calibre 38.

No puede evitar el temblor en los dedos, por lo que se aferra con más fuerza a la pistola. La agarra como lo haría con una raqueta de frontón, o un helado, o un mando de videojuego. Por una milésima de segundo piensa en arrojarla y dejar que lo maten, pero entonces recuerda que abajo, en el primer piso de la casa, están los cuerpos acribillados de sus padres y de su hermano mayor. De toda su familia.

Y es que cuando empezaron los disparos —hace siglos, hace unos segundos tal vez— bajó las escaleras, asustado por el barullo de guerra. A la mitad se detuvo, justo a tiempo para ver como el cuerpo de su hermano, el Chirolo, se convertía en un amasijo de carne informe a consecuencia de la certera lluvia de balas que entró por la ventana y lo arrojó contra los muebles de la sala. El tiempo pareció detenerse, o, en todo caso, hacerse más oleoso, casi estático, lo suficiente como para contemplar a sus padres, mirar su desesperación indescriptible al ver el pecho abierto y expuesto de su hijo mayor de 16 años cumplidos. Logró atisbar como sus progenitores se descuidaban en el acto reflejo de tratar de alcanzar al vástago en la caída, solo para recibir ellos también una ola de impactos. Todo ocurrió en esa infinitesimal duda que les hizo desatender las ventanas por donde los tiradores asesinos pudieron acertarles en las cabezas, en los hombros y finalmente en las espaldas descubiertas con el asombro cortado a tajo.

El niño vio todo a sus 11 años de inocencia de barrio. En el vacío inmenso que siguió, comprendió que sus familiares no se moverían más, no lo abrazarían, ni lo acariciarían, ni aún lo regañarían o corregirían. Se hallaba solo en el mundo a partir de ese momento fugaz en que un instinto oculto en sus entrañas le hizo desatender físicamente el cuadro de sangre y vísceras para entrar a la carrera en el cuarto de sus padres y sacar debajo del colchón el arma con la que ahora apuntaba trémulamente hacia la puerta de su dormitorio.

Sentía el peligro en sus venas, palpitando en un tuntún vicioso, uniforme, que le llevaba la certeza a su corazón de que allí estaban por entrar los que destrozaron su vida. Estaba completamente lúcido, tanto así que, a pesar del miedo que lo carcomía, sintió la furia animal de los pasos de esos desgraciados subiendo las escaleras.

Los segundos pasan lentamente y entre ellos se puede percibir el polvo estático del tiempo que no se apresura en la oscuridad del cuarto del niño. No se ve casi nada, pero si se presta un poco de atención, el golpeteo de un corazón se percibe como un diapasón in crescendo. Si estuviera prendida la luz del ahorro, o el poderoso sol entrara por las ventanas ahora cerradas, se verían estantes de madera empotrados en las paredes. En medio de sus vacíos utilitarios se encontrarían juguetes mezclados con plumones de colores. Los libros de cuentos llamarían la atención por lo usados, los álbumes de figuritas deportivas también saltarían a la vista, confundiéndose con los libros de texto escolares. Paseando la vista por entre los muebles, se hallarían varios polos del Melgar, dispersos entre la confusión de medias y chimpunes. Sin mucha atención se observaría el póster gigantesco de Paolo Guerrero, sonriéndole a su hincha privado. Con algo de atención clínica, se hallaría escondida, en la mesa de trabajo, entre notas y papeles de colores rasgados, una tarjeta de felicitación por el día de la madre, hecho con crayones y letras de molde. Es tan mayo que duele respirar.

La realidad se transforma en una foto tridimensional donde el principal fondo es el niño sosteniendo el arma de la seguridad. No logra entender porqué siente esa sensación de protección, pero la acoge con la incertidumbre de que valga de algo por favor, ya que siente los pasos llegando, las voces en susurros estentóreos dirigiendo y buscando en los demás dormitorios. Lo que ignora es que esas voces, tan entrenadas en el hablar sigiloso, son de agentes policiales. Esos tombos mataron a sus padres y a su hermano por algo tan ilusorio como es el dinero. Dinero que es la principal causa por la que se arriesgaron a entrar a mansalva y plomo a ese “hueco”. Lo que también ignora el niño, es que el que va a entrar a su cuarto es el sargento Minaya.

En la cara del enjuto y barbudo sargento, se pueden adivinar las preocupaciones mundanas de su actuar. Con algo de atención en las ropas puestas y previamente planchadas, se deduce que es un hombre de familia, o, en todo caso, que tiene una esposa que cuida de su limpieza básica. Lo que sería más obvio es que esa limpieza también trata de borrar de la ropa el aroma de otra mujer, la cual comparte con su consorte el renegar constante del genio irresoluto de Minaya, que nunca se decidirá en qué cama quedarse y que, mientras tanto, tiene que ocuparse económicamente de ambas. Esas son las mayores preocupaciones suyas en ese momento: cuánto dinero sacará de la jugada y para qué cosas principalmente derivar el pago. Suda frío, pero está seguro de su capacidad. Suda tanto como el niño con el que se encontrará dentro de un momento.

Pero aún ninguno de los dos se conoce. No saben que ambos están armados y que se apuntarán con sus armas. Lo que sí saben ambos es que la muerte entró en esa casa. Por una parte el niño cree que es por una injusticia increíble, ya que está más que seguro que su familia no hizo nada malo. Para Minaya, lo malo que hizo la familia que acaba de destrozar, no tiene mayor interés. Los padres del infantes sí desconfiaban de la maldad del mundo, en especial de los “rayas” y de los otros traficantes de la zona. Por eso a través de los años montaron un negocio de distribución de cocaína muy privado. Tanta era su desconfianza, que el dinero de las transacciones no lo dividían en partes y puntos, sino que lo guardaban en casa. Los policías de la zona supieron de una fuerte movida de 75 mil soles de la última semana. Suficiente para convencer de dar el golpe a 7 policías corruptos.

En el lapso de patear la puerta de la habitación del niño, uno puede imaginar que las cosas no tendrían que ser así. En otra situación el niño estaría caminando hacia la escuela comiendo sus lentejas de chocolate. Al llegar a la avenida Aviación, se detendría y saludaría al sargento Minaya, el cual lo ayudaría a cruzar la vía de alta velocidad. Al despedirse del niño, el agente recibiría unos cuantos dulces en la mano que comería con deleite travieso. En otra situación el niño no estaría apuntando su arma a la cara del sorprendido policía, quién a su vez también le apunta con la suya.

Mientras el gatillo es accionado y la bala busca su destino, los ojos del niño miraron fijamente a los del policía. Ellos preguntaron: ¿POR QUÉ? En esos ojos se vería, robando tiempo al poco tiempo que transcurre, toda la gama de acciones de venta de droga, de matanzas sin razón. De violencia respondida y revertida, de mujeres que sufren en un rincón, de adictos sin nombre perdidos en hospitales psiquiátricos, de zonas rojas sin justicia y de justicia sin razones. El niño formula todo un mundo de preguntas en el intersticio de los segundos mientras la Muerte baila a su alrededor. Pero no morirá ese día. Y es que los ojos del sargento miraron fijamente a ese niño que se parece tanto a uno de sus hijos, se parece tanto al Manolo, pensó. La vida se jugó en ese instante y quién dudó, perdió. Eso lo comprendió Minaya mientras sentía como la bala le iba atravesando la cabeza de lado a lado.

Después de caer el cuerpo del agente en el piso de la habitación, llegó a la realidad del silencio, la alarma intensa de las patrullas a todo sonar que se acercaban. Los vecinos temerosos alertaron a otros policías. Los compañeros del caído escaparon con el botín. Las calles eran de su conocimiento así que el distrito se los tragó en minutos.

El niño no lloraba. Las fuerzas lo acompañaron hasta dejar la pistola en el suelo. Luego de eso las preguntas se fueron disipando mientras llega a su corazón ese sentimiento contenido por el miedo que lo acompañará por minutos, horas, días, meses y años: la soledad.

Parques arequipeños: testigos de la historia

El pasear por el parque, un domingo por la tarde, es un arte que aún se mantiene en nuestra ciudad. Aún a pesar de la proliferación de centros comerciales, el arequipeño promedio visita estos lugares de encuentro, como repitiendo un ritual de nuestros ancestros

Texto y fotos: Sarko Medina Hinojosa

Tómese de ejemplo la Plaza Umachiri en el distrito de Mariano Melgar. Las historias que se pueden revivir entre sus árboles permanecen flotando en el aire, pese a las remodelaciones varias que ha sufrido en las últimas décadas. Véase a los ancianos conversando en las bancas, a los jóvenes paseando en bicicleta o en skate, a los grupos de danza practicando, a los niños en el pasto jugando con las burbujas y las mascotas correteando.

Parque Umachiri 1

Las generaciones se unen en los parques

Plaza Umachiri 2

Skaterboards hacen suyas las tardes

Plaza Umachiri 3

Punto de encuentro de la juventud, guste o no

Como si de antaño se tratara, la historia se repite y, si es posible, ese intercambio saludable entre experiencias se seguirá dando, entando la violencia urbana no nos quite la paz y nos vuelva cada vez más herméticos y huraños, metidos en nuestras casas y movilizados solamente en nuestros vehículos sin intercambiar aires.

Plaza Umachiri 4

Tradicionales vendedoras de golosinas aún mantienen la fe en los clientes

Plaza Umachiri 5

Las viejas glorias son recordadas en las bancas

Estos espacios, de tierra en un inicio cuando las urbanizaciones populares ampliaron el espectro urbano hacia la campiña, los cerros y los descampados, ahora pugna por vestirse de verde y atraernos para cumplir con ese ritual tan arequipeño de pasear. Porque costumbre era de nuestros antiguos el pasear no solo por la ciudad, sino por la campiña en carricoches tirados por caballos, llegando de visita a los espacios en Cayma, Yanahuara, Sabandía hasta el mismo Characato y ni hablar de Tingo.

Selva Alegre

Esas ganas de compartir un momento en familia animó, si se nos permite creerlo así, a que el urbanista  Alberto de Rivero desarrollara por el cuatricentenario de la ciudad en 1940 un experimento urbano que proponía un gran parque, 20 veces más grande que la Plaza de Armas mirando hacia el río. Con el tiempo, el Parque Selva Alegre se convirtió en ese punto de reunión inevitable en algún momento de nuestra vida como habitantes de ésta orbe.

Parque Selva Alegre 1

Acróbatas muestran sus habilidades

Parque Selva Alegre 2

Selfie familiar en el lago

Parque Selva Alegre 3

Y sí, el lago de Selva Alegre es un punto histórico

Mucho ha variado en este espacio verde que aún se conserva como pulmón malherido de la ciudad altamente contaminada. Mucho es lo que se pueden quejar sus detractores en cuanto a la limpieza, el tumulto que se ocasiona, los animales encerrados y el peligro constante de los carteristas. Pero con todo, sigue siendo el espacio (barato) con mayor afluencia para las familias.

Parque Selva Alegre 5

Opinión personal, mal ubicado este pequeño resguardo de animales salvajes, muy chicas las jaulas

Parque Selva Alegre 6

Familias enteras disfrutando de la tarde

Coda

Salir a pasear por el parque, una pichanguita con los amigos con cuatro piedras formando los arcos, encontrarse con la noviecita, ir a que el hijo aprenda a manejar la bicicleta, reconocerse como parte de una ciudad que sigue adelante y que conserva muchas tradiciones y relajarse por un momento del trajín diario, es un regalo que debemos fomentar. Los parques deben abrirse, no enclaustrase como prisioneros de guerras políticas. No hay nada más triste que un espacio de relajación verde con bancas y juegos, ausente de los gritos infantiles, de las voces cambiantes de los adolescentes, de las memorias de los abuelos. Ojalá esto lo tomen en cuenta nuestras autoridades y fomente esa vida de fin de semana, de manera alegre y sana, ¡A lo arequipeño!

foto del autor paseando por el paruqe Umachiri

Esta foto se tomó en 1984 en el Parque Umachiri del distrito de Mariano Megar y al cual se refiere en la primera parte de este foto artículo

La espera

secreto

Pasaban las horas y no llegaba ella. Pasaron los días y nada. Pasaron los meses, los años, los quinquenios, los lustros, los siglos, los milenios. Comprendió que nunca llegaría. Había algo de lo que no estaba enterado en la vida de quien fuera su esposa. Dejó de mirar la reja de entrada y se internó en el Paraíso.

 

 

¡A mi hermanita no la tocas!

Foto: Miguel Mejía Castro

Foto: Miguel Mejía Castro

—¡Hola!

—Hola pequeño, bienvenido.

—Ummmh no estoy seguro, pero quisiera saber si mi hermanita está bien, no la veo por ninguna parte aquí arriba.

—No te preocupes, gracias a ti a tu hermanita no le pasó nada.

—Ahhh bueno… ummmhhh.

—¿Quieres saber que te pasó a ti?

—Sí, es que siento que no la volveré a ver a ella ni a mis papás, siento mucha tristeza, pero también no sé, como que estoy tranquilo, pero confundido igual.

—Y no es para menos, gracias a que golpeaste fuerte con ese ladrillo al que intentó violar a tu hermana este no consiguió lo que quería. El sujeto luego te golpeó muy fuerte y no sobreviviste. Al verte caído el delincuente escapó, pero lo atraparon después y tú viniste aquí para estar feliz esperando hasta que lleguen los que te quieren.

—Bueno eso creo que es lo importante, que ella esté bien, por mis papás… bueno… no sé… supongo entenderán… yo no quise dejarlos… yo… yo…

— Ven, ven aquí pequeño, no te preocupes si quieres llora todo lo que quieras, los héroes también tienen derecho a llorar.

Nadie te enseña a ser padre

padreehijo

Nadie te dice que sus lloros serán dagas profundas que te rebelarán el alma y querrás destruir la mitad del mundo buscando culpables sin saber que a veces un beso tuyo es mejor que la penicilina.

Nadie te cuenta que pasarás horas escogiendo su nombre y que al final de repente ni escojas el que pensaste pero que a lo largo de tus días ese nombre significará para ti la felicidad más plena, la tristeza más ajena, el dolor menos dañino, el orgullo gratuito cuando otros lo mencionen, será el amanecer por el que te romperás el lomo, el anochecer que nunca llega, la impronta de tu cruzada, la esperanza de tu inmortalidad.

Nadie te advierte que la espada atravesará tu corazón varias veces, cuando cae, cuando se enferma, cuando pierde, cuando le atraviesan su corazón, cuando no logra, cuando no vence, cuando se decae, cuando no come, cuando la fiebre lo ataca, cuando ese zapatito le quedó chico y ves que está creciendo, cuando ese abrazo al llegar a casa ya se diluyó en su adolescencia, cuando comete los errores que tú forjaste.

Nadie te prepara para la alegría de su primer diente, el misterio de su cabecita cerrando sus huesitos, la mirada pasmada cuando por primera vez te reconoce y la consecuente risita, ese primer paso que es más grande que miles de astronautas visitando millones de lunas vírgenes, las palabras que salieron limpias diciendo “Papá” (que valen más que el discurso del Nobel) o ese salto de fe, sin barreras, sin excusas, lanzado hacia tus brazos para darte el abrazo que hasta en la tumba recordarás.

Nadie te confiesa que cometerás errores que no podrás sanar, frases que salieron atropelladamente y que fueron más filosas que el acero de damasco, miradas que golpearon más duro que una piedra o desprecios que nunca asumiste y nunca pediste perdón. NO. Nadie te cuenta que tú serás el mayor verdugo y que no podrás evitarlo, porque te ganará el miedo de que falle, que se falle, que se dañe, que dañe.

Nadie te dice sobre esas noches en vela esperando que regrese con bien, cuando descubra lo que quiere ser y tengas que ceder, los océanos que los distanciarán cuando emprenda su ruta y los años que esperarás una llamada, un signo de perdón, un “te quiero papi” como cuando tenía cinco.


Nadie te prepara para ese momento en que, luego de miles de batallas, lo veas grande, inmenso, lleno de de sueños, de alegrías, de bendiciones y su felicidad sea la tuya.

No te cuentan que debes prepararte para de repente morirte sin decirle “te amo” y que tienes que hacerlo ahora, ahorita, antes que la vida te cobre lo que le debes, antes que miles de infiernos sobrecaigan en tu cabeza por ser el idiota más grande que por el puto orgullo que te manejas no puedes confesarle que es lo más importante que tienes, tu tesoro, y que nunca tuvo la culpa de tus errores, que es tu mejor parte, el top de tus empresas, lo único que vale la pena para que te recuerden.

Nadie te prepara para ser padre, porque nadie te enseña a amar, eso solo lo descubres amando, amándolos dando la vida, los sueños, los tiempos, tu sangre, tus huesos, tu orgullo y tus lamentos, tus metas y tus desvelos hasta que entregues el corazón para que habite en el de ellos y el sus hijos de sus hijos, amén.

La jirafas caminantes

pantuflas

Una tía me regalo unas babuchas que me gustan mucho. Tienen la cara de una jirafa, con sus adornos en la cabeza y sus ojos bonitos. Cuando me las pongo siento que camino sobre mi camita, así de blandas son.

Como a mi Papá le encanta hablar mucho, siempre le escucho comentar sobre qué son las jirafas, sobre sus cuellos laaaaarrrrgggooossss y sus patas igual de laaaarrrgggaaassss. A mí no me gustaría que mi cuerpo fuera así, me daría mucho trabajo estar agachando la cabeza o levantando los pies. Así como estoy me gusta ser.

Lo mismo me gustan mis babuchas porque son chiquitas como yo y hacen sonreír a todos cuando me las pongo.

Pero algo me quedó molestando, y es que siempre escucho a uno que otro de mis tíos, primos, papás o abuelos, que quisieran tener esto o aquello, parecerse a tal o cual, comprar eso otrito y eso de más allacito.

¿Porqué no quieren ser ellos mismos y ser felices con lo que tienen?. Yo estoy feliz siendo así, pequeño, aún un bebé, que ha comenzado a caminar y que se cae a veces porque no controlo del todo mis piernas. Soy feliz teniendo a mi papito y a mi mamita. Ahora nos hemos cambiado de casa y escucho que faltan varias cosas, pero para mí no hay mejor lugar que echarme entre mi Papá y Mamá en la cama haciéndoles reír.

Por eso me gustan mis babuchas, porque son ideales, no porque sean caras, ni siquiera sé cuánto de esos redondos que brillan tuvieron que dar por ellas, lo que me importa es que me las dieron con cariño. Así deberían estar contentos los demás por las cosas que tienen y si quieren algo más, pues a trabajar pero no quejarse.

Yo sé que no es fácil conseguir esas cositas redondas que brillan, si me lo preguntan, cada vez es más difícil encontrar alguna en el piso para chuparla. Ni les cuento cuanto tiene que hacer mi papá para conseguirlas, a veces hasta el fin de semana trabaja para eso.

Por eso yo como toda mi comida y me tomo toda mi leche, porque a mi Mamá le he escuchado que no hay que desperdiciar nada. Por eso cuido mis babuchas, no porque crea que no tendré otras, sino que son especiales. Con el tiempo sé que se desgastarán y yo creceré como tiene que ser, pero siempre me alegraré de haber tenido algo especial cuando era bebé, para que, cuando después esté triste porque no tenga uno de esos aparatos que se ponen en la oreja y no se sueltan, me acuerde que tuve dos jirafas compañeras que me alegraban el día a mí y a los demás.

Líbrame de mis cadenas

pajaro

Inmediatamente sintió como sus manos cambiaban. Sus dedos que antes rozaban sus lágrimas se iban llenando de plumones, pequeños cañones de los cuales salían hilos que se emparejaban ante un centro como de caña hueca. Su piel se erosionaba ante el ímpetu de la transformación y el crecimiento de esos cañones. Sus huesos se aligeraban, se sentía menos pesado pero más conciso. Sus ojos perdían pestañas y las cejas se volvían una nada. Su rostro se adelantaba teniendo una estructura más ósea en vez de nariz.

Segundos antes la muerte era su destino, lanzado contra el vacío del abismo de la calle por ese hombre que nunca le dijo “hijo”. Ahora, en un incomprensible estado, el tiempo detenido, su cuerpo que lentamente caía, cambiaba. Él cambiaba.

Finalmente, transformado en algo incomprensible pero cercano, lanzó un graznido que traspasó el infinito y se echó a aletear con un conocimiento innato, como si siempre hubiera sabido que su progenitor terminaría por echarlo por esa ventana algún día y que su pedido de ser libre sería cumplido.

Una sombra alada surca la ciudad en busca de aquello que nunca encontró entre los hombres y que espera hallar en la plenitud de la libertad de los cielos.

El miedo y el respeto

mathi2La playa es inmensa. Puedes recorrerla con tu papi de la mano durante muchos minutos y ver las olas como te intentan alcanzar y no se acaba. Este fin de semana que pasó, nos fuimos a la playa con mis papás y fue muy divertido. También fueron mis tíos Alfredo y Manuel. Mi abuelita Lili nos alcanzó ya allí. Con todos pasamos unos días muy bonitos y comimos muuuuucccchhhoooo.

Cuando llegamos no me acordaba del mar, pero cuando mi tío Manuel me llevó a que me mojara los piecitos, me gustó el friecito que sentí y más aún como el agua me llegaba a las rodillas. No sentía miedo, era algo mágico.

No sé cómo explicarlo, es que sentía como esa agua que llegaba ola tras ola, me traía la historia de muchos lugares.

Por la tarde le pregunté a mi Papá porqué el mar era tan grande y me contó que si pusiéramos todo el planeta en una cubo y lo partiéramos en cuatro partes, ¡tres de ellas representarían el agua de los océanos, los mares, los ríos, los lagos y lagunas!. Los mares y océanos son muy grandes y extensos, tanto que llegan de un continente a otro.

Por eso es que sentí que el mar me contaba muchas historias en su rumor constante. ¿Cuántas travesías y viajes habrán hecho muchas personas navegando por los mares?. Cuanto más me imagino, más siento que me gusta el mar.

Uno de los días que estuvimos en la playa, me aventuré a ir solito hasta la orilla y una de la olas que venía me hizo tropezar y el agua me empezó a jalar. Estaba algo asustado y ya quería llorar y gritar cuando sentí que mi Papá me sostuvo, tranquilizándome. Pasado el susto me dijo que tuviera mucho cuidado, así como el mar era hermoso, también era fuerte y sus olas podían fácilmente arrastrarme hasta el fondo mismo del océano y por más que quisiera, de repente no podría salir.

Por la noche me puse a pensar en lo extraño que es este mundo, ¿cómo algo tan hermoso con el mar también podía ser peligroso?

Al día siguiente mi abuelita Lili me llevó nuevamente a que me bañara al mar, pero ella no se aventuró a ir más allá de las olas que nos llegaban a la rodilla. Me contó que a mi Papá una ola a los dos meses de nacido lo arrastró un buen trecho y por eso le tenía mucho respeto al mar. Luego vino mi Papá y mi Mamá y juntos nos internamos algo más adentro.

Ahora comprendo que una cosa es “miedo” y otra “respeto”. Miedo es cuando algo realmente nos aterroriza porque nos puede dañar y respeto es tenerle cuidado y consideración, como mi Papá le tiene al mar, de otra manera, si aún le tuviera miedo, al ver que me arrastraba esa ola hubiera reaccionado de otra manera, gritándome y asustándome, pero por el contrario, con cuidado me alcanzó y sin asustarme me levantó y cuidó hasta llegar a la orilla.

Yo también ahora le tengo respeto al mar, no porque pueda ahogarme en sus aguas, sino porque es muy fuerte y poderoso, bello y tiene mucho que contarme, por eso cuando vuelva a la playa y al mar, lo haré con cuidado. Lo que me gustaría es poder nadar, como lo hace mi tío Manuel que se mete hasta las olas más grandes, pero aún soy un niño pequeño. ¡Poco a poco lograré mis sueños, con mucho respeto y sin miedo!

Esa alegría…

TunasPreocupado de que su padre vaya cada domingo por la mañana hasta un lejano tunal, el hijo mayor le dijo:

—Papá, mira, en la semana vamos a comprar las cosas en el mercado de la ciudad, te vamos a traer tunas ya sin quepos y hasta peladas ya venden. No quiero que te pase algo por andariego.

—Muy agradecido hijo, pero te digo que hay cosas que no puede comprar el dinero, como el “tac” cuando logro arrancar una tuna gorda con mi kallana, o el “ras ras” del ramo de alfalfa que uso para sacarle los quepos, o la mirada de gusto que ponen tus hijos, la Micaelita y el Humbertito, cuando les abro una colorada bien jugosa. Por favor ¡Déjame seguir haciéndolo!, no tengo ya muchas cosas que hacer a mis años y si me quitas eso me sentiré más inútil.

Las tunas de esa mata lejana fueron el postre de los domingos en esa casa por varios años más.

 

Si te caes una vez…

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No puedo decir que estos días estoy contento, porque pasó algo que me hizo doler muchisisísimo. Me caí. No se rían, claro, para ustedes que son grandotototes pues, caerse no es tanto, pero para mí que soy un bebé, pues fue algo muy, pero muy peligroso.

Ummmmhhh, al menos así lo dice mi abuelita Liliana, que vino desde allá lejos, donde trabaja, sólo para ver que no me hubiera pasado nada. También mi abuelito Issac se vino esa misma noche para acompañarme, y mi tía Susana también llegó y todos se preocuparon por lo que me pasó. Pensándolo bien, se siente rebien que a uno lo quieran tanto.

Pero les voy a contar qué sucedió: pues estaba yo como siempre en la cama de mis papás concentrado en mi juguete favorito que es un peluche de un ratón. Lo estaba apretando como debe ser, para probar su resistencia a mi cariño, cuando me emocioné bastante y empecé a rodarme de un lado para el otro. Es allí que descubrí esa sensación de vértigo que da cuando mueves tu cabeza a la izquierda y a la derecha y lo acompañas con los brazos, las caderas y las piernas. Mi Mami estaba preparando el almuerzo en el otro ambiente, pues nuestro departamento es de dos habitaciones.

Papi siempre dice que en algún momento vamos a tener algo propio, aunque eso de “propio” no lo entiendo, ¿Será que vamos a tener una mascota que le vamos a llamar Propio?, pues que feo nombre, yo lo llamaría Guatamugudada o algo así, en fin ¿En qué estábamos?, ahhhh, en que me caí.

Y pues como les contaba, me movía de un lado para el otro y de pronto ya no sentí más la colchita de la cama y sí algo duro que se pegaba contra mis pompis y luego una cosa media blanda que dio contra mi cabeza y vi que la cama estaba arriba mío, no sabía cómo había pasado todo eso, hasta que me empecé a asustar del cambio tan brusco y empecé a llamar a mi Mami con lloros fuertes para que escuche. Ella vino rápido a mi ladito y me levantaba y tenía sus ojitos llenos de lágrimas y eso hizo que me asustara más y me puse a llorar más fuerte aún.

Poco después llegó Papito y me cargó y me llevó a un lugar con bastantes luces y personas de blanco que iban de un lado a otro. Me hicieron no-se-qué de pruebas, pero “yo aún no voy a la escuela” pensaba, para que al final dijeran que no tenía nada, ¿Cómo que nada?, ¿Y eso levantado en mi cabecita que llaman chichón que es?, ¿Algo que comí?.

Pero al final, luego de todas las caricias y atenciones que recibí, la mejor de todas fue la que mi Papá me dijo al momento de arroparme para dormir. Y es que me compartió algo que el bisabuelito Santiago le dijo alguna vez cuando también era chiquito: “Si te caes una vez, te levantarás dos veces”. Eso hice al otro día, me levanté y seguí adelante, aunque no tanto, sino despacito, propio para mi edad porque sino… ya saben.

La promesa

Atardecer en Arequipa

—Abue ¿Porqué el sol se oculta?

—Para recordarnos hijito que todo tiene un final y que debemos vivir intensamente cada momento, pero también nos recuerda que, a pesar que va oscureciendo, existe la promesa de que habrá siempre un nuevo día para intentar salir adelante.

—Abue… sabes muchas cosas ¿Porqué?

—He vivido muchos atardeceres hijito, debe ser por eso, ahora corre a jugar mientras hay luz.

Mi Madre Coraje

hilaria y lilianaDedicado a mi abuelita Hilaria y a mi mamá Liliana

Mi madre me tuvo a los 42 años. Fui su última hija. También la que se quedó hasta el último con ella, la que le cerró los ojos luego que perdiéramos la batalla contra el cáncer. Al final ella ganó, se fue y me dejó, no esperó. Como siempre su carácter se impuso, ese rasgo por el cual muchos la recuerdan.

Pero ese carácter se le formó antes que naciera yo.

A la ciudad llegó muy jovencita, una chiquilla, a trabajar en casa de unos señores del pueblo con gran apellido. El señorito de la mansión se encaprichó con ella y finalmente se casó. Tuvieron dos hijos, mis hermanos mayores, los cuales recibieron seguro mucho del cariño que supongo tuvo en esos primeros años como madre joven.

Pero esa alegría se le acababa a punta de maltratos y carencias. Allí, en medio de la falsa ilusión del “qué dirán” que impedía pedir a los demás alguna ayuda, aprendió a ahorrar las pesetas de la limosna que le daba ese marido señorial y abusivo. Guardaba esas monedas en una tetera que nunca se usaba por lo cara. Cuando las relaciones se resquebrajaron hasta llegar el golpe fatídico, había logrado ahorrar lo suficiente para regresarse al pueblo que la vio nacer, allá en ese valle interandino.

Cachana es un pueblo agrícola como cualquier otro. Allí se estableció con sus dos hijos y la mirada maledicente de los vecinos que no perdonaban que una madre soltera crezca y aún peor: sea una comerciante de tienda de abarrotes.

Mi madre solo estudió hasta tercero de primaria, lo suficiente para leer y escribir. Tenía una letra preciosista, que modelaba con delicadeza de quién no quiere equivocarse. Leía también lento, comprendiendo las palabras. Uno de sus libros favoritos era una edición sencilla de “Las mil y una noche”, cuyas historias le repitió a mi hijo y lo sucumbió a la fantasía de otros lugares, extraños y más felices. Pero eso da para otra historia.

Supongo que esas lecturas que acometía en las horas muertas del negocio, le formaron esa frase contundente suya, la que esgrimía mordiendo los dientes y apretando el orgullo cuando alguno la rebajaba por su humilde condición. “Algún día saldremos adelante”, nos decía. Una fuerza inconcebible la animaba a realizar distintas tareas para lograr ese objetivo. Si lo piensas bien, es algo irreal, ilógico, no existe ese “adelante” que puedas tocar, porque siempre estará allí, es decir a pocos paso de ti si te esfuerzas, pero irremediablemente sin poder tocarlo.

Ya para cuando envió a los dos primeros hijos a los colegios superiores en Arequipa y Lima, el pueblo le estaba quedando chico. Ella estaba acostumbrada al trabajo y allí se aburría. Como en todo pueblo agrícola, la vida transcurre en gran parte de la mañana entre levantarse temprano para las labores del campo, almorzar al lado de alguna acequia refrescante y volver por la tarde a las casas o del pueblo grande, para aquellos que bajaban a trabajar entres sus pocos negocios y oficinas.

Entonces acomete una nueva empresa: tendría su tienda en Cotahuasi, el pueblo más grande. Aún con la desconfianza propia del machismo, encontró un local en plena plaza, perteneciente a los Pérez. Allí, a punta de viajes de ocho días hasta la capital del departamento, en tren de mulas de arrieros, conseguía abastecerse de productos, en competencia a los grandes almacenes del pueblo. Su potencia ahorradora hacía que pudiera rebajar unas pesetas los precios de los productos. Eso le ganaba enemistades entre los pudientes y cercanía con los que menos tenía. No era una Robin Hood, cobraba con exactitud milimétrica a los deudores cada mes, pero cualquiera sabía que la Señora Hilaria podía fiarles, aun dejando alguna pieza de valor que era devuelta con prontitud una vez cancelada la deuda.

El viajar cada tres meses en un viaje que duraba casi veinte días no era unas vacaciones. Creo que eso también le agrió en algo el genio a mi madre. Para el año en que nací: 1962, las cosas había mejorado, ya había camioncitos que llegaban al pueblo trayendo mercadería y nos habíamos pasado a una tienda de los Aranzamendi.

Sobre cómo mi padre logró conquistar a mi madre no sé mucho, por allí una vez le contó a mi esposo que la venía a visitar desde Tomepampa montado en su caballo y que subido en el animal se veía imponente. La relación ciertamente entre ellos tampoco duró, en especial porque mi papá sufría de un problema mental que se intensificó con los años y lo llevó a la bancarrota. Mi madre fue siempre cuidadosa en ese sentido y nunca puso nada a nombre de él, trato que al final significaron que el patrimonio que ella consiguió fuera solo de nosotros, sus hijos. Y es que mi padre tenía una mala costumbre de arrieros: un vástago en cada pueblo.

Ella lloraba algunas noches su mala suerte, pero al día siguiente nos levantaba para que fuéramos al colegio con la frente en alto, sin avergonzarnos de nada ni de nadie de nuestra familia. Yo en verdad no sentía rechazo de algún vecino, pero a medida que pasaban los años, descubría las miradas de conmiseración para con mi madre y para nosotros, como si tuviéramos algo malo por lo cual sentirnos pena.

Pero ella no se amilanaba, rumiaba su cólera en silencio y esperaba pacientemente la oportunidad de “salir adelante”. Esta llegó cuando un amigo cercano le dijo que los Morriberón querían irse a vivir definitivamente a Lima y venderían sus propiedades, en especial una casa de dos pisos, pequeña, que estaba en plena plaza, con una tienda en el primer piso. Sin pensarlo dos veces nos dejó encargados con la esposa de uno de sus hermanos y viajó a las carreras a Arequipa, llevando bizcochuelos, caña, alfajores, chancaca, manjar entre otras delicadezas. Las negociaciones fueron intensas, al final los papeles y una deuda de 50 mil soles, hicieron que se volviera en una propietaria.

La felicidad es un minúsculo lunar en una vida intensa de trabajo. Ella regresó alegre, feliz, con la frente orgullosa, con los brazos abiertos para mí y mi hermano, para almorzar juntos con una sola mesa y tres sillas en la nueva tienda. ¿Ella vislumbraría lo que vendría?, ¿Ese luchar incansable, esa vida trajinada por amplias derrotas y éxitos efímeros cuando ya la vida no le daba para seguir luchando más? ¿Lo sabría?… sí, creo que sabía que no era fácil, pero en ese momento, los tres en esa mesa, sabíamos que el “Saldremos adelante” se cumplía, era real, poderosamente cercano, lo suficiente para que nos sintamos orgullosos de ser familia, de ser su hijos, los hijos de la Señora Hilaria, la de la tienda de la Plaza, la que sacó adelante a una familia pese a todo y a todos, la que nunca se rindió, mi Madre Coraje.

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El lugar donde reposas

cementerioNunca te encontramos, eso ya lo sabes, pululas entre la marea del recuerdo que evita lanzarme hacia el vacío creado por tu ausencia. En una combi, en un auto, en una calle, allí está tu olor a niña buena, ese aroma con que iniciabas todo en casa, con las manos en esa sartén de niña vieja, tratando de emular a la madre tuya, a la cual aún amo en medio de la separación desesperante porque no pude encontrarte y que sé camina en la ciudad buscándote por su lado, atada a su locura como el último refugio ante la soledad. Cada día es un hallarme a mí mismo sin ti, con la botella a un costado, diligentemente con una cuarta de trago dejado en la generosidad de mi borrachera diaria. El humo del cigarro me despierta lo suficiente para ir al encuentro de esa cruz de metal que colocamos en una de las paredes del cementerio de la ciudad, a costas de mis exiguos ahorros, para que tuviera un lugar donde refugiar mi impotencia, palear en algo la culpa. Las flores siempre frescas junto aquellas de plástico que la caridad conmueve a mi andar cansado pidiendo la limosna de una muerte rápida que nunca llega, porque en el fondo, aún en ese resquicio de lógica impenetrable, de esperanza infranqueable a mis intentos de ser arrollado por los autos, descansa esa minúscula partícula de fe, por encontrarte en alguna esquina, atrapada en el sueño de mi último recuerdo, con tu vestido de domingo, con tus alitas de ángel, con las flores en tus manos, la conjunción del nombre que te puse en mi alegría de padre primerizo, así te espero, con mi esperanza a cuestas y el infinito dolor de nunca haberme despedido.

 

Carta de amor

carta de amorHola. Sí, claro, imagino tu sorpresa. Asumirás que esta es una más de esas cartas interminables a las cuales te acostumbré en esa primera etapa de nuestro enamoramiento, cuando enviaba hasta esa tierra nuestra remetida entre valles andinos, esos testamentos cuadriculados llenos de tinta azul y con insufribles poemas originales solo para ti. Con ansias esperas que recuerde todas las veces que iba a presenciar esos juegos en la cancha del pueblo, solo con el fin de verte y robarte alguna sonrisa, como la vez que con un chicle remascado, arreglé mi zapatilla rota y tú aseguraste que eso fue lo que te enamoró. Querrás que te recuerde que la incertidumbre te carcomía porque no sabías si a ti te enamoraba o eras el pretexto para conocer a tu hermana mayor, duda que te borré para siempre con ese papel de bloc que te colé entre los dedos el día de la marcha de faroles por el aniversario de tu colegio. Tu sorpresa al leerlo y la amenaza velada mía de irme al día siguiente del pueblo si no me correspondías, te hicieron arder en fiebre la noche entera, me confesaste años después. Aún tengo en mi memoria como en el puesto de Salud nos encontramos como por casualidad y me diste el primer beso enamorado para luego irte corriendo con tu uniforme plomo y tu blusa blanca mientras intentaba no dejarme vencer por tu amor y seguir siendo el conquistador que me creía.

No intentes buscar entre estas palabras las veces que la vida nos jugó una mala pasada, como el verano siguiente cuando yo llegaba al pueblo, rapado y lombo porque había ingresado a la universidad nacional y tú te ibas a la ciudad porque tenías que estudiar para ingresar. Callaré como la tranquilidad del pueblo y la fama me volvieron pedante y, en una noche de cumpleaños de quién maldita sea no recuerdo, aquella de la que me advertías hasta el cansancio, se llevó los besos que eran para ti, las caricias que eran para ti, mis suspiros enamorados que eran para ti solo para ti. Querrás humillarme recordando como cual loco enfurecido cabalgué las tres horas que me separaban de la capital de la provincia donde había teléfono y gastarme monedas tras monedas el sueldo para explicarte que todo era falso, que tu hermana había exagerado en su mensaje denunciante, para al final dejar que me sacaras la verdad y colgarme el teléfono, dejándome en la nada.

Entre líneas esperarás que te dé testimonio como ante el juez de paz que después de esa vez todo se derrumbó en mí y me costó años poder volver a tener tus labios lapidándome con un fugaz contacto y teniéndome así por días y días hasta que tu corazón perdonó al mío pero nunca olvidó. Tanto necesitas que te diga como viví desesperado porque ibas y venías entre las calles de esta ciudad tan blanca de sillar y tan libertina que te proporcionaba salidas con amigos para que mi dolor me consumiera en cada esquina al saberte bailando en tal o cual lugar, haciéndome pagar lo que no debía, llevándome también a donar los mejores besos reservados para ti a cualquier despistada que no entendía cómo era posible que nos amáramos con la furia de un volcán, pero que nos alejáramos para hacernos el mayor daño, como si nos abrazáramos con espinas, surcando en la piel profunda la huella de una yunta de amor que nos destruía, pero que a la vez nos daba el sentido para respirar, las gotas correctas para alimentarnos y avanzar entre las sábanas de mi alma y el subterfugio tuyo de no aceptar que éramos enamorados.

Intentas que en esta carta te repita mil veces la declaración de amor que me costó las vergüenzas públicas de parar el tráfico en la avenida principal para pedirte que te arriesgaras a sacarte el corazón del pecho para dármelo porque yo haría lo mismo por el resto de los días y como vino la ley para agarrarme a golpes y escupitajos porque me enfrenté a su orden con la furia de mi incredulidad porque no contestabas nada y al momento de meterme en el vientre de la bestia de faros y llantas me gritaste que sí, mil veces sí aceptabas morir por mi si fuera necesario.

Quieres que diga las veces que intenté dejarte con los labios intactos de rouge y no sofocarte entre mis abrazos con el fin que desgastes la piel entre mi pecho y mi insondable sed de que te fundas conmigo, luego que el cielo aprobó en un templo de la campiña que fueras mía en papel y yo tuyo para la eternidad. Horas interminables de decidir como golpearnos entre luces y los certeros arbitrajes de esos seres que salieron de tu vientre para llenar de fe la poca que tenía y convertirte en una leona dispuesta a sacar adelante ese barco al cual te subiste convencida de que el capitán andaba emborrachado de irrealidad y tú, la contramaestre ideal, serías la única que llevaría a buen puerto este asunto.

Necesitas que confirme las veces que intenté dejar el paraíso de tu mal humor para ir en busca de despistadas paseantes en noctámbulos asaltos en un tiempo en el que no vivía atado a tu pecho, pero era inútil, nunca logré regalarle a nadie más lo que te pertenecía. No oirás que viví junto a ti deseando que la muerte nos encuentre a los dos para de una vez acabar con el suplicio de no saber cómo eras sin mí, cómo te movías entre el éter de la mañana sin mi presencia ocupando tu mundo, cómo era que podías hablar, soñar, entregarles horas de labor de tus manos a los demás, sin que yo estuviera allí para adorarte en secreto al verte moverte como una sílfide, como la magia que se encierra en el estallar de una estrella fugaz, como la mujer que me encadenaba a las migajas de una mirada. Quieres que acepte que yo fallé, pero esta vez no es así. Quieres que ponga por escrito que yo te dejé ir, pero no es así, yo no tengo la culpa.

Esperarás que nuevamente me desangre en cada línea diciéndote una y mil veces más que sin ti cada día cuesta respirar, avanzar siquiera un paso delante del otro hacia ningún lugar porque ninguna calle me lleva a ti. Esperas seguro que te grite de mil formas para que llenes el vacio que dejaste en este corazón que aún late en el milagro de seguir bobeando una sangre que es más espesa cada año, como cristalizando cualquier signo de calor en mi cuerpo. ¡Porque ni siquiera te daré la esperanza de repetirte que yo quería morir en tus brazos murmurando mil veces tu nombre!

Y la verdad es que sí lo diré, para que me escuche el Universo, diré de una vez que te extraño como nunca, como siempre, como cuando el aire se cuela entre las penumbras de lo indescriptible y te corta el aliento, como cuando la madre abandona en la cuna a su hijo para complacer al padre, como cuando la tierra acoge el rayo y luego siente su falta en el segundo en que se siente devastada por la inmensidad del cielo y más aún porque mi pena no tiene fin, mi condena es estar aquí entre los ataques diarios de los demás que tienen amor y lo desperdician en la calles, entre los que adoran besarse frente al dolor ajeno, ante los que segregan nostalgias y tienen donde refugiarse en medio del no tenerse, porque mi pena es más grande que la explosión de mil estrellas y mi dolor puede destruir en cualquier momento el mundo, porque mi cansancio de vagar por esta tierra ha hecho hondos valles en memoria de todos aquellos que sufrieron y ni aún así se compara lo suyo con mi destrozado sentido del destino y de la realidad porque ya no estás, porque te fuiste un día de otoño el cual tengo marcado en fuego la memoria y si bien tengo que decirlo y es lo único que te confesaré en esta carta: ¡No puedo perdonarme el haberte sobrevivido!, haberme acobardado al momento de tu entierro y no lanzarme a ese negro hoyo que te consumiría por la eternidad para que me entierren y fundirme eternamente contigo mi esposa, mi compañera, mi pequeña dama, mi cuculí incierta, mi amante del cielo, mi luz inmensa, mi huracán desatado, mi chiquilla, mi amiga, mi cómplice, mi corazón, mi vida, mi amor…

La figura que falta en mi carro

IMG_0129Es fácil decirle a uno que lo supere, que la falta de esa persona con el tiempo sanará. Es fácil decirle a uno que es “hombre” y que debe sobreponerse y no andar llorando en las esquinas.

Pero ninguno entiende lo que significa levantarse cada día y preparar el desayuno a tus hijos, tratando de que se parezca siquiera a lo que ella preparaba. Es como ser un pulpo que no deja que la avena se queme, que debe licuar el mango con la leche y hervir los huevos para el almuerzo de ellos, preparar al mismo tiempo los sánguches con la lechuga fresca y los tomates, apurarlos para que terminen y arreglen la mochila y si tienes tiempo ponerle agua a la cafetera para poder tomarte un café a la volada, antes de salir disparado a llevar a los chicos al cole, no solo a ellos sino a los otros que conseguiste para reforzar el presupuesto.

Pero es fácil decirte que debes aprender, que te esgriman cómo lo han hecho las mujeres desde tiempos cavernarios, que con menos recursos y todos los días, que dejes de lamentarte y blablabla. Es común que nadie te escuche sobre tus problemas más allá de las dos primeras frases antes de interrumpirte con otras sacadas de un mal libro de Coelho, como si diciéndote que el sol que sale todos los días te ayudará por las noches a calmar las lágrimas de tu hijo.

Lo peor es que hay algunos que te miran como un violador en potencia, así, crudamente. Hasta alguno sugiere que te vayas de bares para “aliviarte”. Como si uno no se diera cuenta que te miran cómo cargas a tus hijos, tratando de descubrirte como un monstruo, anhelando que cometas el estúpido error de besarlos mucho o acariciarlos de manera que puedan satisfacer su morbosa capacidad de imaginarte haciéndoles daño. Porque uno termina dándose cuenta cuando alguna prima o tía metete se presta para el asunto y te dice que ella puede ir a la casa para dormir con ellos, como exponiéndose cual sacrificio. Te hacen sentir como un desquiciado, que lo único que tiene en mente es “eso”.

Pero al final tú mismo sabes lo que tienes en la cabeza y es mucho más importante que esa soledad en el cuerpo. Es más importante para ti ver que el presupuesto alcance, que no bajen de peso los chicos, que en el colegio no le rompan la cara a nadie, que en las tardes no vean esas cosas que descubriste que veían, que sus tareas estén terminadas y si te queda tiempo, ver si tienes camisas para el trabajo, verificar que has comido, tratar de seguir despierto mientras le coses al menor el nombre en el polo porque ya van dos perdidos por falta de identificación, y te preguntas mientras tratas de desatorar el desagüe del baño ¡Cómo carajos hacen las benditas madres del mundo para hacer la desventurada “S” con el hilo!

Y aún así nadie se atreve siquiera a preguntarte en qué andas, pero en serio, no por formula. Porque cuando se te acercan todo es acerca de los niños y está bien, es mejor, porque también aprovechas para que puedan salir a pasear con tías y sobrinos a los que ni por allí los veías en cumpleaños, deslizas por allí una necesidad concreta como llevarlos a tal hora al dentista porque estás trabajando y cosas así que antes por vergüenza no hacías pero que ahora significan más que tu cojudo orgullo que nunca te sirvió para maldita cosa y lo haces no una sino mil veces, porque aprendes a sacarle el jugo a la conmiseración de los demás, su falsa tristeza para tu estado, su escondida hipocresía al decir “lo siento” para tu frustración de no poder hacer nada contra lo inevitable que pasó.

Pero lo que no saben es que ya te levantaste hace rato, superaste la pérdida no porque seas “macho”, sino porque comprobaste que llorar vale madres, que sentir pena por ti no alimenta a los pequeños, los cuales valen mucho más que esas lágrimas de “pobrecito” que derramaste los primeros días. Lo importante aquí no es andar coqueteando a una mamá soltera en el supermercado, es que sonriendo puedes hacer que te cedan la cola para salir más rápido o que te presten la tarjeta para sacar algo en oferta. ¿Sientes vergüenza? No, porque llevar a la niña a sus clases de karate y evitar que en la tarde esté enojada vale más que perder el tiempo con angustiadas que quieren curarte el corazón dolido, aún sabiendo que nadie le cura a nadie nada.

Pero a veces quisiera que estuviera ella aquí para decirme cómo hacía la salsa para los tallarines, qué medida de ajo le echaba a los caldos, dónde escondió el bicarbonato de sodio en la refrigeradora, qué prepararles a los chicos cuando les va mal en los deportes o en los estudios… Tantas preguntas que nunca harás, en especial esa principal: ¿Cómo mierda se cura el corazón?

Algunos me critican porque saqué la figurita de ella de la parte trasera del carro, esa que está de moda donde pones cuantos son en la familia: papá, mamá y los hijitos por tamaños y hasta las mascotas. Los que han notado la falta me dicen que anuncio a los cuatro vientos que ella no está y que estoy libre… pero qué quieren, cuando ella se fue con ese desgraciado perdió su lugar, el cual no puedo llenar, solo remendar con el amor que me nace de las entrañas y que me levanta cada día para dar lo mejor de mí, no porque sea un santo o sea un superhombre, es porque soy padre, algo que ella olvidó.

La vela prendida

vela-rojaMi madre tenía siempre una vela prendida encima de una mesita al lado mismo de la puerta de entrada de la casa. Era una de esas llamadas “misioneras” y que duran semanas con su tenue luz perseverante.

¿Cuántas veces nos burlamos de esa costumbre? ¿Cuántas veces nos avergonzó esa llama cuando nos visitaban amigos, enamorados/as, esposas/os, compañeros de estudio, de trabajo y largo etc.?, a los cuales se les daba la respuesta estándar: Cosas de la religión de mamá.

Con el tiempo y la monotonía de la vida nos olvidamos de la razón de esa luz mortecina.

Llegó, con los años, la hora temida por mis 8 hermanos y mía también. La menor de mis hermanas, ya treintañera, preguntó a mi madre en su lecho de muerte sobre qué haríamos con la vela. Quisimos reírnos algunos, pero de pronto recordamos la razón y callamos bajando la vista. Mi madre, con mucha energía respondió: —¡Esa vela no se apagará hasta que su padre vuelva, cruce esa puerta y se perdonen todos.

En el silencio que siguió, todos, algunos más claro otros no, recordamos que mi padre era capitán del Ejército y que en la época del terrorismo estuvo destacado en la zona de la Selva, en un pueblo cafetalero. Mientras muchos murieron o volvieron cuando terminó la guerra, él prefirió darse de baja de la vida militar y quedarse allá a formar una nueva familia.

Luego que mamá muriera la vela, por supuesto, se mantuvo prendida, hasta hoy. En la mañana cruzó por fin la puerta nuestro padre y estamos aquí, en la sala de la casa, están todos mis hermanos y hermanas, varios nietos y dos bisnietos, juntos para escuchar, entender, contar, compartir y, principalmente, para recordar a mi madre y su esperanza a prueba de distancias y tiempos…

 

Buscándote

angry couple sitting on sofaEs la rutina de todos los días: levantarte, despertarla, besar sus ojos llenos de legañas por las lágrimas de toda la noche, preparar el desayuno, soportar con paciencia sus cambios de humor, sus encierros en el baño por más de media hora, el no resentirse cuando la vas a tocar y te saca las manos, el desayunar callados hasta que no aguantas y prendes la tele, el salir a trabajar sin ánimos y llamarla cada cierto tiempo para saber como está y recibir la misma respuesta dolorosa “¿Y cómo quieres que esté?”. Finalizas tu día en el trabajo y siempre sales algo temprano con alguna excusa pero para ella siempre sales muy tarde, o eso le haces creer. Esas dos horas de tiempo ganado te sirven para buscar a esa persona, ansiando encontrarla, anhelando ver su rostro, imaginado lo primero que harás al hallarla, porque sabes que siempre cargas la 38 cañón corto cargada, lista para saludar como se debe al que violó a tu esposa.

La Respuesta

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Fue directo a ella, sin miedo, cruzando todo el parque, con los metaleros a un costado, los skeaters al otro, los reguetoneros a una esquina, con los abuelos criticadores, las tías del rosario, la doña de los caramelos y el tipo que hace caricaturas, el pastor evangélico, los niños en su bicicletas, los que grababan en ese momento un videoclip de música andina y las chicas fresas. No miró a nadie, solo a ella, la bella niña de su vida.

—¿Y, cuál es tu respuesta?—, le dijo aún antes de pararse delante de ella.

—Mmmmmmm pues… creo… que sí.

Los dos se fundieron en un abrazo y un beso inmenso, mientras sonaban silbidos y aplausos a su alrededor. Por una vez, todos los especímenes de ese parque se sintieron unidos por una fuerza más grande que sus diferencias.

Vamos con el soundtrack del micro:

Nunca se dijeron adiós

camionetaLas vísperas de este Año Nuevo para Alejandra son una repetición del anterior. Entre ir a la casa de sus padres, de su abuela y a la casa de los papás de Fredo, se le va el 31, único día en que puede ver a sus seres queridos. Son las once de la noche cuando, rumbo a la casa de su ex cuñada, se le viene a la memoria las circunstancias del accidente: Salieron con Fredo esa mañana del de final de año, y se la pasaron comprando bebidas, regalos y comida para ofrecer una fiesta en su casa, con amigos íntimos. No tenían hijos. Podían darse ese lujo. La camioneta que manejaba su entonces esposo iba a velocidad por la Variante, que lucía algo vacía. Iban riéndose sobre los sombreros graciosos que habían comprado, cuando de improviso salió esa señora con su hijito en brazos intentando ganarle a su vehículo. La camioneta dio varias vueltas de campana, producto de la rápida acción y golpe de volante de su esposo. Ella salió disparada por el parabrisas y, luego de caer y rodar un poco, se levantó presurosa para ir a buscar a su compañero. Lo halló inconsciente, colgando de cabeza, atado al cinturón de seguridad. Trató en vano de despertarlo o de desabrochar el mecanismo que lo ataba. Él recobró la consciencia, la vio un instante y se perdió nuevamente en la inconsciencia.

Ya han pasado ocho años del accidente y Fredo recuperó mucho de su andar gallardo, pese a que la pierna derecha se le fracturó en tres partes. Al final resultó que sí le gustaban los niños, porque ya tiene dos con su nueva esposa, una colega de trabajo con la cual vive en la misma casa que compraron con Alejandra. Ellos suelen ir a la fiesta de fin de año que organiza la hermana de su exesposo y es la oportunidad que tiene de verlo feliz, sin remordimientos por haberlo dejado el día del accidente y haber partido hacia el más allá sin siquiera despedirse.

Cuento de Navidad: El padre del Salvador

La casa no había cambiado en los últimos años, seguía con las mismas marcas del esfuerzo de sus habitantes por hacerla un hogar. El anciano estaba tosiendo desde hace un buen rato. Cuando se tranquilizó algo miró a esposa y luego a su hijo.

—¿Has terminado los estantes para Tobías, sabes que viene a recogerlos mañana.

—Sí Padre, no te preocupes los terminé esta mañana.

—Bien, bien, siempre has sido un buen muchacho Jesús, solo esa vez que te perdiste en Jerusalén y que nos hiciste preocupar tanto.

—¡Ay José, siempre te acuerdas de eso!—, dijo la hasta entonces la callada mujer.

—No es que reclame, solo me acuerdo María, solo eso.

—Padre, ¿De algo más te acuerdas?—, preguntó el alto joven.

—Nada creo, solo de una promesa hecha para ti, pero eso ya lo sabes, yo no puedo enseñarte a soportar lo que vendrá, pero sé que será algo muy fuerte pero lo harás.

—¿Más fuerte que correr el riesgo que los demás te apedreen por no cumplir tus votos de novio, viajar hasta desgastarte los pies hasta Belén y casi con las mismas escapar a Egipto a una tierra que no conoces, volver a tu casa y ser marginado por un pecado que nunca cometiste y que cargas como tuyo?, más que eso Padre no creo que se pueda pasar.

—Hablas porque eres joven, pero sí, pasamos eso con tu Madre y lo volvería a pasar hijo porque lo que tú harás no es ni la mínima parte de eso, no sé cómo explicarte, siempre fui un carpintero y no tengo conocimientos de los planes de Él, pero sé que todo tendrá una razón. Ahora tápame porque tengo frío.

Plácidamente el anciano se durmió para siempre. Mientras la Madre lloraba en silencio abrazada por el hijo, este sostenía la mano derecha del Padre fallecido. El joven intentaba grabarse en la mente la cantidad de arrugas, callos, cortaduras y heridas que tenía esa mano, sentía que le ayudaría en algún momento en que tuviera que pasar por algún sufrimiento y recordar ese silencioso sacrificio de su Padre terreno a lo largo de sus años juntos, podrían darle una extra de fuerza para afrontar lo que sabía vendría más adelante, cumplir esa promesa que le hiciera un ángel a José, el carpintero de Nazareth: una promesa de salvación.

JOSÉ-Y-JESUS-CARPINTEROS

La cocina a Kerosén

cocina de kerosen

Te acuerdas de aquella cocina a kerosén que compró mi madre y que se trajo de la ceja de selva y que terminamos destrozando porque ni la limpiábamos y cocinábamos hasta reventar ese arroz partido que costaba menos y que comíamos y acompañábamos con esos estofados de carne que te quedaban deliciosos y hasta ahora no sé como los hacías pero que rico quedaban por la tarde cuando me lo guardabas con un plato de hojalata floreada tapado con otro verde y todo con los manteles hechos de los restos de los sacos de harina que vendías en la tienda esa a la que me obligaste a incorporarme como trabajador emérito sin goce de dulces cuando tuviste que venirte de tu tierra espantada por los terrucos que entraron en esa madrugada maldita en la que mataron  a varios incluyendo a esa tía cuyo nombre olvido que, creyendo que los que tocaban eran borrachos, les tiró los orines de la bacinica encima a los compañeros y estos la quemaron a ella y a la pequeña sordomuda que la acompañaba y lo sabemos porque sus cuerpos quemados fueron relatados por uno y otro que llegaba de tarde en tarde a conversar contigo a esa tienda que tuvimos que pertrechar con el tiempo con rejas y más rejas porque los choros no te dejaban en paz y se llevaban de tanto en tanto la plata y alguna caja de leche, esa misma de marca gloriosa que tantas veces me sacaste en cara que compraste para mí y que de esa manera tratabas de atarme a tu lado intentando siempre que me olvidara de mi mismo para dedicarme en cuerpo y alma a traer los domingo el agua bendita para la semana y los sábados el mercado al cual iba con apenas 20 monedas blancas para comprar un kilo de papas, tomates, zanahorias, verduras de yapa y carne, frutas de vez en cuando y pescado las menos, no porque nos faltaran ganas de comer sino porque tratábamos de no parecer repetitivos en las comidas diarias de estofado, tallarían, ají de calabaza, pastel de tallarín y huevo frito de festejo cuando los domingos nos quedaban anchos en la pereza de no hacer nada y que te consumía en cólera por no verme enterrado en lodo en la huerta que tratabas de sacar adelante en esa tierra de piedras malditas que no permitían que creciera más que el sudor mío y el tuyo, arrancando de tanto en tanto verdes lechugas, cebollas coloradas y alfalfa para esos cuyes que criábamos con al esperanza de comerlos de tanto en tanto pero que más se sacrificaban cuando llegaban alguno de tus dos hijos varones, uno de los cuales se te murió y tu mirada cambió porque lo recuerdo como si fuera ayer cuando regresaste de la gran capital con el traje negro y la poca alegría en el alma muerta que no recuperaste hasta que nació mi hijo solo para que pudieras verlo y jugar con él diciendo que era tu lombito y acariciarlo como me acariciaste ese día que tengo que recordar hasta que me pudran los gusanos que te peleaste por mi contra la muerte puño a puño, segundo a segundo en que me llevaste a tratar de que respire y ocultaste para siempre ese cuaderno donde se supone escribí mis últimas palabras las cuales tú si me diste en esa noche tan rara en el hospital al que te llevamos para que trataras de vivir de prestado un momento más con nosotros y en el cual te dije que te amaba y lo dije con sinceridad y me asentiste con la cabeza como diciendo que lo sabías pero que no ibas a pedirme perdón porque hasta el último no sabías el daño que me hiciste y a Dios gracias tampoco te acordabas del que yo te devolví porque éramos siempre así dos olas que chocaban con la brutalidad de las palabras arrancando del pecho los más terribles insultos para luego en la paz de los necesitados buscarnos a la hora de la comida para pactar una tregua en ese alimento bendito que salía de tus manos y de esa cocina a kerosén.

“Divina Felicidad”

resplandor

Para todas las personas de ese día premonitorio

I

Entrevistador: Usted señora María es la casera donde vivía Leandro Mendoza ¿Si?, el día 2 de diciembre usted fue la primera persona en conversar con él, ¿Qué le dijo?

Casera: Ay bueno que le digo, el joven Leandro era tranquilo y nunca tuve problemas con él, a veces nomás se atrasaba en el pago, pero eso era por…

Entrevistador: Señora remítase a la pregunta por favor.

Casera: Ya, ya, ¡Qué genio!, bueno ese día el joven Leandro estaba tranquilo como siempre, se bañó para salir y me recordó para ir al otro día a la presentación de su libro, me dijo que ya todo estaba listo y se sentía con esperanzas de venderlos todos, y con lo tanto que le costó ese libro, ¡Hasta me pidió que le esperara el mes de nuevo!. En la noche ya no lo vi porque me acosté temprano, y luego pasó eso, ¡Y yo que le di una estampita del Señor de los Milagros, imagínese!

II

Entrevistador: Señor Carrasco, usted ese día ultimó detalles con Leandro con respecto de su libro.

Sr. Carrasco: Sí, Leandro llegó temprano y de buen talante. Corregimos parte del texto de su presentación, conversamos luego sobre la distribución de parte de sus libros a bibliotecas, colegios y los de cortesía. Yo le reservaba una sorpresa a Leandro y era que la Empresa Antackus había decidido a última hora asumir el pago del Aula Magna donde se celebraría la presentación, lo que significaba un gran ahorro para los dos y más por él que podría pagar algunas deudas. Después conversamos sobre sus próximos libros, pero al transcurrir la conversación vi acrecentar su confianza. Leandro, como sabe, tenía múltiples responsabilidades en otros medios, aparte por supuesto de sus estudios. Al irse lo noté un poco eufórico y a mí eso me llenó de satisfacción. Lo demás creo que ya es sabido.

III

Entrevistador: Usted Ing. Pérez se encontró con Leandro después de mucho tiempo el día martes 2, un día antes de los sucesos penosos ¿Qué fue lo que conversaron?

Ing. Pérez: Diré para empezar que antes de volver a verlo tenía una pésima opinión de Leandro. Él abandonó la carrera en cuarto año, relativamente lo digo, porque en cursos no pasaba de segundo año. Luego de su deserción todos comentábamos sobre sus razones. Cuando nos encontramos con ironía le pregunté si seguía estudiando. Para mi sorpresa me contó que abandonó Ingeniería de Minas para seguir Comunicaciones en la Universidad Católica y que ahora mismo estaba terminando de estudiar un posgrado. En si no le estaba creyendo, pero me hablaba con tecnicismos que yo no entendía. Me dijo que se alegraba mucho de verme y me dio una invitación para la presentación de su libro. En ese momento me sentía terriblemente avergonzado y más cuando me dio la mano y me abrazó efusivamente rogándome que fuera a su presentación, que sería un honor para él. Por supuesto que fui, pero no esperé que pasara eso realmente…

IV

Entrevistador: Srta. Fabiola usted fue compañera de posgrado del desaparecido joven escritor. El encontrarse con Leandro ¿Cómo lo notó?

Srta. Fabiola: Me lo encontré en el Parque España, lo noté motivadísimo, me saludó como nunca y me atajó para conversar. Empezó a preguntarme por cosas mías que yo ignoraba que sabía. Estaba muy hablador y demasiado eufórico, ¡Pensé por un momento que estaba algo, mareado, imagínese!, pero luego me di cuenta que estaba alegre. Me habló de su familia que estaba lejos, de lo mucho que los esperaba para su presentación, en especial a sus hermanos y hermanas menores. Tanto fue su alegría que terminó por contagiarme y así al despedirnos me pasé toda la tarde escribiéndole a mi padre. Leandro me regaló ese día algo muy bello y nunca lo olvidaré.

V

Entrevistador: Nora, usted fue ex enamorada de Leandro y el día 2 de diciembre se encontró con él por la tarde ¿Qué sintió?

Nora: Que te puedo decir, Leandro estaba alegrísimo de verme, me abrazó y besó, me invitó a un café y conversamos de todo, de como estaba, de su libro que por fin salía, y que por cierto yo ayude a escribir por eso me lo dedicó, claro, no en el libro mismo, pero seguro que lo iría a decir en la presentación ¿No?. Leandro se interesó por mis cosas y del porqué yo estaba inubicable, pero le expliqué mi cambio de domicilio y me dio una invitación especial para su presentación. Leandro estaba como nunca, seguro de sí, confiadísimo, me dijo que escribió para el periódico donde trabajaba un artículo sobre el “amor etéreo en lo urbano” o algo así, ¡y que lo hizo pensando en mí!. Tan emocionada estaba con Leandro, que me propuse reconquistarlo después de su presentación, pero lo que no imaginé era que… lo que no pensé fue que… ¡Perdóname no puedo seguir!…

VI

Entrevistador: Señora Alondra usted como última persona que lo vio el día 2 de diciembre ¿Cuál fue su impresión de Leandro?

Señora Brinda: Te diré primero que yo soy su madrina y que Leandrito me encontró justo para despedirse, apenas me vio se me abalanzó llenándome de besos y llenándome de preguntas, diciéndome lo muy muy feliz que estaba. Cuando se calmó me invitó a su presentación, pero como él sabía lo ocupada que estoy me dijo que si no podía ir, el sábado me dedicaría su programa, porque Leandrito tenía su programa y yo lo escuchaba aunque él no lo supiera. Yo siempre lo apoyé con eso de escribir, era su vida y me dio una pena lo que le pasó, casi me muero cuando lo supe por los periódicos, pero no me extraña, él siempre fue especial.

Epílogo

Con estas entrevistas se ha querido reconstruir el día anterior a los sucesos ya conocidos y tratar de explicar cómo estaba el escritor Leandro Mendoza anímicamente. Se englobará lo sucedido. Se sabe que Leandro no se encontró con nadie antes de su presentación y que llegó un poco tarde para leer su discurso. Se presentó con un terno plomizo y su estado de ánimo era variable, acrecentándose su euforia tanto así que moviéndose de un grupo de conocidos a otro los inundaba con su alegría. Muchos opinaron que desde esos instantes se le notó blanco y brillante. Según su editor, el señor Carrasco, Leandro cambió su discurso por una improvisación, hablo del génesis de su libro haciendo mención de todos los que influyeron en él para escribirlo. Los asistentes notaron que mientras hablaba la cara del escritor empezaba a tornarse cada vez mas pálida y blanca mientras más emocionado estaba, sus manos se movían grandilocuentemente formando figuras en el aire, su voz tenía un rumor a viento, a sueño que tranquilizaba el corazón. Palabras después, con impresión, los presentes vieron como poco a poco Leandro se volvía transparente, en el ambiente empezaron a aparecer brillos de luz que inundaban el recinto, hasta que Leandro al decir el nombre de su libro: “Divina Felicidad”, desapareció en un poderoso destello final, quedando en su lugar solo sus ropas para nunca más volverlo a ver.

 

Arequipa 2002

El pálpito

humo

Se quedó mirando las papas. Hasta que la vendedora la sacó de sus pensamientos.

—¿Va a llevar algo casera? O está contando los ojos de las papas.

La broma le hizo retomar la vida. Compró dos kilos, un pimiento grande, hierbas para el caldo y una bolsita de trigo reventado.

Pero no tardó en volverse a perder en sus pensamientos. Algo se le había pasado. Algo había olvidado.

Trató de recordar todo lo que hizo esa mañana: se levantó para preparar el desayuno para sus hijos. El menor se fue corriendo al colegio casi atragantándose con el pan con mantequilla, el del medio a la universidad y el primero: Tobías, seguía en la cama. De seguro en la noche había tenido fiesta, como casi todos los días en los últimos años.

No lo culpaba, era difícil no entender que cayera en desgracia si de la universidad lo botaron luego que su Papá se fuera y no lograran pagar las pensiones, la novia lo dejó, no consiguió trabajo y estaba de cachuelo en cachuelo.

Mentira. Ella sabía que lo estaba disculpando para no enfrentar la cruda realidad de tener a un drogón en casa. Lo sabía y esa mañana recordaba clarito como al entrar a su cuarto vio los papelitos de periódico dispersos por todo lado, las colillas de cigarro con los palitos partidos de fósforo adentro, el olor nauseabundo, el encendedor de plástico barato claramente ya vacío de gas y las pepitas de mariguana por todo el piso.

Pero eso no le había despertado la alerta.

Hasta que en el puesto de abarrotes, al comprar los condimentos secos y el arroz recordó. La manguera del gas tenía una fuga desde hace dos días y no había conseguido el tiempo para llamar al Panito, el gasfitero del barrio para que se lo arregle, como medida bajaba la llave y tapaba con un trapo húmedo la fuga hasta poder llamar al técnico.

Eso era, suspiró aliviada. Pero, a la mitad de la exhalación recordó que esa mañana no había bajado la llave ni menos colocado el trapo, por las apuranzas de salir de casa. El terror empezaba a impulsarla a correr hacia su casa, ubicada a dos cuadras del mercadillo. Y es que Tobías tenía la costumbre pastrula de fumar un porro por la mañana, casi obligatoriamente.

En medio de su carrera empezó a rogar a todos los santitos para que no se le ocurriera a su vástago encender nada y menos en la cocina, cuando al voltear la esquina la explosión la hizo caer de espaldas. Estuvo ida y muda hasta que volvió su hijo del medio, alertado por los amigos del vecindario. Recién allí se rompió el dique de lágrimas que nunca pararían.

El Corazón nunca se cansa

Mathias y su abuelita Lili

Mi abuelita Liliana tiene una buena costumbre: me carga apenas me ve y me llena de besos. No hay mejor cura para un llanto que un abrazo, un upa-upa y una canción de la abuelita.

Un día, mi Papi y Mami, tenían un compromiso, de esos que los grandes no pueden dejar de cumplir. Yo no entiendo porque, si con un no-no, basta, pero ellos son así, se complican mucho a veces. Y esta vez fue un ir y venir de un lado para el otro, pensando con quién dejarme. Abuelito Issac trabajaba de noche en esos días y mis tíos Aldo y Raquel también estaban ocupados.

Felizmente una llamada de abuelita Liliana les alegró la cara a mis papis, y es que ella llegaba a la ciudad ese fin de semana y podía quedarse conmigo a cuidarme, mientras ellos salían a cumplir con su misión en la sociedad, jijijiji.

A mí en las noches me gusta cumplir una costumbre desde hace muuuuuuucho, pero muuuuucho tiempo, hará cosa de un mes que la estoy practicando, y es ayudar a mis papás a moverse y así bajar de peso, por eso hago que uno me pasee por un rato y luego hago que el otro me pasee otro rato, hasta que a todos nos agarra el sueñito y nos acostamos. Claro que para indicarles que me tienen que cambiar de brazos lloro, aún no me da lo del lenguaje, pero en fin.

Yo creí que mi abuelita era una experta en bebés, porque tuvo tres, incluido mi papito. Pero, al parecer, se le olvidó todo, porque no atinaba a cargarme de la manera como lo hace mamá, pero aún así, mis papis se fueron y me dejaron a su cuidado. Pobrecita, trató de darme lechita, de cambiarme el pañal, de pasearme en mi carrito, de cantarme, de sacarme el chanchito, pero no daba con la secuencia correcta, además de faltarle dos brazos más de recambio.

En un momento se puso triste porque yo no dejaba de intentar decirle, con lloros explicativos, que no era eso lo que quería, así que dejé de gimotear, porque no era el caso de ser terco. Así que dejé que ella hiciera el intento una vez más y pensé que una noche sin ejercicios no le iba a hacer mal a nadie ¿No?.

Fue bonito dormirme en brazos de mi abuelita y sentir su corazón latir de cariño hacia mi.

Al otro día, alcancé a escuchar cuando llegaron mis papás, cómo mi abuelita les relataba la noche pasada:

-Mathias se ha portado como un ángel, se durmió plácidamente con mis arrullos-. Mis papás pusieron un poco en duda sus palabras, pero mi abuelita les aseguró que había pasado una noche tranquila y yo no molesté para nada.

Umhmmmmm, creo que a mi abuelita Liliana se le olvidó que me hice pufi dos veces en la noche y me tuvo que preparar otras dos el biberón, pero bueno, la verdad es que yo dormí bien también junto a ella y me alegra que ella pudiera descansar. No hay duda que el corazón de los que nos quieren no se cansa de nosotros.

La infidelidad de Juan

infielesJuan estaba parado ante la puerta, incrédulo ante la aparición casi fantasmal de su esposa María a las dos de la madrugada en el departamento de Joaquina, su amante, que se acercaba lentamente para abrazarlo por la espalda.

Trabajaba varios años en una distribuidora de papel, en la que fungía como supervisor de ventas, que significaba viajar cada cierto tiempo a las sucursales de provincias. En una de ellas conoció a Joaquina, quién entró a trabajar como asistente de administración. Todo comenzó con una salida casual porque ella estaba aburrida y terminaron temprano el trabajo de papeleo. Ella era la única trabajadora de esa sucursal así que nadie más sabía que salieron y bailaron juntos toda la noche y la pasaron en su departamento hablando y haciendo el amor hasta la madrugada.

Claro que le contó su supuesta difícil vida, con una esposa que no lo comprendía. Todo aprendido entre lecturas de diarios amarillos y novelas. Ella también no se hizo problemas, escuchó, animó, se enojó por cómo lo trataban y terminó confirmando que para ella eso solo era lo que era y nada más, que no se preocupara por reclamos ni nada, ella entendía.

Con esa seguridad avanzó la relación entre ambos. Para justificar los viajes Juan ideó un plan sencillo: sólo viajaría cada dos meses un viaje de más, así cubriría la visita a Joaquina cada mes, de manera que la atención sea la necesaria y tuviera todo justificado, para no meter la pata. Las veces que Joaquina no podría estar con él en sus viajes lo usaba para irse a otros lugares, para no despertar sospechas y hacer ya tradición las salidas.

Así pasaron dos años.

En ese tiempo Joaquina tuvo un enamorado y él otra aventura fugaz. Pero el pacto entre ellos era sencillo, llegaba a trabajar por el día y en la noche salían dependiendo el humor de ambos y siempre terminaban en su departamento. Solo el tiempo en que ella tenía otra pareja tuvieron que recurrir a un hotel en el que él se quedaba y ella lo visitaba. Cuando terminó la relación con el otro se normalizó el hospedaje.

Otro año más pasó.

En casa la relación con su esposa iba de lo más normal al principio, hasta con un apego mayor a la intimidad, por el sentimiento de culpa de Juan que empezó a llevar algunas cosas de más como regalos y a pasar más tiempo con los hijos. Eso el primer año, a partir del segundo las cosas se enfriaron y él, ya dueño de su conciencia relegó las culpas y sus consecuencias al baúl de lo innecesario. Las peleas sin sentido comenzaron. La lejanía hacia la novedad de los hijos avanzando de grado también se sintió.

Dos meses antes de estar parado allí, tragando saliva ante los ojos de su esposa, Joaquina le había preguntado si pensaba alguna vez dejar a su mujer y él le respondió que no lo pensaba hacer, por los hijos claro. Siempre fue cuidadoso y nunca le dio el nombre completo de su esposa a su amante, ni el de sus hijos o su dirección real o el número de su esposa ni el de nadie de su entorno familiar y amical.

Lo que no sabía es que el germen del tiempo en Joaquina había variado en los últimos meses al sentirse sola por las noches y ver como sus amigas se iban llenando de hijos y casándose o juntándose, siempre en ese orden primero. Pensó en engañar a Juan para que la embarace, en exigirle de una vez que decida, pero sentía que no iba a resultar, tenía que ser algo más determinante, algo que de todas maneras lo obligara a quedarse con ella.

Así que con sencillez llamó a la empresa central y pidió la lista personal de los trabajadores de gerencia administrativa, en especial de los que viajaban por la zona sur del país porque una empresa minera, que adquiría material de la distribuidora, quería enviar tarjetas de saludos por Navidad a sus proveedores de manera más directa. Se la dieron. En ella venía el nombre de la esposa completo, de allí a averiguar su número de celular fue sencillo.

La llamada tomó por sorpresa a María, pensó que era una broma y hasta intentó cortar esa llamada intrusiva que pretendía acabar con su hogar. Pero algunas señales y la confirmación de los días que viajaba su esposo, le dieron un poco más de paciencia para escuchar las razones de la llamada, los porqués y la salida para comprobar lo dicho: Juan viajaría ese viernes para estar con ella el sábado y quedarse en su departamento hasta el domingo, día en que regresaría a la ciudad capital. Apuntó la dirección.

María preparó la maleta de su esposo con el amor de siempre, con la misma ternura con que acomodaba los pantalones. Había cierta dulzura en sus actos hasta el final, en que rompió a llorar con amargura por sentir que eso que le pasaba, no era justo. Cuando terminó de sofocar sus gemidos, la idea ya estaba clara en su mente.

Al despedirse Juan de ella ese viernes por la noche, ella no dejó que se le notara ni un poco la preocupación que la embargaba, solo al final, en el abrazo, se demoró un poco más, una milésima más, pero Juan la notó. Si hubiera estado alerta, si hubiera sabido interpretar el corazón de su mujer, habría sospechado. Pero la premura del viaje lo desenfocó.

Allí estaban ahora los tres, reunidos por primera vez, para comprobar ambas lo que eran, una vestida sencillamente con un jean, zapatillas y una chompa con casaca de viaje que la hacía ver algo ancha y la otra semidesnuda, el cuerpo joven, con la desafiante mirada en ristre. En medio un confuso Juan que no sabía que hacer. Esperaba un golpe, esperaba gritos, esperaba una pelea entre ambas mujeres o que lo golpearan a él. Esperaba…

—Solo lo voy a decir una vez Juan: tienes exactamente el tiempo en que yo llegue al terminal para irte conmigo, los pasajes ya los tengo, si ese bus parte con los dos no habrá reproches, no te diré nada, solo te pediré que renuncies a tu trabajo y todo seguirá adelante, si no llegas a irte conmigo todo habrá terminado para siempre. Tú decides— dijo María y dio media vuelta.

Juan sintió la caricia apremiante de su amante en la entrepierna y sus palabras de consuelo y promesas de un futuro nuevo, juntos. Juan se dejó llevar al interior del departamento.

Veinte minutos después el bus partía con una María resuelta, llena de valor para lo que acometería desde ese momento, la promesa que hizo le iba a costar mares de llantos y hasta sufrimientos, muchos no la entendería si llegaban a saber las causas y muchos también la juzgarían, pero allí estaba, con Juan a su lado, rumbo a una incógnita de futuro.

El Candidato

candidato—¡Llegó la última Pepito—. Laurita, siempre animosa, me entrega la última encuesta. Como esperaba, estaba en el cero punto tres de preferencia a nivel distrital. Para variar delante de mí están Pedro Juan y el Odontólogo, peleando la punta y como 5 más detrás. ¿Para qué me engaño?, todo estaba dicho hace meses, cuando me embarqué en esta aventura política sin un norte ni seguridad de ganar.

—No andas tan mal ¿Ves?… aquí dice que hay un 20 porciento de indecisos, esos van a votar por ti porque vamos a darle con fuerza estas últimas semanas, vas a ver que… —¡Ya basta Laura!, todo está perdido, solo tú no te das cuenta…— grité, pero al ver los ojos llorosos de la pobre muchacha me retracto. —Perdóname, pero la verdad estamos a escasos trece días de la votación y ya es imposible hacer algo, ¡Carajo es que…!.

Terminamos en el escritorio con Laurita. Casi todas las tardes desde hace tres meses terminamos allí: yo desfogando mi ira por haberme metido en esta vaina de ser candidato y ella recibiendo esta limosna de mí tiempo. Lo peor es que lo agradece sin pedir nada a cambio, solo el sueño de estar conmigo en la alcaldía, nada más.

Irónico si me pongo a razonar como se debe y veo ahora a mi esposa besándome donde hace poco lo hacía Laurita y sirviéndome la comida recalentada en el microondas y haciéndome sentir más político  que nunca al explicarle que me demoré porque un periodista de RPP me entrevistó, lo cual por cierto es una gran mentira porque ni por asomo me considerarían porque ni figuro entre los seis primeros.

—Vez mi gordo, todo va a ir bien, si de ayi te eztán entrevistando ez que estáz firme, uyyyyyy que bonito todo va a zer cuando zeas alcalde. La Ñata por fin zacará la cara a la caye para que la vean… uyyy que maraviya…— me dice Julia, tantas veces mi fiel Julia que no deja tampoco que me desanime, se me cae la cara de vergüenza cada vez que me recuerda lo mucho que me apoya ella, sin siquiera mencionar para no hacerme sentir mal que gran parte del dinero para la campaña viene de parte de sus parientes empresarios.

Pensamientos y ambiciones

Pienso… pienso en ti Laurita y en la encuesta y en la cochinada—y—media que pienso hacer contigo en la oficina que tendré en la municipalidad. Vaya, pensar en eso me devuelve la esperanza de salir elegido y hago planes para mañana: a donde ir, a quién llamar ¿Por qué entonces estoy tan abajo en las encuestas?, soy buen político, soy… —Ya pues Julia, que buscas allí abajo, deja dormir—, —Ez que te quiero relajar un poco gordo… pero bueno te entiendo, no sabez cuanto anzio que termine todo ezto para volver a la normalidad ¿Tu también lo quierez no gordiz?—, —Seee, ya déjame dormir.

No Julia, no quiero que termine, no porque tendría que dejar a Laurita y no, no quiero. Quiero ser autoridad, quiero sentir el poder de hacer las cosas no que me manden a hacerlas, quiero ese poder en mi firma, sueños de candidato como dicen, porque al final: “Quiero un distrito que sea el mejor de la región, que nos envidien hasta en la capital, porque es nuestro destino convertirnos en el ejemplo porque nuestra gente lo merece y juntos podemos lograrlo”. Esa es mi frase favorita de mis discursos, suena bien, pero no cala en la gente.

Nota amarilla

Día tres antes de la votación: encuesta igual, novedades: logré un tercer round con Laurita, me peleé con ganas con Julia porque sus parientes ya empezaron a dudar de mi éxito y quieren su plata de vuelta y ah… la Ñata se intentó suicidar con aspirinas… no logró tomarse las setenta mínimas y las veinte que tomó las mezcló con mermelada de fresa. La razón: había terminado con su enamoradito porque este le sacó la vuelta con otra. Lo que más me sorprendió fue que tuviera noviecito. Pero al final es mi hija y por todos lados quise evitar que saliera en los medios, pensé que ni por esas se acercarían a preguntarme algo, pero al parecer se filtró el nombre de la Ñata y el celular no paró de sonar en la tarde. Bueno al menos por una nota así algún elector quizá vote por mi, buenas noches conciencia y perdón por mis pecados.

Día de votación

“Hoy es el primer de mi nueva vida”. He entrado al baño de madrugada con Og Mandino como aperitivo y ya no me dio ganas ni de Cuauhtémoc ni de Coelho. He desayunado en paz con mi Julia y mi hija, la cual después del susto, ha regresado a casa con la cabeza más encogida y su autoestima más baja que mis encuestas ya que el único acto de valentía que tuvo en su vida se frustró. Debo buscarle un bendito psicólogo, justo hoy, hoy que “Me comeré las uvas del éxito”.

Ya voté, es fácil, solo entras a la cabina de votación, ubicas la foto de tu reeleccionista favorito, de tu extorsionador favorito o de tu outsider favorito, eso para las regionales; para los consejeros usa el tindedindedopingüe, para alcalde provincial escoges entre el que más te suene y para distritales pues que te queda, lanza tu moneda. A cualquiera de ellos lo marcas con una cruz, esvástica, kanji o signo-esotérico-marxista-leninista-pensamiento-taoista y si no sabes para qué miércoles sirven los cuadraditos en blanco al lado no pienses, marca nomás porque igualito va a ganar el reeleccionista de turno. La presidenta de mesa me ha reconocido, por la gramp… —Sí, claro, mi hija está bien… sí, sí… la haremos ver… no, no se preocupe es medio difícil mi signo… sí, sí… gracias por su voto… claro que voy a cumplir mis promesas de eso ni dudas caben, por la vida de mi hija… claro, claro.

Una vez cumplido mi deber ciudadanos cívico patriótico patético moral me voy a buscar al loquero para mi hija que desde ahora será mi prioridad diaria, como me lo dijo Julia y como me lo pidió Laura, que se cree culpable de la situación. Soy al final un buen padre para todos y eso deberá ser mi careta de hoy en adelante, en fin.

Los resultados

Gané…

—Este distrito, este gran distrito siempre le ha dado la oportunidad a los que saben luchar, a la democracia y a sus instituciones. Como siempre la voluntad del pueblo se ha hecho respetar como aseguran los organismos de la contienda electoral. El líder de nuestro movimiento me ha llamado para felicitarme, lástima que no haya ganado las presidencia regional, pero como sabemos eso fue por la guerra sucia que emprendieron en su contra los candidatos del reeleccionismo, los topos de la dictadura regional. Pero lo conozco y seguirá en carrera, seguirá apoyando este proyecto que tiene para muchos años, a pesar que solo para estas elecciones se haya formado, con nuestra victoria aseguramos esta parte de la ciudad para ser cantera de líderes. Gracias a ustedes que están comprometidos con la causa de nuestro movimiento, por eso no descansaremos en buscar siempre el bien para ustedes. Nos daban por desaparecidos, por muertos políticamente, pero miren como es la vida que da vueltas, les demostramos que nuestra propuesta es la mejor de todas y por eso hemos sido elegidos, no por nuestros méritos sino por nuestra sólida propuesta. Hemos llegado a la meta pero no nos dormiremos en las glorias bien ganadas sino que seguiremos al lado de los profesionales que entrarán con nosotros a trabajar para sacar la corrupci…

Vainas así debo haber dicho por algunos minutos ante los cientos de partidarios de último momento que vinieron hasta el local del movimiento en la avenida principal, donde yo estaba algo incrédulo con los resultados del organismo electoral. Nunca pensé que la Ñata con su intento de suicidio me ayudara a subir en los dos últimos días de la campaña. La nota no solo salió en la ciudad sino hasta nacionalmente, al otro día y yo sin darme cuenta realmente, di una conferencia y nadie, porque ya no me quedaban partidarios, me avisó que estaban los de canales de la capital, al no tener notas la mía les pareció algo atrayente y terminaron dándole connotaciones novelescas, resaltando como la llevé en brazos hasta el hospital, como me quedé en su cabecera y como la apoyé sin cuestionarla. Me tuvieron pena, lo sé. Pero me ayudaron de esta forma: eligiéndome.

Coda

Ahora Laurita de mis tardes tendremos nuestra oficina para los dos y hasta haré colocar cortinas fucsias como tú quieres, serás mi asesora y seguiremos inventando maneras de acomodarnos en el escritorio, ¡Que diablos!, compraré un sillón-cama, aunque extrañaré nuestro escritorio pobre de nuestro querido local electoral. A ti Laurita te daré los lujos que mereces y tendrás de amiguitas a las más nice del distrito y hasta de la ciudad porque te meteré en el comité de damas de la provincial. Ahora hijita mía tendrás autoestima y te operaré la nariz como siempre ha sido tu deseo. Ahora yo espero pagar mis deudas, que me dejen hacer algo alguna vez para cumplir las promesas de cemento y el último año haré algunas obras para asegurar la reelección. Me llamo alcalde-distrital-elegido-democráticamente. Adiós conciencia, ahora te callo porque no me conviene escucharte, adiós amiga mía.

De profesión: “portátil”

Portatiles¿Porqué señor no haces que haya elecciones todos los años?, de esta manera tendría asegurada la comida diaria y diversión por montones. Para mi la cosa de la política es un chiste, no me importa realmente quién gane, a mi me importa que paguen. Si quieres saber mi nombre pues te doy el de combate: “Chupín” y sí quieres saber mi profesión, te diré que soy de la “portátil”.

Cuando nací, dicen que me pusieron un garrote en las manos, porque no me explico de que otra manera como es que me gusta repartir catana en cuanto enfrentamiento con la Policía me encuentro. Lo más divertido es agarrar desprevenido a uno de esos con escudito y reventarle el casco con un piedrazo, técnica aprendida en mis años mozos cuando en el 85 nos agarrábamos de los lindo contra los bedoyistas.

Eran tiempos en que la leyenda de los bastones con cacha de hierro se había esfumado y el palo era más efectivo. La cosa era divertidísima. Nos reuníamos en los centros de los locales del Partido de siempre a fumar unos cigarros. En las noches un calientito con anís y a la casa si no había suerte. Si es que la había, nos íbamos a reventarle los vidrios a alguna autoridad, alcalde, prefecto, gobernadores varios o algún chinchoso de gratis nomás.

Con el tiempo esas cosas se dejaron de hacer porque el partido estaba en el poder. Allí lo único que realizaba realmente casi era nada, de vez en cuando la pegaba de guardaespaldas para la llegaba del mandamás. En esas siempre me tenía que aguantar el olor a chacra de la gente porque estaba en el cinturón humano que lo protegía. Creo que por esas se me dio al trago darle más tiempo. Me emborrachaba tanto que me la pasaba más tirado en las veredas que despierto, hasta llegué a querer con amor de viejo un rinconcito con pasto cerca de mi casa donde me dormía pensando en alguna ocasión ser Congresista…

DE BAJADA

Para cuando me di cuenta ya no me llamaban los compañeros, estaba con dos hijos encima y no distinguía mis dedos de la mano derecha, siempre veía diez dedos en una mano y ese elefantito rosado persiguiéndome todo el tiempo, a veces lo veo en una esquina y lo saludo, pero en fin, la cosa es que caí rebajo y para cuando apareció el chinito ya estaba fregado.

Pero él nos salvó, ya que inventó una cosa maravillosa, los comedores populares que vinieron a salvarme de dar de comer a mi familia. De esa manera sólo juntaba para el menú del día y ya. Mi mujer ganaba para el desayuno y el té con pan de la noche y yo podía irme al billar, a jugar cartas y otras dinámicas actividades etílicas. Claro que para la mujer eran días difíciles: “chola, si supieras cuanto me cuesta encontrar trabajo, pero es que nacimos pobres pe y nadie me da una mano…”

La felicidad entonces era cuando los programas inauguraban algo, o construían un colegio, o regalaban lampas y no se que sonseras más. Allí la cosa era ir a sacar un ticket donde la dirigenta vecinal y anotarse para recibir dos kilos de arroz y dos latas de atún, solo para pasarse una horas gritando “chino, chino, chino, chino, chino”, y bailar claro. Eso fue el paraíso en la tierra. La ropa se nos regalaba, la educación de los hijos era gratuita, el estado nos alimentaba y teníamos diversión por montones con fiestas y reuniones en los locales del partido. Aunque aparecieron luego varios partidos, cosa que yo no entendía si todos eran del Chino, pero a mí que pues.

PALOS

Una vez si que nos asustamos mi chola y yo cuando fuimos a una manifestación. De pronto aparecieron una chicos que parecía de universidad a empezar a gritar fraude, que fraude nos preguntábamos, si la Doctora lamía de lo lindo axilas en la tele para luego darle un beso al Chino de nuestra vidas y todos decían que nos íbamos por un tercer periódo más…

De pronto nos jodimos. Las cosas ya no eran tan lindas. En la tele aparecieron unos sonsos recibiendo dinero de Montesinos y lacalaca. Se nos acabaron los regalitos y todo se fue al diablo, hasta que nos empezaron a molestar para ir a esas marchas contra el chinín, para recibir palos y esas cosas, tuvimos que ir porque de lo contrario nos tasarían de fujis y eso no era lo más conveniente. Cuando apareció el Cholo de Harvard las cosas mejoraron algo porque por nuestra participación en un enfrentamiento con roces físicos y lingüisticos con la Benemérita Policía Nacional, nos daban gaseosa y sanguchitos y hasta politos.

Mi chola quiso ir a Lima en esa cosa de los “4 Yuyos” o no se qué sonsera. La cosa es que se lo prohibí y gracias a Dios. Porque si no me la violentaban y de repente se quedaba por allí con otro, no las cosas no son así, ella tiene que joderse conmigo no arruinarlo a otro, ja ja. Los hijos más bien me salieron raros, ahora son técnicos en computadoras y esas cosas y ni se acuerdan de su padre, dicen que me tienen vergüenza y yo no sé porque…

DE LA ESTRELLA, A LOS PORTALITOS Y LOS ARBOLITOS

La cosa seguiría como siempre si es que no aparecería en mi buena estrella los dos alcaldes provinciales de Arequipa, ya que con ellos las cosas se mejoraron y se delinearon. Nos formamos en grupos sociales por barrios y definíamos las tarifas. Cinco soles por marchar, dos soles por arengar, diez soles por marchar de todo el día con mitin incluido. Además debían llevarnos en buses y carros y traernos de vuelta, no era la cosa de venirnos en carro todavía hasta acá arriba en el Cono Norte.

Ya estamos acostumbrados muchos de nosotros a marchar por agua y por luz, bueno no puedo decir que yo lo esté, están los sonsos del FREDICOM y del COFREN que marchan y salen y ahora se las dan se santos y marchan de gratis por su candidato. En mi caso me deben dar algo para marchar. Así los de AUPA me tienen que dar almuercito siquiera por las marchas ¿No?. Por eso es que no salgo con ellos, sino con mi siempre amado partido o alianza o movimiento regional de turno.

No quiero recordar mi paso por el nacionalismo, porque la verdad, plato de habas nos daban, diciendo que era el sacrificio para que la presidenta y su marido gobernaran el país a punta de botín militar. Si bien la presidenta ta como quiere, con sus programas no tenemos mucho que ganar, hay que andar de un lado a otro pidiendo papeles y hay que ser del partido y como que a los machos no nos va bien, para eso si está mi chola que tiene chamba que da miedo cada vez que viene la Anita que ahora es presidenta de no se que zoológico, pero bien por nosotros, así cae sencillo para acompañarla cada vez que viene y necesita aplausos espontáneos.

En la época del chato filosófico, la cosa mejoró a montones, había chambitas extras para vigilar tal o cual obra, los Cargadores nos llamaban para todo. De repente por allí me salía una marchita para el centro o desalojos de terrenos o recuperaciones de terrenos, valgan verdades hasta a veces me confundía de qué lado estábamos, la cosa era meterle piedra a los de casquito. Con el Arbolito no nos fue tan bien, no tiene costumbre de pagar sus deudas me dijeron así que ni las intenté con él.

Para estas elecciones estoy mejor que nunca. Y es que en las elecciones internas del partido cuando de todos lados nos llovían ofertas para apoyar a uno a otro y cual otro. Ese día dobleteé con la chibola de los Portalitos, con el la estrella disfrazada de Rocoto, con el hijo del Colca y con varios distritales. Me fui en la caravana de una en la mañana y en la tarde apoye a otra, así de fácil me gané mis 40 luquitas que me alcanzaron para chupar de lo lindo hasta el otro día y de paso me la pasé bailando.

Es que les voy a contar, cuando sales con un político no se fijan en tu cara, sino en qué cosas regalas y allí está la inversión: papelitos, calendarios, fosforitos, vísceras, gorritos y si eres platudo como el barbudo y el cejón, te dan politos, si eres poco suertudo el Cachete te firma el polo y el periodista quejón te hace bailar con Corazón Serrano. Con los que nunca me metería y felizmente ya se fueron son el Abogado Tinkero y la Tía del Photoshop, esos eran más tacaños que nadie!!

En fin, vuelvo a pedirle al Dios de los políticos que no se termine la campaña política, porque ¿De que voy a vivir los próximos años?, pero ahí está la respuesta, ya viene las congresales y presidenciales el próximo año y por un año más tendré pan y circo gratis…

¿Contagios a mi?… nada que ver

nuevos 076Ser bebé es algo realmente maravilloso, la mejor experiencia de mi vida, bueno, la verdad que es la única hasta el momento, pero la disfruto un montón. Hay que ver como uno extiende las manitas hacia alguien y este reacciona abrazándolo a uno que da gusto.

Pero el otro día me quedé con ganas de que mi tío Manuel me abrazara. Vino a casa, conversó con Papá, pero nada de hacerme caso, ni siquiera un poquito. La verdad me he quedado un poco preocupado. Y es que es tan raro no sentir ganas de abrazarme, jijiji, bueno a veces resulto ser muy molestoso, lo acepto, pero es raro que mi tío no me cargara siquiera para hacerme reír con sus pelos parados.

Lo noté preocupado el otro día a mi Papi por mi tío Manuel. Conversando con Mami, le contó que tenía una yaya en la piel y que por eso andaba triste. Cuando dijeron que no era “contagiosa”, debo de haber puesto una cara rara, ya que Papi me explicó, como siempre hace, que eso significaba que no había problema si me cargaba o me besaba.

Mami preguntó el porqué no quería entonces acercarse a los demás y por supuesto pensé en porqué no quería cargarme. Papá nos explicó que era porque tenía “vergüenza”…

Esa palabra no me gusta, la he relacionado con cosas más feas, como cuando en la caja de colores aparece alguien que ha tomado lo que no es suyo y lo atrapan los policías, él siente vergüenza. Entonces no creo que mi tío deba sentir “vergüenza” si no tiene la culpa de que le salgan esas cosas en la piel.

¿O será porque no se baña mi tiito?

Jijiji, con lo rico que es bañarse estar limpiecito, sin esa sensación fea en la espaldita que te molesta, como que se te pega la ropa, ¡Uuuuhhggggg!!!. No, no creo que sea por eso que tenga cosas feítas mi tío.

¿A que no saben?, el otro día llego mi tío Manuel y estaba triste conversando con mi Papá. En eso  mi Papi empezó a hablarle a ese aparato que tanto le gusta cargar en el bolsillo y le pidió a mi tío que me cargara, pero este movió la cabeza y mi Papá me tuvo  que dejar en mi cuna. Mi tío se quedó parado a un costado mirándome, entonces hice mi número especial: primero empecé a extender mi brazos hacia él y le dije que lo quería mucho y que no me importaba si tenía cositas en la piel, pues sabía que si me abrazaba no me iba a pasar nada malo y finalicé con una de mis mejores sonrisas.

Por supuesto que no pudo resistirse, me abrazó y cargó un buen rato. ¡La sonrisa le volvió al rostro! , y les apuesto que, después de eso, esas cositas malosas se le desaparecieron, porque como dice mi Mamá, no hay nada que no arregle un abrazo.

¡A ver quién se apunta a seguir cargándome que soy mejor que la aspirina!, jejejeje.

La huida del Ojón

FOTO-RInAS-1_PELEA-CALLEJERA       El Ojón era caserito en la Le Petit Marché desde primero de secundaria.

       Iba con sus amigos a mirar nomás al principio. Las chicas del Arequipa eran lindas, pero las del Micaela eran más coquetas y facilonas, o eso se decían entre ellos, sin atreverse a conversar con alguna. En una de esas tardes fue que el Chato José le estampó la cabeza contra el vidrio del snack.

       Fue una tarde en que, parados en la esquina, aprovechando que nadie les quitaba el puesto, miraban a las adolescentes de faldas plomas pasar y pasar. Las miraban con ganas de hablarles, decirles que eran de segundo, pero igual podían ser interesantes. Cuando en esas, en la parte en que estaban los bravos: el Toro y los de la Maffia, se oyó un grito. Voltearon para mirar y pasó delante de ellos una señora con sacón azul y agarrando de los pelos a una chica flaca de pelo enmarañado, chillando a más no poder.

       Para cuando el Ojón reaccionó, ya la risa burlona se escapaba de su boca, codeando al Gato para que también se burlara. Al notar que su amigo no se reía ni un poquito, comprendió que acababa de hacer algo peligroso, cuando volteó la cara, el puño del Chato José se estrellaba en su mejilla, para luego con la misma mano, agarrarle la cara y empujársela contra el vidrio. Nada se rompió, o de repente sí. El Ojón no respondió para nada, así apaciguó la ira del lugarteniente del Toro.

       Al rato, cuando se iban para la casa en la carcocha de la Línea 6, el Gato le contó que la flaquita del roche era la enamorada del Chato José, así que la sacó barata, porque el mencionado estaba como para matar gente y la descargada contra él pudo ser más brava.

       Pasó el tiempo y el Ojón es parte de la Maffia. Está haciendo diversos trabajitos extra y se ha ganado el respeto de varios, la envidia de muchos y el amor de algunas cuantas que no duraron. El Chato José nunca mencionó el tema del puñete y la estampada en el vidrio. Al parecer, la verdad, ni le tomó interés al asunto alguna vez.

       Robar casas es fácil, especialmente cuando se sabe que no está el dueño ni la familia. Para el caso del Ojón, la clave está en que es delgado, pasa por rejas o las sube con facilidad simiesca, abre puertas a la velocidad del rayo con el peine y deja el trabajo pesado de cargar los artefactos a los demás. Ayuda también en que no hay mucha gente por las calles en esa época, en que aún salir de noche, era costumbre de vagabundos y patinadoras.

       La fama de la Maffia ha crecido con el tiempo. Las broncas contras los de la “I” o del Túpac, son constantes y ya se metieron contra los del quinto G de la Gran Unidad, los llamados “Cancerberos”. Cada vez se habla más de ir armados, de comprarse un fierro o algo punzocortante. Algunos empiezan a llevar chairas y el Toro anuncia un día que tiene una treintaiocho cañón corto para hacer respetar a la mancha.

       Ojón trata pero no olvida. Aún se le escarapela la espalda al escuchar hablar al Chato José. Lo mira siempre y le da cólera sus gestos, así, con ese dejo de sabelotodo. La casaca que nunca se quita, rota y vieja con el tiempo, le provoca envidia y una voraz manía por comprarse una y otra vez casacas nuevas, como para diferenciarse de su contendor secreto. En las noches sueña con las diversas maneras de ajustar cuentas, pero, el Chato José es tan sereno, que nunca pisó el palito con el Ojón y este nunca cayó en la trampa de ofenderlo públicamente.

       Las semanas pasan y la Maffia se vuelve peligrosa en demasía. Algunos de los miembros son reventados en solitarias celadas, en las cuales nadie interviene a defender al caído, quién generalmente es un chibolo de guerra, es decir carne de cañón. El problema es que después de lamerse las heridas, se abren del grupo y es necesario amenazar a los nuevos, para que no deserten. Pocos ya tienen ganas de entrar en el mítico grupo. En Le Petit Marché ya no están rodeados de chibolos con ganas de integrarse a ellos. Las chicas también se vuelven esquivas y temerosas.

       Sucedió entonces que un día, a principios de diciembre, el grupo que encabezaba el Chato José y en el cual estaba el Ojón, bajó a la esquina del Seguro Social, para encontrarse con la noviecita de siempre. Varios de los chicos también tenían sus asuntos en esa parte, así que no estaban muy atentos que digamos a su alrededor, como para notar que de uno en uno, fueron llegando varios de los Cancerberos. Entonces, en una de esas, se les vinieron encima. A las justas pudieron escapar los de la Maffia, separándose en el intento de llegar a su esquina y avisar a los demás.

       El Chato José, el Ojón, el Gato, Pantuflas, Lacrimógeno y Chacal, se mandaron por la calle San Antonio, rumbo al parque y de allí voltearon para salir hasta la Paz. Bajaron para entrar a La Salle por la calle Don Bosco, pero en la esquina fueron interceptados por catorce Cancerberos. El Ojón los contó a la volada, ya que era el rezagado. Por golpe de suerte había un hueco por el cual logró evadir la pelea para correr a buscar refuerzos, cuando oyó el grito. Volteó para ver justo cuando caía el Chato José agarrándose la panza. Vio como las tripas de su odiado aliado escapaban entre sus dedos mientras rebotaba contra el asfalto y sus atacantes correr hacia abajo por La Paz.

       Allí se paró en seco. Algo en su pecho se rebeló en contra del instinto primario de correr hacia lo seguro y huir. Retomó su carrera en sentido contrario pasando por encima del Chato José gritándole que aguante.

       Al principio no le creyeron en Emergencias del Hospital del Empleado, pero algo en sus ojos convenció al Interno de turno a llamar a la Comisaría de Santa Marta, para que envíen efectivos, luego, junto con dos camilleros más, salieron guiados por el Ojón, rumbo a donde estaban supuestamente el herido. Cuando doblaron la esquina de Don Bosco y vieron el cuerpo caído, empezaron a correr. De los Cancerberos ni rastro, tampoco de los refuerzos que supuestamente debían llegar, alertados por los demás miembros de la Maffia emboscados.

       El Ojón no alcanzó a su maldecido aliado. Dio vuelta atrás y corrió, mientras las lágrimas que nunca cayeron antes, desbordaron de sus ojos enormes, que ahora estaban chinos y nublados, mientras huía a toda velocidad de esa violencia que fue su compañera durante los últimos meses.

       Poco tiempo después cayó detenido el Toro, encontrado in fraganti en un robo domiciliario. La Maffia desaparecería junto con él como grupo. La esquina perdería su letrero que la identificaba como Le Petit Marché y con eso, toda una generación con sus historias urbanas, quedaría callada para siempre.

 

Segunda Parte (Palo con clavo y santo remedio)

Primera Parte (En Le Petit Marché)

 

La abuelita Susana me cuida

abuelita susanaHay una cosa que siempre me pregunto y es: ¿Dónde está mi abuelita Susana?.

Yo sé que tengo dos abuelitos, cada uno me quiere de maneras distintas, pero son amables y cariñosos. Mi abuelito José no me verá muy seguido porque maneja un camión más grande que mi titimacho todos los días y algunos días nomás pude venir a verme o vamos con Papá y Mamá a su casa, donde también llega algunos días mi abuelita Liliana, que trabaja muy, pero muy lejos.

Ellos me hacen grandes fiestas cuando voy a verlos y me cargan, me besan y dejan que les acaricie el cabello hasta doblarles el cuello jijijiji.

Al que veo más seguido es a mi abuelito Issac. Él acompaña a mi Mami cuando tenemos que ir a ver al Señor de Blanco que me voltea de un lado para el otro para ver si estoy bien; y me cuida también cuando mi Papá no puede por el trabajo. A la que nunca veo es a mi abuelita Susana.

Hay unas de esas figuras de ella cuando era de la edad de mi Mamá, con un lindo vestido crema junto a mi abuelito con corbata y cuando la tenía en brazos a mi tía Raquel. Pero no aparece nunca por ningún lado. ¿No querrá conocerme?, ummmhhh no creo, porque dicen que soy muy querible y eso me parece que es que soy: abrazable, besable y todas esas cosas que me gustan que me hagan cuando me tienen en brazos.

Hoy fuimos a una de esas reuniones de personas cuando están concentradas y se paran y se sienta y se arrodillan. Mi Papá nos lleva cada domingo a esas reuniones, porque dice que debemos estar cerca a Dios, aunque no entiendo aún cómo vamos a estar cerca de él parándonos y sentándonos, si Él siempre está cerca a nosotros, por lo menos siempre lo siento a mi lado. ¿En que iba?, ahhh si: mi Mamá me dijo al oído que esa era una “Misa” por mi abuelita Susana, ya que ella se adelantó en llegar al Cielo y que desde allí nos cuida.

Eso me gustó muchísimo, porque la verdad, ahora entiendo porqué, junto a esa sensación de que Dios está junto a mí, y mi ángel me cuida acurrucándome en sus alas, también hay otra persona que me acaricia cuando duermo y me sopla tranquilidad cuando estoy muy inquieto en las noches. ¡Es mi abuelita Susana!, porque ella está con Dios y le pide a Él que me proteja. No me pregunten como lo sé, ya que soy un bebé dirán. Pero, es que es una sensación que uno tiene por dentro. Si a alguno de ustedes se les fue al cielo alguien de su familia me entenderán.

Cristo pobre

cotahuasi_plazaSu figura delgada y terrosa, como un edificio cayéndose, es de los recuerdos que siempre esperaba encontrarme durante la primera mañana en cada uno de mis retornos a mi tierra, ese pueblo al que llegaba de tanto en tanto, solo para sacarme la espina de no olvidar el olor a río, a bosta de caballo, al mugir de las vacas…

Divago, lo sé, pero no logro encontrar el inicio para describir a Beas, el gran Beas, el olvidado Beas, mancillado, encarcelado, maltratado, guitarrero Beas, el único que llamaba con su voz gruesa a mi madre por su segundo nombre de cuadra a cuadra.

Fue amigo de mi padre antes que yo naciera, cuando mi progenitor llegó a ese pueblo remetido entre valles interandinos. Juntos cometieron en compañía  de otros tantos, algunos de las más recordadas aventuras de esos lares. Cosas sencillas pero para la languidez de los días sin sobresalto de esos pagos, pues eran relevantes, como el pasar una noche chupando vino en la punta del Huillay, cerro tutelar del pueblo, o atravesar a nado y borrachos el río en la parte más tumultuosa antes de la catarata de Sipia, llevar serenata a Puyca, pueblo con una alta dosis de recelo para con los capitalinos y salir vivos sin un disparo a cuestas, cosas de jóvenes al final.

Luego que mi padre se fuera del pueblo a otro más cercano a la gran ciudad, Beas y compañía trataron de seguir siendo alegres, pero sin la dirección del líder quedaron algo desamparados, pero igual, cada verano, cuando mi madre llegaba sola conmigo, éramos recibidos en la patota, los juegos de carnaval en que lloraba cuando llevaban a mi madre cargada hasta la pileta de la plaza o las noches de guitarreada a la lumbre encendida aún están presentes en mis recuerdos.

Beas tenía una especial habilidad para proveer de gallinas ajenas la olla del caldo en las serenatas. Con maestría salvaba los cercos y con paciencia felina acometía la labor de pescar con anzuelo de maíz a una gorda doble pechuga y meterla al saco. Era de risa como algunas de las afectadas por el robo, veían como su mayor ponedora iba detrás de un caminito de maíces. Beas hilvanaba a las semillas primigenias y, cuando la golosa ave había engullido lo suficiente, la jalaba de una y la pobre ave no tenía de otra que irse con su captor, mientras las voces chillonas inundan la tarde. Varios al día siguiente empezaban a indagar, pero siempre era la casa de uno de los convidados con el caldo grueso los que autorizaban el daño a la propiedad paternal, así que al final nada pasaba.

Sucedió una en que Beas, harto que lo mandaran siempre a conseguir las presas aún vivas, retó a uno de los convidados a hacerlo por una caja de cervezas. Al poco rato llegó el retado con tres gallinas y una olla de leche. Se hirvió el agua para pelar las aves y Beas tuvo que pagar la caja de cervezas que se diluyó como agua en la madrugada. La mañana los sorprendió a los reunidos alrededor de un humeante caldo que destilaba sabor fuerte y una olla de chocolate listo para acompañar la resaca. Las guitarras cantaban y las voces roncaban.

De pronto se aparece Doña Eulagia, mamá del Gogo, quién había proveído de presas los platos.

—Godo!!, tu aquí chupando y en la noche un ratero sea entrau a la casa y se llevau dos gallinas y a la clueca más, también se han cargau la olla de la leche que tenía para que forme nata para la mantequilla. Deja de chupar y vamos de repente hallamos unita siquiera o el rastro de la leche.

—Ay mamá tranquila, mejor vengase y tómese un caldito que esta rico nomás.

—Ummmm.

—Y también tómese este chocolate que está para levitar un cura.

—Godo creo que esa olla de allacito es de nosotros…

—No lo crea mamacita, es de nosotros con seguridad.

—¡Pero que te has creído desvergonzado, te llevas nuestras gallinas para alimentar a estos borrachos de porquería, vais a ver ahora traigo la reata y te zurro por mañoso, devuélvanme la leche, mis gallinas, a la clueca la habrían dejado siquiera!.

Bueno, en esa ocasión como que no fue directamente Beas el culpable. Pero la imagen de mala influencia quedó impregnada, dándole un aire prohibido, más aún con su look setentero: cabello largo y mostacho.

Yo lo recuerdo así.

Ya de maltón, volví pocas veces al pueblo y las veces que me cruzaba o que venía a comprar cigarros a la tienda de mi abuela, me llamaba “Kiwi chiquito” el apelativo que mi padre ostentara en el tiempo que vivió por allí. Odiaba ese sobrenombre. No le tenía mucho cariño al flaco que todos esquivaban. Años antes, el esposo de su hermana se robó las máquinas de una de las oficinas de reclutamiento militar, pero por casualidades de esas, al que vieron rondando el lugar días antes fue a Beas. Él sabía, cuando los policías lo sacaron a empellones del billar donde lo arrestaron, que era inocente y sabía quién era el culpable. Pero, su hermana era algo discapacitada de la mollera y tenía cuatro hijos y una inutilidad para mantenerse sola que influyó en Beas a no decir nada y cargar una culpa ajena que lo llevó a ser inquilino de la cárcel. Al salir las miradas de agradecimiento que esperaba nunca se dieron. En el pueblo le hicieron sentir por varios meses y años el rechazo.

Hasta muy adolescente no le devolvía el saludo, hasta que un día me encontró fumando un cigarrillo Inca a la vuelta de la casa y me dijo —Oye Kiwicito tu abuela te va a sacar la chochoca cuando te vea. Lo único que le respondí fue que dejara de llamarme así y que usara mi nombre si quería una respuesta. Se quedó pensando y se despidió usando mi nombre. De allí en más usó mi nombre y delante de otros también lo hacía.

Es así en esos pueblos de mi tierra, los hijos siempre son ubicados por ser hijo de tal o nieto de cual, hasta que de por si logran que su nombre sea reconociddo. Yo logré que Beas me hiciera el favor de dejar en claro que yo era quién era y que iba a contar mi propia historia.

La arrogancia de la juventud hizo que las pocas veces que volvía por allí lo tratara de igual a igual, hasta le invitara en alguna ocasión un vaso de cerveza o pisco en las fiestas patronales, en las cuales yo era un pelucón foráneo que no era reconocido hasta que, por ventura de alguno, nuevamente la marca de mis antepasados me venía a dar algunas licencias para agruparme con aquellos que conocieron a mi padre o valoraban a mi abuela.

Con el tiempo supe que llegó a tener dos hijas nunca reconocidas, cumpliendo la condena generacional que indica que de hijo no reconocido solo se engendrará más hijos no reconocidos hasta que uno de los descendientes rompa el estigma. También me enteraba, ya que mi madre traía esas noticias, que el viejo Beas hacía sus ricos cebiches de trucha de río, o que organizaba chocolatadas. Eso último no le entendí y le pedí explicaciones. Resultó que una de esas veces mi mamá lo escuchó en su programa de radio comunal, anunciando para la tarde no olvidarse del “Chocolate caliente para el alma”. No pude evitar reírme.

Ya no volví a ver al viejo Beas, al cual durante su paso por este mundo le decían: “Garganta de lata”, “Cabellos de ángel”, “Cristo Pobre” entre otros apelativos más ingeniosos aún. Para mí siempre era aquel que me decía por mi nombre en un lugar al que aún hoy me dicen “Hijo del Kiwi”.

Beas murió hace unos días y mi mamá me avisó. Hace dos semanas cayó por el hospital con fuertes dolores de cabeza. La desidia y la falta de tomógrafo hizo que recién hace días lo trasladaran a la ciudad y le descubrieran la embolia cuando ya partía para otros rumbos a seguirle guitarreando, no lo dudo, a quién le tomó el apelativo que titula esta crónica urbana.

Es extraño pero llegas a un momento en tu vida que, los que van muriendo, formaron parte de un largo trayecto de la tuya. Beas no fue un ejemplo de vida, en serio, no hay que tapar el dedo con el sol de las virtudes que nunca tuviste, pero también, gracias a Dios, la memoria en estos casos pareciera que solo tiene datos amables sobre esa persona para darte y todo se disculpa.

Descansa Beas challay, no me enseñaste a tocar guitarra y ni a calladamente engatusar una gallina, pero me diste el orgullo de que alguien en ese pueblo me llamara por mi nombre y me tratara por ser yo. Nos debemos una serenata más, esta vez la gallina me la agencio y tú toca ese lindo huayno que decía: “barrio de Chacaylla, plaza de Corira, te recordaré por siempre barrio de Chacaylla, lo que me pasa, lo que me sucede, por esa ingrata paisana que no me ha querido…”

 

 

El poder de las palabras

con los abuelos 024

Ya hace algún tiempo puedo decir claramente la palabra “Mamá”. No es que sea algo dificultoso, pero, aún debo ejercitar mi voz para que salgan las palabras que quiero, mientras tanto intento decir “abrazo” y me sale “uftadazo” o quiero decir “leche” y digo “ummmf”.

Creo que decirle “Mamá” a mi Mamí es fácil, porque la quiero mucho. Las palabras deberían ser siempre así, dichas con amor.

Ahora, no es que no quiera a mi Papá, pero la palabra se me dificulta un poco. Es así como sacar el airecito de adentro para que haga PA, pero mis dientecitos chiquitos no me permiten hacerlo todavía.

Mientras lo intento, escucho a veces atentamente lo que dicen los demás… Bueno, por lo menos un ratito hasta que me distrae el zumbido de uno de esos aparatos que los dominan a todos los mayores, sí, esos que pegan a sus oídos y los hacen estar mucho tiempo hablando como locos, también allí trato de escucharlos, para aprender las palabras.

Yo soy creativaso, o como se diga a eso de inventarse cada cosa,  y para simplificar creo nuevas palabras, como “tanfun”, para mi cajón de juguetes o “dada”, para las perritas de mi abuelito Issac.

Hay palabras que reconozco me hacen cosquillitas de felicidad, como cuando mi Papá llega del trabajo y me levanta en brazos y me dice que me extrañó mucho, o cuando mi mamá me dice que me duerma tranquilo que ella estará allí.

Al final sé que en algún momento podré decirle a mi Papá lo mucho que valoro que trate de llegar a casa todos los días temprano y a mi Mami que me gusta mucho verla hacer las cosas en casa.

Ustedes deben ser expertos en decir cosas a los demás ¿No?. Debe ser, y dirán a sus hijos cuanto los quieren y a sus esposas que las aman y a sus esposos que están orgullosas y cosas así. Llamarán por esos aparatos a sus mamás y les preguntarán como están, y a sus papás, primos, tíos, sobrinos, para preguntarles cosas así. Y es que he aprendido que las palabras son mágicas cuando se dicen pensando en los demás.

¡A que no adivinan!: esta tarde, cuando regresó Papá, al verlo entrar al cuarto me alegré tanto que dije clarito: “Papá”, síiiii, fue emocionante porque me abrazo fuerte y nos reímos juntos y repetí una veces más esa palabra tan querida.

Claro, ahora el problema es que no sabemos cómo hacer para que Papi deje de contar y contar a todo el mundo mi hazaña. En fin, las palabras también sirven para decirles a los demás sobre las cosas buenas que nos pasan.

Palo con clavo y santo remedio

Sin título-2            Los sueños de venganza son los más inútiles de los consejeros cuando la cabeza está contra el piso y una zapatilla la aprieta fuertemente, como si quisiera que el cemento y el cerebro se conocieran e hicieran el amor de una vez.

         La zapatilla de lona huele a queso. Y es algo extraño: nadie te dice que esas zapatillas te sacan un olor tan fétido, pero igual te las compras. En ese momento el olor inunda la nariz del muchacho que esta tiernamente tirado en el patio del colegio, mientras las risas revientan como pop-corn por doquier, llenando el ambiente de una canción de moda con su nombre y el apelativo de “maricón” combinados, bailando un vals un dos tres, un dos tres.

         Esa sensación de irrealidad y presión en la cabeza, cada vez que lo apalean, vuelve y revuelve una vez más. Y no es la adrenalina subiéndosele para sacar golpes de karate precisos, como la película del canal seis que vio el fin de semana. No será esa aura de poder, que lo llevará a ejecutar la patada de la grulla contra su enemigo, librándolo del maldito estigma de ser un perdedor.

         Una vez más el tiempo se dilata para que sus sueños de venganza fútil lo lleven a imaginarse que logra de una vez sacarse de encima al Loco Herrera que siempre usa como banquito para su zapatilla de lona barata, su mejilla de trece años.

            “La venganza es un plato que se come frio mi pequeño saltamontes, ya llegará tu oportunidad…” parece oír mientras que, como en un ensueño, oye llegar al auxiliar al que apodan “Perro” y sacarle de encima al repitente, dos-veces-ya-van-Herrera-no-te-da-vergüenza, de metro setenta y monstruosamente musculoso, para esos ínfimos quince años que debería tener corporalmente.

         El roche es mayúsculo cuando lo ayuda a pararse y se lo lleva arrastrando hacia la oficina de auxiliares para decirle lo tonto que es, para decirle que debe enfrentarse como un hombre a los demás, que parece una mujer a la que siempre tienen que defender y que nadie tiene respeto. Gracias a Dios en este país funciona la educación pública que alienta a los alumnos a ser mejores ciudadanos que buscan la paz y la tranquilidad ¿no?, piensa el alumno Chacón mientras oye hablar al auxiliar. ¡Sácale la mierda de una vez porque si no vas a terminar uno de estos días entregando el poto y ni digas que no te lo advertí Chacón!, es la última recomendación práctica que se le hace antes de mandarlo a su salón de clases, donde, al llegar, los murmullos y las risitas acompañadas por miradas de conmiseración lo hacen sentir una vez más que vive en una irrealidad luctuosa, oleosa, irritante…

         Días después la cabeza vuelve a rebotar esta vez contra el pasto, prolijamente cortado y lleno de piñas de los cedros del parque detrás de la urbanización La Salle, donde fue a enfrentar a su enemigo, tratando de convocar en el proceso a algunos alumnos abusados para que le caigan encima entre todos. Al final nadie lo ayudó y tuvo que tragarse la humedad de la grama domesticada, recién mojada y anegada, en la cual se estaba ahogando porque, al no haber “Perro” cerca, el Loco Herrera se estaba regodeando en atormentarlo por su falta de hombría suficiente para darle siquiera un golpecito, una cachetadita pues.

         En un momento dado siente el alivio de liberarse de la presión en su cabeza pero el cuerpo no le da para pararse, en esa tarde en que alrededor de ellos se congregaron hasta las chicas del Arequipa de segundo año y en especial esa gatita que le gusta tanto y tanto, maldita sea quiero que me trague la tierra en este instanteeeeeeeee!!!!!!!!!, piensa.

         De pronto oye que las muchachas gritan con aulliditos mezclados con algo que no logra descifrar, hasta que siente algo caliente en la cara, un líquido que lo saca de su ensoñación derrotada y lo hace arrastrarse tratando de evitar el chorro bomberil de orina que le está manchando para siempre el honor y dándole un estatus más bajo que el de gusano para siempre, en el mundo de la esquina de “Le Petit Marché”.

            Este mundo es extraño, piensa siempre que quiere dejar de preguntarse el porqué le pasan esas cosas a él, cada vez que no entiende ni siquiera qué papel juega en todo ese mundillo adolescente de demostrar quién pega más, quién tiene más flacas, quién chupa más, chanca más en los estudios o es el más pendejo o se masturba más y tantos más de los cuales él es el más inútil de los más. No entiende nada pero sabe que pisó fondo y que MÁS bajo no puede caer. Era la hora de sacarse de encima de una vez para siempre a Herrera y, una idea, se le iba formando en la cabeza.

         La venganza es de noche y sin luna. Aunque no vale de nada porque en el barrio que vive Herrera no es necesaria, pues no necesita la protección de la luminosidad de los focos municipales para ser respetado. Hasta los perros callejeros se alejan de él cuando pasa. Esa confianza es la que convence a Chacón (o “Chancado” como ya le dicen), de planear su ataque vengativo.

         Es fácil para la revancha despertar instintos tan sencillos y contundentes. Es fácil imaginar la eficacia de algo que parece improbable de funcionar. Es cuestión de planificar con la sencillez que da el objetivo, un objetivo grande de espaldas generosas, que camina sin cuidado por las calles de su barrio, sin temor a ninguna clase de ataque como el que quiere perpetrar Chacón.

         La noche es su amiga y chochera desde hace días, pues no le importa escapar de su casa pasadas las siete peeme para ir a vigilar que la rutina de su enemigo sea siempre la misma. A esa hora el vigilado va a visitar a su jermita del barrio, que vive tres cuadras más allá. Siempre pasa por la misma ruta y cruzando esa torrentera que es oscura a más no poder. Allí estará apostado Chacón con un palo con un clavo de cuatro pulgadas sobresaliendo en la punta y algo doblado, lo suficiente.

         Claro, el truco es golpear justo una palma más abajo del cuello, para que el clavo atraviese y se enganche entre las vértebras y las costillas. Tiene que ser así de certero el golpe para que cuando el susodicho intente agarrar el palo para sacárselo se lo incruste más, por la forma como cogerá el mango desesperadamente, hasta que alguien logre inmovilizarlo, cosa difícil con la contextura de la víctima y, por supuesto, contando que alguien se atreva a ayudarlo en un barrio en el que el temor hará que nadie salga hasta que se desangre o se desmaye… así de sencillo.

         La venganza es un plato que se come frío pequeño saltamonte, y se hace en la noche y con un pasamontañas como resguardo para evitar identificaciones que arrastren una detención temprana. La obscuridad, tres soles para tomar un taxi a la volada y la imposibilidad de culparlo a él, justamente a él jajajajajaja, hasta daría impresión pensar que él, el más cobarde de los cobardes, pudiera planear algo así. Entonces la venganza sería para su propia satisfacción y lo llenaría de un orgullo que ya empezaba a saborear en esa noche en que estaba apostado a las seis cuarentaicinco en el callejón en espera de su presa que, después de minutos lentos y desesperantes, se aproxima con ese tumbao que tienen los guapos al caminar… como dice la canción.

         Chacón aprieta firmemente el palo. Ve en cámara lenta como Herrera pasa por su costado y se apresta a salir y cumplir su más grande deseo.

         Sencillo ¿no?.

         Nadie vería nada.

         Es sencillo ¿no?.

         Tomar la vida de su enemigo en ese momento es increíblemente fácil. Una vida en sus manos. Se siente tan poderoso como nunca se sintió.

         Pero ¿es tan sencillo?.

         Si, tan sencillo como bajar el palo y dejar que Herrera se vaya. Al día siguiente y después de largas conversaciones con sus padres, es trasladado de colegio, a otro menos nacional y de marca callejera. A uno más alejado de ese submundo de la esquina de Le Petit Marché. Tan sencillo como aprovechar ese sentimiento de poder, para elevarse como un fénix por encima de muchos a lo largo de esos años que comenzó una nueva vida, gracias a esa fuerza, salida de quién sabe dónde y que lo acompaña siempre y que le hace sentir cosquillas de placer cada vez que recuerda a Herrera, y esa historia, extraña y lejana historia, de cómo quedó paralítico por un ataque por la espalda con un palo con clavo oxidado, seis meses después que él se cambiara de colegio y desapareciera de la vida de todos ellos en esa esquina, en ese colegio y de esa gatita que no recuerda su nombre y la verdad, ni importa ahora.

(Finaliza con la tercera parte: La huida del Ojón

 

La última chance

¿Qué harás con la última oportunidad?

Sarkadria

angel

Tengo la oportunidad de correr tras de ti en la arena

Fundirme contigo en el abrazo primigenio

Tengo el tiempo para cantar en medio de la calle

Esa canción que nunca me abandonó

Saltar en tierra mojada

Volver a jugar con esos mandos viejos

Teñir de blanco mi cara

Recitar el poema de mi hijo en el micrófono virtual de Youtube

Comer esa fruta que no me gusta (mentira me comeré miles de guayabas)

Acostarme por horas vencidas las ganas de trabajar

Ver cómo nuevamente Cantinflas me hace reír

Soñar despierto con la vida que nuestro hijo tendrá (Futbolista quién sabe NO)

Tengo la oportunidad de explorar la piel que te nace

Entre el pecho y el beso

Tengo la oportunidad de correrle a la tristeza

Comiendo un helado de frambuesa J

Puedo componer versos tontos

Lamerte la cara para que pongas cara de asquito

Sentir el agua con colorante

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Un respiro para Papá

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A veces Papi viene a casa tan cansado que ni me mira, pasa de frente a la cama sacándose la corbata y agarra el aparatito de la caja de colores y empieza a cambiar canales y ni un besito para su hijito. Eso no me estaba gustando.

Empecé a darme cuenta que eran menos las veces que lavaba mi platito de comida o me preparaba mi lechita. Tampoco me cambiaba el pañal o me arrullaba en las noches cuando me despertaba porque soñaba que un punto negro gigante se comía los colores del arcoíris.

Algo estaba pasando.

Como soy muy observador, me di cuenta que mi Papi estaba cansado últimamente y se quejaba del trabajo. Que era muy duro por esto, que era muy pesado por aquello.

Mi Mami estaba también triste porque ya no conversaban como antes y no se alegraba con nada.

Además, como que es muy difícil hablarle a alguien que está enojado.

No sé si ustedes se han dado cuenta, pero a veces los adultos como que se olvidan de lo principal, digo, de quedarse quieticos un momento mirando un rayo de luz, o dejarse llevar por la brisa que se cuela por la ventana. Deberían prestarle más atención a los sonidos. A mí me sirve, cuando estoy algo molesto por el pañal o porque no puedo rascarme la espaldita, escucho las voces de mis Papás conversando o de la calle solamente y me relajo mucho.

Hoy tomé la decisión de ofrecerle a Papi algo que aprendí hace poquito y que le escuché a mi Tío José Manuel.

Cuando llegó del trabajo y vino al cuarto le sonreí, cuando me cambió mal el pañal, le sonreí, cuando no me saludó otra vez, le sonreí.

Los dos primeros días no me hizo mucho caso, pero al tercero me sonrió también, entonces me reí. Al principio se quedó sorprendido, pero inmediatamente también se puso a reír conmigo, luego me reí más fuerte y él también.

Así han pasado varios días y ya está más relajado mi Papi. Y es que él aprendió como yo, que una risa son como vacaciones instantáneas, capaces de aliviarnos esas molestias que nos provocan cosas tan tontas al final de cuentas.

A ver si también ustedes se embarcan en un lindo momento fuera de sí mismos y se ríen con toooooodaaaaasssss sus fuerzas ¿Sí?.

En “Le Petit Marché”

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         Se sentía extraño besar sus labios cerrados. No la abrazaba, mantenía sus manos a los costados y solo proyectaba hacia adelante su cara. Trataba de mover los labios de Rosa, pero ella no correspondía.

         –Tú ya besaste antes ¿No?— le preguntó ella en un respiro.

         Sí—, le respondió.

         —Me lo imaginaba— susurró con una marcada tristeza que años después recién comprendió Thomás.

         De pronto se sintieron rodeados por varios muchachos. En sus caras agrestes se reconocía que eran del Túpac Amaru.

         —¿Qué quieren?—, preguntó Thomás mientras Rosa se colocaba detrás de él.

         —Nada sonso, solo ver como besabas a mi flaca—, escupió el más adelantado de los muchachos.

Examinándolo era un quiscudito de menos de trece con la bragueta abajo y la camisa blanca del colegio salida en un costado, tenía los dientes delanteros careados y una mirada de odio racial que nadie le sacaría del alma.

         Thomás empezó a sudar frío. No tendría oportunidad contra ellos, ni siquiera tendría oportunidad en uno a uno, nunca le fue bien en las peleas antes. Ganar tiempo, eso era.

         —Dices que Rosa es tu flaca, pero nunca te vi con ella—, le dijo mientras lentamente, sin dar la espalda al grupo, se dirigía a la esquina de la cuadra.

         —¿Oe tú crees que soy huevón?, ella vive por mi casa y conozco a sus hermanos, son mis yuntas.

         —No es cierto, no soy nada de él créeme Thomás—, le decía Rosa respirando fuerte y con calor a su espalda.

         Thomás debería creerle, no hacer lo que hizo, debería saber que los labios de una chica de once años que no se abren para el primer beso, son la marca indeleble de no saber besar, que nunca estuvo con otro y que si aceptó estar con él fue por la presión de sus amigas.

         Los dos se conocieron en “Le Petit Marché”. Esa esquina que años antes fue heladería de pitucos, pero que ahora quedaba de recuerdo una tienda de abarrotes y un letrero que nunca nadie supo que decía o que significaba. Desde hacía dos años que los colegiales del Muñoz Nájar, el Túpac Amaru y el Independencia, se reunían a esperar a las chicas del Arequipa y del Micaela Bastidas. Se juntaban en grupos y algunos se iban a los parques de la urbanización cercana a tomar pisco con gaseosa y jugar a la botella borracha.

         Rosa estaba en primer año de secundaria y conoció a Thomás porque se lo presentaron en el grupito de sus amigas. No le tomó mucho interés al muchacho delgado y con una nariz graciosa, con rulos y pestañas grandes, hasta que Silvia, una amiga de ambos, le dijo que Thomás estaba interesado en ella y que se declararía el sábado. No llegó a tanto. El mismo viernes él la esperó y le pidió hablar un momento. Ella se separó a un costado de su grupo de amigas.

         —¿Qué quieres?— le dijo al galancete.

         —¿Porqué estás arisca?— le repreguntó Thomás.

         Es que me voy temprano ya sabes….

         —Entonces te lo digo—, le dijo el muchacho acercando su boca a su oreja y diciéndole despacio, en medio del bullicio de voces y carros: —¿Quieres estar conmigo?.

         La muchacha hizo honor a su nombre, coloreándose con intensidad sus mejillas, pero se recuperó lo suficiente para decirle, —Mañana te contesto— y salir disparada para que sus amigas la recibieran con alborozo y mil preguntas a boca-de-jarro mientras Thomás se dirigía lentamente, con soltura, donde sus amigos de mancha.

         Al otro día él la vio con ropa de calle y sufrió una decepción al verla tan sencilla y niña, con su chompita rosada y su jean suelto con sus zapatillas de colegio blancas. Pero bueno, no estaba para hacerse el rico, ya estaba embarcado en la tarea de tener jermita, como muchos tenían.

         —¿Y?, cual es la respuesta— le preguntó de arranque.

         —Te respondo pero me voy rápido ¿Sí?— le dijo obviando el saludo también.

         —Ya, ya—, le dijo para recibir un “Sí” quedito y ver a la chica salir corriendo de nuevo para repetir la misma escena de ayer con sus amigas e irse brincando y mirándolo de reojo.

         Él se sintió un hombre a sus trece años. “Ya cayó la mocosa”, se dijo para sí mismo.

         Pero, en esos momentos, frente a esos muchachos con ganas de estamparlo en la pista gratuitamente, no se sentía nadita mayor, más bien empezaban a temblarle las piernas imaginando la paliza que estaban por darle. Mientras, el instinto primigenio, le hacía hablar en el mismo tono, sin inflexiones, contestar sin insultos comprometedores al otro tipo y avanzar paso a paso hacia la esquina, desde donde se veía la avenida La Salle y, por alguna razón, sabía que los chicos esos no se atreverían a chancarlo allí, no vaya a aparecer una patrulla de la Policía.

         —Mira no me jodas si quieres a la chibola te la regalo que a mí me sobran ¿Sí?, así que vete con tus choches a otra parte y no me molestes— les dijo Thomás ante la cercanía ya palpable de la esquina, a la que llegó y, sin temblor, dio la vuelta con Rosa agarrada a su mano, con la cual empezó una caminata rápida hacia Le Petit Marché.

         —¿Es verdad lo que les dijiste Thomás?—, —¿Es verdad que tienes otras?

         —¡Cállate!, ¿No ves que todo es tu culpa por ser regalona?—, le gritó.

         ¿Qué es ser regalona?, ¿Qué significa estar con uno y con otro, chapar con uno y otro jugando a la botella borracha, irse a la cama con uno y con otro cuando se van a la casa del Toro, enamorarse y entregarse a uno y otro en la academia, instituto, trabajo, que significa tener un hijo para uno y otro, no saber de cual es cual o simplemente hacerse la sueca para endosárselo al más pavo de todos, que significa, por último, ese dolor interminable de no entender qué pasó, en que se equivocó con Thomás, porqué la trata así, porqué se aleja de ella, porqué no lo verá nunca más, porqué tomará su carro a su casa en otro paradero y así evitará ser una regalona? Porqué…

         Mientras camina hacia la esquina, Thomás piensa en convocar a los de su mancha, a los que aún están en tercer año, los que no participan tanto en los asuntos del grupo “La Maffia”, la cual lidera el Toro, muchacho de veintitrés años y líder natural. Él logró que la esquina entre las avenidas La Salle y Goyeneche fuera sólo del Muñoz Nájar y que los de la “I” se fueran a la esquina del Seguro Social. Lo consiguió a punta de masacres a la hora de la salida. Él también dirigía los atracos nocturnos después de embarcar a las chicas. Él tenía un fierro del 38 que cargaba Miluska, su flaca. De él se decía que había matado, violado, por eso lo seguían, porque era bravazo.

         Thomás pensaba en todas esas cosas mientras llegaba a la esquina donde estaban sus amigos y les dijo: —Vamos.

         —¿Qué pasa?—, le increparon, —Unos huevones del Túpac me quisieron gomear, así que vamos para sacarles la mierda. Se movieron varios para seguirlo justamente cuando los mencionados se acercaban a la esquina.

         De frente Thomás se le paró al quiscudo.

         —¡Así que machito con tu mancha no huevón! ahora pues arreglemos frente a frente si eres hombrecito.

         El quiscudo puso una cara de rabia que se transformó poco a poco en de cuidado. Thomás entonces sintió como a sus espaldas se congregaba gente.

         Uno de los del Túpac dijo: —¡Qué mierda quieren huevones nosotros no les hicimos nada!.

         De pronto la voz del Toro se dirigió hacia uno del Muñoz: —Bájatelo a ese—, inmediatamente un puñetazo a la nariz dejó sin habla al del Túpac.

         Entonces no hay paltas—, dijo Thomás que se sintió el más de las capaces en ese momento.

         —No hay nada, todo bien—, contestó a media voz el quiscudo.

         Entonces pide disculpas huevón—, le dijo con ganas de buscarle la sinrazón.

         Un instante de silencio necesario para medir las fuerzas, eran 7 contra toda una mancha de forajas que empezaban a agarrar palos de por allí.

         —No, no hay nada y quédate con la chibola si quie…—, no alcanzó a terminar.

         —Es mi flaca desgraciado y ¡Respeta carajo!—, le gritó Thomás, mientras le daba un puñetazo en la cara.

         El quiscudo, escupió de costado la sangre de su boca y apretó los puños, pero los relajó al instante para alejarse de costado sin dar la espalda junto con sus amigos para nunca más asomar la nariz por allí.

         El tumulto se disolvió… los amigos de Thomás le decía: —Bien jugado… así aprenderán a no meterse con nosotros… estuviste bravazo.

         Mientras le decían esto él buscaba con la mirada a Rosa, pero no la vio más. —Qué importa, después de esto voy a tener más flacas de las que necesito—, se dijo para calmarse un dolorcito que se le empezó a formar en el pecho.

         Más tarde, cuando las muchachas fueron embarcadas y los chicos se iban a sus casas, el Chato José, un lugarteniente del Toro lo llamó: —Oe él quiere hablar contigo de algo. —¿Conmigo?—, —Sí, a ti huevón, no te hagas el chueco—, le dijo.

         Bueno…

         Él Toro lo esperaba junto con los más avezados de la mancha.

         —¿Cómo te llamas?.

         Thomás le respondió, reprimiendo las ganas de decirle que ya se conocían.

         Hoy estuviste bien, ¿Quieres hacer algo más fuerte?—, —Sí, puede ser, ¿Como qué?—,  preguntó.

         —Nada, ya lo manyarás en el camino, lo único que tienes que hacer por ahora es tener los ojos bien abiertos para que nadie, en especial los tombos, nos frieguen ¿Sí?.

         —Si Toro—, contestó Thomás, imaginado las miles de aventuras que significaba que lo integraran al grupo de los reyes, de los machazos, de los bravazos de “Le Petit Marché”.

(Próxima crónica: “Palo con clavo y santo remedio”)

Te caerás… y ¿Qué harás?

DSC04695Cada día aprendo más sobre mí mismo y mis fuerzas. A veces me sorprendo que, teniendo ya seis meses, pueda levantar mi cabecita y mirar lo que alcanza mi vista. Ummmhhhh, quiero probar hasta dónde puedo llegar…

Entonces, si pongo mi piernita derecha por aquí, veamos, luego mi rodilla izquierda, pero, si mejor me ruedo para la derecha, así, luego me voy para… que pasa no me detengo ¡Nooooo!.

No entiendo nada, me duele mi cabecita, quiero a mi Mami, ella llega ahora, pero no me deja de doler, quiero a mi Papi también.

No dejo de llorar y ya llega mi Papi, quiero que me abrace y me diga que me va a dejar de doler mi cabecita, no puedo dejar de llorar.

Estamos en un auto y no sé a dónde me llevan, no creo que a lo de la abuelita Lili, o la casa del abuelito Issac. Quiero que me sigan abrazando y cuidando, así, ya estoy dejando de llorar y el dolor se va.

No me gusta este lugar, es frío y me quiero ir a casa, quiero que me lleven a mi camita, que me den mi lechita. Un Señor de Blanco me agarra por toda mi carita y mi pechito y le pregunta a Mami cómo me caí… ¿Me caí?.

Quiero escuchar atentamente y saber porqué dicen que fue un descuido de mi Mamá, si yo mismo me impulsé para ese lado, lo que no vi fue que estaba a la misma orilla de la cama. Pero no es culpa de Mami, tampoco de Papi. Él dice que debió estar allí, pero que por ganar unos dineritos  se fue. No Papi y Mami: ustedes no tiene la culpa. Uyyy como me cansa esperar hasta poder hablar bien!!!.

Otro señor hace que me quiten la chompita, el polito y el vivirí y no quiero y lloro porque me molesta el frío en mi espalda. Papi dice que va a pasar. Y de nuevo estamos aquí afuera esperando no se qué, ahora sí mis papás van a tener la culpa de mis lloros porque quiero dormir en mi camita.

Parece que me dormí en brazos de Mamita y llegamos a casa, apenas he despertado y siento a mis papás a mi alrededor. Quisiera decirles que no se preocupen, si el Señor de Blanco me envió a casa, es porque estoy bien, pero quisiera también decirles que ya comprendí que lo que pasó: fue que me caí y que, aunque me ha dado mucho miedo y temor, sé que volveré a intentar gatear y de seguro también rodaré un par de veces, de seguro también mis papis me pondrán más almohaditas a los costados y estarán a mi alrededor, pero que no se preocupen tanto, porque deben saber que si me caigo una vez, pues me levantaré dos, eso es lo que haré siempre porque ¿Ustedes también lo hacen así, verdad?.

Historias del Peregrino: La fuerza de un toro

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Yo no lo conozco al tal Peregrino. Dicen que llegó ya una vez hace mucho tiempo y se quedó lo suficiente para que lo recordaran los mayores, pero ahora está de vuelta por esos pagos. Yo no lo conozco bien amigos, pero sé que debe tener pacto.

Pero por favor, invítenme una copa que ando con el guargüero reseco y constipado por la arenas que he atravesao.

¡Ahhhh! Que rico de verdad este anisado compañeros. Pero no se me inquieten, me han llamao pa contarles sobre el Peregrino y se los voy a contar todo.

Porque como saben, eso del Toro de Don Grimaneso no ha sido mentira, no no, yo lo he visto.

La Fiesta de San Hermenegildo comenzaba temprano ese día y los toldos estaban chillan chillan en los linderos del coso. En la madrugada el Venancio y el Junior habían bajado de la sierra, de la hacienda en Lacsa, a los toros bravos para la corrida. Entre ellos estaba el Pelao, un toro moteado de 350 kilos de peso de punta a punta y una cornamenta que cortaba de solo mirar.

Ese toro ya se había despanzurrado a dos parceros de la hacienda y había matado a punta de cornadas a un rival de amores. Era demasiado bravo para medirlo con un torero fino, pero lo traían para exponerlo solamente, era un semental que esperaba Don Grimaneso poderlo vender a algún hacendado del norte como padrillo.

¡Ah!, la fiesta, gran celebración donde todos son amigos, bueno hasta que se acababan los cuartitos de aguardiente de caña y empezaban los pleitos, pero todo se arreglaba con un buen plato de picante con su papa, su torreja, su presa de cuy y su batido de tarwui. Que rica la chicha blanca, que lindas las chiquillas, las señoritas en sus caballitos blancos, que galantes los hijos y sobrinos de los hacendados. Entre ellos, desencajaba el Peregrino.

La verdad, no sé que tiene en su andar, pero pareciera que no le temiera a nada, es viejo, es canoso, pareciera entre cuarenta y sesenta años. Yo ni de vainas que me le acerqué ese día. Muchos decía que esta ccaicado, hechizado, porque no entendían cómo si se fue ya viejo regresaba igualito.

¿Ustedes conocen a la hijita de los Madariaga?, no pues si no suben al pueblo si no es en octubre para vender el vino y ellos siempre llegan a por estas fechas para el Santo Patrono. La Doña Eulagia era la más devota y la niñita, hija de su nieta, salió igualita, así de pecosa y con ese aire de mandona que ya tienen desde que nacen los de su estirpe.

Las trompetas, los bombos, las guitarras, como sonaban a celebración, así como yo celebro que no sean tacaños con el anisito, así, muy bien amigos, mucha cháchara y se preguntarán cómo fue que se escapó el Pelao. Unos ccoros de aquellos que solo sirven para hacer daño, estaban subidos en el cerro, al lado del corral grande, bien atrincherados en un árbol de sauco, y le tiraban piedras al mounstruoso animal ese. Para la malaya suerte de todos, el animal había aprendido como sacar una tranca sin amarrar, así que en una de esas se fue contra la puerta del corral y de un solo astazo levantó la tranca y se mandó contra el árbol.

Los mocotecctes esos ni atinaron a nada, solo a gritar. Así se apareció el Junior en caballo y, gritando como loco, atrajo al animalote contra él.

A puro grito les dijo a los mocosos que avisaran en el pueblo que el Pelao se había escapado. Como alma que lleva el diablo los chiquillos corrieron hacia el pueblo gritando el peligro. Todos se escondieron en sus casas y los más bravos agarraron sogas y estacas para ir a capturar a la bestia. Estaban animados. Lo malo es que el animalote había dejado de perseguir al Junior y se adentró al pueblo por el lado de la Iglesia. En plena plaza casi no había nadie, pero sí el Peregrino y la nana de la niñita.

Al ver al toro la pobre chiquilla se desmayó y la niñita empezó a correr hacia la casa grande. El toro la divisó y arremetió contra ella. Todos gritaban pero eran más mujeres y bueno, yo que andaba en la tienda de la Paspina. No llegaba a salvar a nadie como estaba.

Ahí pasó.

El Peregrino lleva siempre un bastón que nunca suelta, no sé como apareció justo a un costado del animalote y le dio un empujón cuando las cuatro patas estaban en el aire. La bestia cambió de rumbo y se desparramó por el piso de piedras, mientras el viejo ese tomaba a la pequeña y la lazaba a los brazos del Carlos Tineo que se apareció justo por allí.

Pero la bestia no estaba derrotada. Se paró bufando a los mil demonios y arremetió contra el vejete. Allí sucedió algo que no entendemos. Yo vi todo, pero aún no se me cuaja la idea.

El Peregrino esperó con el pie derecho adelantado al animalote y cuando llegó donde él, con el pie izquierdo dio un salto para atrás mientras con el bastón como que hizo una cruceta en los cachos, con el brazo derecho debajo del cacho izquierdo y el brazo izquierdo bajo el cacho derecho agarrando el bastón y, cuando cae al piso después del salto tira para abajo pero para el lado derecho de él, haciendo que la cabeza de la bestia inmensa se vaya para abajo y el cuerpo se le tuerza de manera incomprensible y cayera.

El bastón salió disparado para el cielo y lo agarra en el aire el tipo ese que bien plantado, como si no hubiera pasado nada, estaba allí, mirando al toro. Pero no acabó la cosa, el bruto animal quería aún luchar, pero se le acercó el viejo ese y ya no vi que hizo, pero lo dejó dormidito al toro, luego le pidió a Carlos ayuda y este como hipnotizado fue y juntos le ataron las patas.

Don Grimaneso no creyó nada y quería que arresten al viejo y que le pague por lo mal que quedó su toro, pero los Madariaga se impusieron, le dieron la mitad del valor real y lo mandaron a que se tranquilice, después arreglarían le aseguraron. Ellos no pasarían la vergüenza de permitir que el salvador de su niñita sea arrestado frente a ellos, pero igual no estaban contentos, ya los conocen, son orgullosos, despidieron al Carlos por no haber sido él que la salvara y fríamente le alcanzaron al Peregrino unos buenos reales. Todos sabían que ese dinero se iba para las obras del comedor de los huérfanos. Porque sabrán que ese tal Peregrino es de los más tontos que existe en ese pueblo, porque con esos trucos que sabe, yo ya me hubiera hecho de dinero. Bueno, bueno, ya les conté la historia y mi copita está vacía, a ver quién me la llena y les cuento lo que le hizo el Peregrino al hijo de Don Eusebio Díaz del Puente, apuren, apuren que se me olvida la historia.

Arequipa escondida

Para conocer un poco de la ciudad de Arequipa, mi cuna natal.

Urbaneando

La ciudad de Arequipa contiene secretos que pasan desapercibidos a nuestros ojos, porque no nos da la gana de detenernos y admirar la belleza de sus detalles. En esta nota revelaremos algunos de estos secretos que están a la vista y paciencia de todos.

CARE´PIEDRA

La pregunta fue: ¿En qué parte de la ciudad se encuentran tres rostros que miran a otros tres directamente a través de una plaza?. La respuesta, si no la halló hasta ahora, se encuentra en nuestra nunca bien reconstruida Plaza de Armas, donde, además del Tuturutu que le faltan las alas, viven otros personajes de piedra granítica, observando cada día las irreverentes marchas populares y por las noches las huascas furibundas de los habitantes de esta revolucionaria orbe. Los tres rostros se encuentran en ambos portales de la plaza, el de Flores y de San Agustín, justo al medio. Vigilan la vida y obra de santos…

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¡No soy sordo!

15.06.2013 (Encuentro comunicadores) 106Hay veces en que las cosas no salen como uno quisiera. Cuando intento que los bloques de mi juego favorito entren por la ventanita de mi coche favorito y no lo logro, pues me da un no-se-qué, que no comprendo bien, pero es como si me dieran ganas de botar todo… pero no lo hago. Una vez que lo hice y mi Mamá se enojó conmigo y me pidió que no lo hiciera.

Otras veces tampoco me entienden cuando pido algo, si estoy mojado y no prestaron atención creen que lloro porque tengo hambre e intentan darme la compota. Al final, luego de varios intentos fallidos logran descubrir el pañal lleno, pero oigan: ¡Cansan de verdad!.

Pero no soy un bebé que sigue siempre enojado ni de mal genio, porque soy un genio… consiguiendo abrazos y caricias de los demás. Es un trabajo duro, pero como siempre digo: alguien tiene que hacerlo.

Lo que no entiendo es porqué a mi Papá a veces le da por estar molesto mucho rato, como si las palabras dulces de mi Mami o mis espectaculares gracias no le hicieran efecto. Como hoy, que llegó diciendo cosas que no entendía que no le salió esto, que no le pagaron eso, que la luz, que el agua, y no sé qué cosas más. Uhmmmm, hasta donde sé la luz la da el solcito y el agua sale del pilón… y al final todas esas cosas las da Diosito gratis… Pero he comprendido que los grandes a veces se portan de maneras que ni los bebés lo hacen…

Ahora mismo mi Papá se ha vuelto a enojar mirando un papelito que saca de su bolsillo y empieza de nuevo con palabras que no conozco como blanqueador, suavizante, detergente, y empieza también a levantar la voz y me está asustando.

En la caja de colores he visto a veces a personas que gritan fuerte, a veces para llamar a alguien lejano, otras para advertir del peligro y algunas para detener a otros, pero hay unas que no me gustan y son cuando le dan miedo a otras personas y estas se ponen a llorar.

Así me estoy sintiendo ahora, con ganas de llorar porque Papito está gritando y no aguanto y llooooorooooooo, buaaaaaa…

Mi Mamita me carga y Papá se calla por fin, le dice a mi Mamá que lo perdone y me abraza y seca mis lagrimitas. Me mira y me promete que no va a volver a gritar y yo le digo Sí con la cabeza y le sonrío para que sepa que se me pasó el susto.

Creo que al final mi Papá comprendió que no estamos sordos ni mi Mamá ni yo. A veces pareciera que los grandes se olvidan que no tienen que gritar, solamente cuando es necesario, pero suerte para ellos yo estoy listo para hacerles recordar el asunto.

Chicha de plátano

chicha de platano“Cervecita, licor amargo, tu eres culpable de mi desgracia…”

Wayno popular

La cerveza tiene un efecto extraño en Juan en ese momento. Está junto a tres compadres del barrio que le están hablando desde hace rato de un trabajo, que él es el tipo adecuado, qué adecuado, ¡ÉL es el tipo!, no hay otro para ayudarles en el robo.

La cerveza es extraña en esos momentos. Es un líquido que entra raspando con ese sabor que no sabe porqué miércoles le gusta, si tiene un resabido a excremento. Pero dentro del estómago se siente bien, relajado. Imagina su futuro ahora que lo escogieron a él. Imagina aventuras donde saca su futura arma y dispara certeramente a los tombos que lo persiguen. Se imagina llegando a casa y una amante complaciente le pide a gemidos que le cuente como le fue y él le relata los peligros de esa noche mientras se desviste ante la apuranza de la mujer.

La cerveza ya no sabe a nada, lo único que cuenta son las risotadas. Es pasado mañana no te olvides compadre, tienes que estar despierto y atento ¿Eh?, solo vas a cuidar que los tombos no lleguen, si es así avisas silbando y la picas nomás ¿Si?,  le vuelven a explicar una y otra vez y él se siente molesto, ¡Claro que sabe que va a hacer!, ¡Él es el tipo!, ¿No lo recuerdan?

De pronto llega de improviso la camioneta y bajan los policías. Juan los mira por un momento como si siguiera en sus ensoñaciones, hasta que se siente levantado y metido en la camioneta, sin que le dijeran nada. A su costado están dos de los amigos con los que tomaba.

Media hora después la cerveza ya no está físicamente en el organismo de Juan. Vomitó y se meó en los pantalones. Los golpes del garrote envuelto en una tela mojada duelen duro. Los policías están dándole de alma. Los otros ya confesaron, tú estuviste con ellos en el robo de la semana pasada en la residencial ¿No?, allí se cargaron al cuidante y tú eras el “campana”. ¡No!, no, eso no es cierto, ¿Cómo quieren que se los diga?. ¿Entonces qué hacías con ellos tomando?, festejaban pues o nos crees cojudos.

¡No es así!, es la frase que trata de repetir quince minutos más. Quince largos minutos en que la cerveza en la cabeza, el cansancio del cuerpo ante los golpes y la inutilidad de sus palabras, hacen que confiese algo que nunca hizo.

Durante tres años no probará de nuevo una cervecita. Y es que en el Penal de Socabaya solo se toma chicha de cáscara de plátano.

Una sociedad desilusionada

Una nueva opineada en Urbaneando, tranqui con los celulares y respira!!

Urbaneando

celular del futuro

“La creciente banalización del arte y la literatura, el triunfo del amarillismo en la prensa y la frivolidad de la política son síntomas de un mal mayor que aqueja a la sociedad contemporánea: la suicida idea de que el único fin de la vida es pasársela bien.” La civilización del espectáculo”

Mario Vargas Llosa

Un sábado mi esposa salió y me dejó con mi hijo Mathias. Por la tarde me animé a ir junto a mi pequeño al parque. Invité a mi hermano JA a caminar. Él es un adolescente de cuarto año de secundaria y en los últimos meses no habíamos compartido algún momento juntos. Una frase que me soltó a la volada hace algunas semanas me daba vueltas a la cabeza. ¿No sacas tu celular porque te da roche?, le pregunté. Él tiene un celular heredado de mí, un simple Nokia de esos que cuestan 59 soles. Sí…

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Las ironías de la vida

Un nuevo #Microcuento en Juchuy Pacha, saludos.

Juchuy Pacha

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Al ver el hacha a unos centímetros de él, no pudo evitar pensar en las ironías de la vida. Durante el tiempo que pasó en la cárcel, por estafar a varios con el cuento de la casa propia, pensó que meterse en la cocina le evitaría el esfuerzo físico, a él que nunca en su vida esforzó sus músculos. Lo que no previó es que sus compañeros lo pusieran cada madrugada a cortar madera para los fogones. Así, cada día de sus cinco años de encierro, acrecentó con mucho sufrimiento su conocimiento sobre las vetas de la madera, el ángulo correcto de impacto y la posición adecuada, amén de perfeccionar el corte limpio y destrozador de los troncos. Era al final un experto, nacido para cortar.

Ahora estaba libre y se encontraba allí, camino a su pueblo natal, frente a frente con esa herramienta que juró nunca volver a tocar……

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Sueños de grande

mathias fotografo

Escuché el otro día a mi tío José Alfredo decir que estaban pensando que quería ser de grande. Ummmhhh y más Ummmhhhh. No entendí mucho, pero creo que se referían a cuando creciera más, pues en ese caso… ¡Sería más alto que todos en la familia!.  Pensándolo bien creo que no era eso.

Debe ser algo así como en lo que van a hacer luego de que termine el colegio. Mi tío José Manuel estudia para ser “ingeniero”, no sé que será eso pero dice que ese será su trabajo de grande.

A ver, revisemos a los grandes de la familia y cuál es su trabajo.

Papi y mami son periodistas, bueno no sé bien qué es eso pero creo que van en busca de la “verdad”. Si la perdieron pues yo no tuve la culpa porque ni siquiera sé como es, no sé qué color tiene el rostro ni qué sabor tiene y eso que ya he probado todo lo que está a mi alcance, jijijiji, me río porque mi Mami se lleva cada susto conmigo…

Mi abuelita Liliana es algo así como la que ayuda a Diosito a traer niñitos al mundo y trabaja muy muy lejos, pero cuando viene me trae bizcochuelos y me da a escondidas pedacitos de panecillos de maicena, es muy buena conquistando niños por lo visto.

Abuelito Issac creo que trabaja contando esas cosas redondas brillantes que no me dejan tocar y que Papi dicen que desaparecen no bien llegan a fin de mes, entonces creo que es algo así como un mago, en todo caso sabe cómo hacerme dormir y eso ya es una gran magia.

Tío Aldo es muy importante porque su trabajo consiste en que muchas personas tengan a tiempo su comida y su bebida. Entiendo cuanta es su responsabilidad porque dicen que es el brazo derecho de su “jefe”. ¡Qué bueno es mi tío al servirle de bracito a otra persona!, a mi me daría mucha tristeza sino contara con mis manitos para agarrar todo lo que tengo al alcance.

Mi tía Susanita es muy especial, porque pinta con colores muy bonitos cuartos y lugares que me imagino después ella también tendrá que hacer, porque mi Mami dice que las personas quedan contentas y viven felices con lo que ella hace.

Ahora me doy cuenta que eso esa es la respuesta que busca mi tío: ser grande es servir a los demás, en ese caso ¡Yo también quiero hacer eso: ser muy grande, siendo el que más sirve! ¿Qué dicen?.

Fue en Semana Santa

negative          El último día que vio Lucas a sus padres fue un Viernes Santo. Ese día, como otros días, se drogó. En esa época las calles paraban llenas de ambulantes que vendían incienso, mirra, cruces, herraduras, caparinas y diana. En los sitios que él conocía se vendía alcohol, cigarros, marihuana, pasta y cocaína. Se llevó de todo un poco para su casa y se intoxicó durante toda la noche.

Al día siguiente, su madre entró a su cuarto, a pesar del olor nauseabundo, no pudo reprimir sentirse dolida y culpable. Amaba a su hijo y concentró todo ese sentimiento besándole la frente y acariciando esa cabeza llena de rulos hirsutos mientras le susurraba algo desde lo profundo de su corazón al oído. Luego, le dejó una nota en la mesa de la cocina indicándole que le preparara el desayuno a su hermanito menor, porque ella y su papá se iban a comprar las cosas de la semana al mercado… fue lo último que le escribió.

Al mediodía, su hermano de seis años lo despertó llorando porque unos hombres estaban tocando fuerte la puerta de la calle y lo asustaron. Cuando les abrió, todavía estaba ebrio de droga, con los ojos legañosos y la conciencia confusa. Al ver a los policías, se le vino a la mente el recuerdo de la vez que se lo llevaron al cepo por tener en su poder 200 gramos de hierba, así que empezó a temblar.

Pero la Policía no venía a llevárselo por drogas, sino se lo llevaban a la Morgue Central para que identificara a sus padres. En medio de su confusión y dolor no atinó a hablar más que para dejar encargado a su hermanito a una vecina. En el camino le contaron que la combi donde viajaban al mercado se estrelló con un taxi, pero que después una camioneta impactó contra la combi en seguidilla. Sus padres murieron allí…

Ya en la cámara fría de la morgue, sacaron de las congeladoras los cuerpos tapados de su padre y su madre. La primera, cuando la destaparon, revelaba un rostro preocupado, con una mueca incierta. Sus labios estaban amoratados y nunca lo volverían a besar, pensó. En su padre, encontró una mueca de tristeza, como si el último pensamiento no fuera de dolor sino de pena. Los brazos musculosos de su padre, que muchas veces lo sostuvieron cuando estaba ebrio, ya no lo harían jamás.

En medio de las sombras de su incertidumbre, firmó los papeles correspondientes, autorizó el trato con una funeraria y se fue a su casa. En el carro empezó a llorar, las nubes de la droga se le disiparon por fin y comprendió la terrible realidad: se había quedado solo, pero no, no sólo él, sino también su hermanito que lo esperaba para recibir la terrible noticia. ¿Cómo explicarle a un niño algo así? ¿cómo decirle que el amor que necesita, el abrazo cuando llorara, cuando sienta hambre, cuando tenga pesadillas y necesite a una persona que lo escuche cuando triste esté, ya no lo estará más?

Los niños son un misterio, a veces, toman las noticias más terribles con la simplicidad de la realidad. Juancito lloró un rato en los brazos de su hermano, pero luego le preguntó si tenía hambre, porque había sobrado algo de los sándwiches de mantequilla que se había preparado. Fueron a la cocina y encontraron la nota de la mamá. Esta vez el que no paró de llorar fue Lucas.

La pelea legal por la tenencia de su hermano fue dura. Lo acusaron de ser drogadicto y sí pues, los análisis revelaron lo imborrable. Así que el pequeño fue a parar a manos de unos tíos paternos, estrictos y duros que no le permitieron verlo. Lucas cayó en depresión profunda y se volcó a las drogas de nuevo. Las noches las pasaba envuelto en el humo nocivo que entraba en sus pulmones, matándolo lentamente mientras trataba de olvidar con cada inhalada el dolor de ser un paria.

Una noche, escuchó una voz que le hablaba en susurros. A la mañana siguiente, el eco de esa voz lo persiguió por la casa. No lo dejó tranquilo. Cuando juntó los soles necesarios para su dosis diaria de droga, se encaminó hacia la Calle del Desengaño, pero algo no se lo permitió, así que dio media vuelta y huyendo no paró de correr hasta llegar a su casa y refugiarse entre las sábanas de su cama para llorar hasta quedarse dormido.

Al día siguiente, empezó por ordenar su cuarto. Sacó los papelitos de periódico de los lugares más inhóspitos, limpió su escritorio, botó papeles, sacó ropa sucia y baldeó el piso. Mientras se oreaba la habitación, barrió y arregló los demás ambientes, la cocina, el cuarto de sus padres, el patio. Lavó su ropa y durmió para luego levantarse y prepararse algo de comer. Recién allí se dio cuenta que no tenía comida fresca. Así que optó por un atún y pan seco. Al otro día, se fue a su trabajo lavando carros para agenciarse unos soles, así lo hizo por tres semanas más hasta que juntó lo necesario para llamar a su hermano, irse donde un pariente lejano para pedirle trabajo y comprar unos regalos para Juancito. El domingo fue a visitarlo y le dejaron verlo por media hora… –¿Estás bien?-, preguntó, -Sí hermanito, pero sólo que te extraño y me da miedo en la noches, mi cuarto es frío-, le contestó el niño con una mirada de aprehensión, -No te preocupes, todo va a cambiar- le prometió y se fue.

Las semanas siguientes fueron una batalla contra su vicio. A veces tenía que encerrarse y tomarse pastillas para dormir. En los centros de rehabilitación, donde lo llevaron sus padres en el pasado, las rejas y los “hermanos” le evitaban escaparse para fumar. Allí, en la soledad de su casa, su voluntad era la carcelera.

A veces recaía y al otro día se levantaba con una cólera que lo dañaba durante días, pero ir a ver a su hermano, limpio y llevando alimentos para poder estar con él unos momentos, lo animaba a continuar. Los tíos veían este cambio en él sin mencionar palabra alguna. Un día conversaron. Le explicaron que Juancito estaba muy inquieto mientras no lo veía, que no reía con ellos y que al parecer, él había dejado el vicio. –En todo caso Lucas, vamos a permitir que te lleves a Juancito los fines de semana, y si sigues como estás, de repente, óyeme bien, de repente puedas quedarte con él-, le dijo su pariente, muy serio y mirándole a los ojos.

Imagínense un despertar a las seis de la mañana de un día de semana: hay que hacer el desayuno, sacar la basura, planchar la ropa para que el escolar vaya al colegio, ir a levantarlo, que se bañe con el agua tibia de una terma comprada con esfuerzo. La mesa limpia tiene panes frescos y mantequilla, mortadela, mermelada. El plato de desayuno tiene arroz con huevos fritos. La taza tiene leche con chocolate. El niño come todo mientras le cuenta al hermano qué hará ese día en el colegio. Cuando se va el niño, el hermano mayor arregla la casa y se va a trabajar contento… ¿Es un sueño? Puede ser, la realidad y la felicidad muchas veces cuando se juntan producen una sensación de irrealidad, pero para Lucas, esta es la rutina de su vida nueva, vida limpia si cabe la forma.

Pero, falta algo. Un día, a tres años de la muerte de sus padres, los dos están en una representación de la Pasión y Muerte de Cristo, allá en el distrito de los Andenes Floridos. Juancito pregunta mucho sobre eso y Lucas trata de responder con lo aprendido en el colegio. De pronto, se acuerda de unas palabras. -¿Sabes lo último que me dijo mamá?-, le dice a su hermanito, -¿Algo sobre mí?-, repregunta el pequeño, -Sí, me dijo al oído que tenía que cuidarte. Se hace un silencio y el viento les susurra nuevas cosas al oído. –Creo que mamá sabía que iba a morir-, le dice el pequeño, con esa madurez que le caracteriza. -Sabes hermano, yo sé que hacías cosas malas, pero ya no. ¿Eso es un milagro?-, pregunta. El hermano mayor medita un momento recordando, -Sí Juancito, creo que eso fue un verdadero milagro- le contesta y se van caminando comiendo sus manzanas acarameladas.

 

Luchar por la tierra

turba

Julio estaba armado con una piedra en la mano y un fierro grueso en la otra. Iba a defender lo que era suyo, un pedazo de tierra de 80 metros cuadrados a los que llegó hace más de 10 años, donde instaló una carpa maltrecha de esteras, plástico y ahora es una casa de adobes con quincha. Allí nació su pequeña Margot, el inquieto Josué y murió la madre de ambos: Jimena. Allí también conoció a Gabriela que tenía tres hijos, con la cual se juntó, casó y la casa tuvo que ampliar.

No es que la felicidad rezumara por los huecos de las paredes y el techo, pero ahí iban bregando contra la pobreza y los caracteres de fuego de ambos. Hasta el día que les anunciaron que los desalojarían porque, al final de cuentas, esos eran terrenos privados y el traficante de terrenos que los representaba había tirado la toalla y se había fugado con lo que pudo de las cuotas de los socios.

-Diez años- pensó en voz alta.

Allí estaban ellos, los de corazas negras y escudos transparentes, como una personificación de alguna mala película de ciencia ficción. Contra ellos iban a pelear.

Por un instante pensó en su familia compuesta, a salvo de la violencia que se desencadenaría en esos instantes. Estaban en casa de unos parientes, aunque Gabriela quiso estar con él en esos momentos, la convenció de mejor quedarse con los chicos.

-Puta mare, no me despedí- dijo de nuevo en voz alta.

Su vecino Mateo, a su lado, lo miró con ojos inmisericordes. Todos estaban como en éxtasis zombi, alelados por lo que se venía, ninguno tenía tiempo para ridiculeces como esa, pensó para sí Mateo.

Cuando se terminaron los diálogos a gritos entre usurpadores y las fuerzas del orden, se adelantaron los sicarios contratados por el dueño del terreno, corrían blandiendo sables, machetes, lanzaron piedras. Los socios de la cooperativa esperaron hasta que llegaran a un punto convenido y le prendieron fuego al rastro de petróleo que se había preparado. Eso detuvo a la turba, pero no contaron con los camiones portratropa de los efectivos policiales que atravesaron el muro de llamas y bajaron de ellos los oficiales blandiendo las vergadeburro por encima de sus cabezas.

Cuando empezaron los choques, la sangre a explotar contra la ropa y los primeros caídos por las balas de goma y las bombas lacrimógenas, Julio comprendió que no había marcha atrás. Podría correr. Sí. Pero no lo haría, demasiado que ganar, demasiado que perder. Arrojó su piedra con furia y, levantando un fierro grueso de construcción, se lanzó al ataque.

 

Clamor del padre

Un nuevo poema en Sarkadria

Sarkadria

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Devuélveme el cuerpo de mi hijo, Rey de los Mares…

Cada mañana vuelvo a herir tu cuerpo con el remo de mi barca

Cada mañana recuerdo cuando se fue a buscar la pesca del día

Cada mañana me hiero el alma pensando que yo debí ir en vez de él

Devuélveme el cuerpo de mi hijo, Rey de los Mares…

Déjame que lave su cuerpo con hierbas                    

Que limpie su faz de las rémoras de mar

Que ponga en sus ojos dos monedas de cobre

Que lo envuelva en mi mejor manto y lo entregue al llorar de su madre

Devuélveme el cuerpo de mi hijo, Rey de los Mares

Era un niño de ojos de estrellas

Con la mirada descubría el atún en su gloria

Contemplaba el ocaso en tu lomo con una manzana en la mano

Se dormía en mi regazo cuando le contaba de la furia de…

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El misterio de las lágrimas

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Mamita cuenta una cosa interesante: cuando mi Papá se enteró que yo crecía en su interior, sus ojos se le llenaron de lágrimas. Nunca me cuenta si fueron de alegría o tristeza, solo termina el cuento con las lágrimas.

Yo ya conozco esas gotas que resbalan de mis ojitos y caen en mi boca. Son saladitas y no me gustan a pesar de eso. Las suelto cuando estoy triste, cuando me incomoda el pañal, o me da hambre y no se apuran con el tetero.

Quisiera preguntarle a mi Mami si Papi lloró por estar triste de que yo viniera…

No podría creer eso, porque, aquí entre nosotros, cuando ya empecé a crecer en la pancita de mi mamá y empecé también a sentir cosas, la voz de Papi siempre era alegre cuando se dirigía a mí. Era como un momento de calma para mi corazón, porque empezaba a comprender que era eso de mi lindo chiquitín, mi mejor regalo, mi hijito querido. Son palabras que pueden sonar raras y hasta aburridas, pero para mí, eran la mejor melodía, eran como estar con la pancita llena, como cuando en la noche, mi mamá se acomodaba y me daba calor extra con las mantitas y las frazadas.

Quiero saber porqué lloró mi papá.

Sé que a veces no debe ser fácil para él ir a trabajar, llegar cansado y jugar conmigo, pero en ese tiempo yo era chiquitititísimo, era un pedacito de cielo como dice abuelito Issac, no daba preocupaciones, eso creo yo.

No quiero ponerme triste porque empiezo a llorar.

A veces siento unas ganas de decirle a mi Papá que no me importa si tuvo miedo o se puso triste por mi venida a este mundo, porque sé que me ama mucho y me lo demuestra cada día que se esfuerza por comprarme mi leche, cambiarme mi pañal o hacerme dormir cuando estoy molestoso.

¡Hace un rato vino Mamá y me contó un secreto!. Ella estaba con los ojos llorosos pero se le veía contenta, me dijo que mi Papá había conseguido un trabajo deseado por mucho tiempo. Me contó que estaba feliz por él y que no me preocupara por sus lágrimas, (porque cuando me decía eso ya estaba empezando a ponerme inquieto y preocupado). Ella me aseguro que sus lágrimas eran de alegría. ALEGRÍA. ¡Eso es!, por eso mi Papi lloró cuando se enteró que iba a nacer.

¡Qué bueno es saber que las lágrimas también sirven para expresar felicidad!.

Aunque ahorita mismo voy a empezar a llorar de incomodidad para que me cambien el pañal, jijiji, que puedo hacer, hay que sufrir un poquito para llegar a la tranquilidad después creo yo.

En la ceremonia

confirmacion

La ceremonia se cumpliría en la capilla del colegio contiguo al albergue donde vivía la adolescente junto con otras 20 chicas. Su vestido era de color crema, cortado a la mitad en la cintura por una fajita color granate, sus zapatos eran plateados, su cabeza estaba adornada por una diadema de flores de diamantes de imitación, sus manos no paraban de sudar de la emoción. Ese día sería bautizada, haría su Primera Comunión y Confirmación. El mismo obispo del lugar presidiría la ceremonia, porque conocía de mucho a los fundadores de la obra.

Aún con el nerviosismo, aguantó las ganas de gritar durante la ceremonia. El agua recorrió sus azabaches cabellos. La cruz de aceite en su frente, la promesa de que nunca estaría sola al momento de recibir la Comunión, serían momentos que la acompañarían siempre.

Luego del Padrenuestro correspondiente, llegó el momento de la paz. Abrazó a uno y otros, a sus compañeras al igual que ella, rescatadas todas de la violencia en pueblos de la sierra, con historias demasiado fuertes para que cualquiera pudiera oírlas sin llorar. Hermanas la final en su camino hacia la curación y la paz.

Al momento de voltear hacia otro costado para abrazar a otra de sus hermanas, se encontró frente a frente con el rostro de su padre.

-Hijita, ayer he salido, yo pagué todo, hijita yo ya entendí que estuvo mal, muy mal, no entendía, por favor, ya pagué mi culpa, yo ahora entiendo… yo quiero que me perdones…

Nada alrededor respiró por más de cinco segundos, los cuales pasaron lentamente mientras algunos tomaban conciencia de quién era ese hombre devastado por el peso de los barrotes, que había llegado hasta la banca donde se encontraban las niñas, eludiendo toda seguridad.

Antes que pudieran reaccionar lo hizo la adolescente, abrazó a su padre y al oído le dio el perdón que anhelaba pero también le pidió que la dejara ir, que volviera a su casa, allá en el pueblo, a tratar de recuperar el tiempo perdido, que ella estaba bien donde estaba, que ya hablarían alguna vez.

El hombre terminó de besar en la mejilla a su hija y salió, aún con la vergüenza del que se sabe malmirado, pero contento hasta las lágrimas.

Todo siguió normal. La ceremonia terminó con aplausos, el obispo partió la torta llena de manjar blanco y el corazón de la ahora confirmada, por fin sonrió con paz.

¿Contagios a mi?… nada que ver

Travieso

Ser bebé es algo realmente maravilloso, la mejor experiencia de mi vida, bueno, la verdad que es la única hasta el momento, pero la disfruto un montón. Hay que ver como uno extiende las manitas hacia alguien y este reacciona abrazándolo a uno que da gusto.

Pero el otro día me quedé con ganas de que mi tío Manuel me abrazara. Vino a casa, conversó con Papá, pero nada de hacerme caso, ni siquiera un poquito. La verdad me he quedado un poco preocupado. Y es que es tan raro no sentir ganas de abrazarme, jijiji, bueno a veces resulto ser muy molestoso, lo acepto, pero es raro que mi tío no me cargara siquiera para hacerme reír con sus pelos parados.

Lo noté preocupado el otro día a mi Papi por mi tío Manuel. Conversando con Mami, le contó que tenía una yaya en la piel y que por eso andaba triste. Cuando dijeron que no era “contagiosa”, debo de haber puesto una cara rara, ya que Papi me explicó, como siempre hace, que eso significaba que no había problema si me cargaba o me besaba.

Mami preguntó el porqué no quería entonces acercarse a los demás y por supuesto pensé en porqué no quería cargarme. Papá nos explicó que era porque tenía “vergüenza”…

Esa palabra no me gusta, la he relacionado con cosas más feas, como cuando en la caja de colores aparece alguien que ha tomado lo que no es suyo y lo atrapan los policías, él siente vergüenza. Entonces no creo que mi tío deba sentir “vergüenza” si no tiene la culpa de que le salgan esas cosas en la piel.

¿O será porque no se baña mi tiito?

Jijiji, con lo rico que es bañarse estar limpiecito, sin esa sensación fea en la espaldita que te molesta, como que se te pega la ropa, ¡Uuuuhhggggg!!!. No, no creo que sea por eso que tenga cosas feítas mi tío.

¿A que no saben?, el otro día llego mi tío Manuel y estaba triste conversando con mi Papá. En eso  mi Papi empezó a hablarle a ese aparato que tanto le gusta cargar en el bolsillo y le pidió a mi tío que me cargara, pero este movió la cabeza y mi Papá me tuvo  que dejar en mi cuna. Mi tío se quedó parado a un costado mirándome, entonces hice mi número especial: primero empecé a extender mi brazos hacia él y le dije que lo quería mucho y que no me importaba si tenía cositas en la piel, pues sabía que si me abrazaba no me iba a pasar nada malo y finalicé con una de mis mejores sonrisas.

Por supuesto que no pudo resistirse, me abrazó y cargó un buen rato. ¡La sonrisa le volvió al rostro! , y les apuesto que, después de eso, esas cositas malosas se le desaparecieron, porque como dice mi Mamá, no hay nada que no arregle un abrazo.

¡A ver quién se apunta a seguir cargándome que soy mejor que la aspirina!, jejejeje.

Consecuencias

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Cada día es un pesar. Andar vagando entre la bruma de tu recuerdo me hace menos humano que antes y más liviano. Intento a cada instante atrapar las miradas de tus días, pero no puedo. Sé que piensas que soy un fantasma, un espíritu que ronda la propiedad de tu cuerpo, si supieras que solo soy el triste hombre que te ama hasta la locura y solo tiene al alcance de mis atadas manos tus  fotos, que los carceleros dejaron pegadas a la pared para que recuerde. Nada justificará mis actos. Nada justificará lo que pasó. Y sí. Al final soy el fantasma de aquel que te atropelló estando ebrio, sin darse cuenta hasta el otro día que eras la mujer destinada para mí y a la cual hubiera conocido, saludado, enamorado, de haber estado sobrio.

Corazón de Padre

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Fueron las tres de la mañana cuando escucharon los disparos. Tobías salió corriendo hacia la calle, para encontrar a su único hijo tirado, desangrándose en la calle. La sangre brotaba como una flor de clavel en el pecho desnudo del adolescente de 17 años y los asaltantes ya estaban lejos de la justicia popular.

Un vecino puso el carro, otro lo ayudó a ponerlo en el asiento de atrás, uno más se puso en el asiento para sostener la cabeza del herido y otro entregó lo que logró juntar de dinero entre los presentes. Tobías agradeció con la mirada a todos y se fue a tratar de salvar a su hijo.

La historia es común en este barrio, para qué entraríamos en detalles. De repente lo diferente es que en vez que Tobías fuera el que se fuera de la casa, fue la Estrella la que se cansó de la pobreza y lo dejó con un bebé de un año y medio en los brazos. Fue un buen padre. Educó bien al chico. Cuando terminó el colegio, Jesús, como se llama el muchacho, se puso a trabajar en un Call Center  de noche para poderse pagar la academia preuniversitaria. Llegaba todos los días a las tres de la madrugada y encontraba siempre despierto a Tobías que no pegaba el sueño, rumiando el sueldo de obrero que sacaba por las 10 horas al día que trabajaba y que no alcanzaba al final para cumplir el sueño de Jesús de ser médico. Ese trabajo del muchacho era importante y les permitía ahorrar.

Lo demás ya lo sabemos todos, pero nos cuesta creer lo que pasó: llegaron al hospital y encontraron a “Cigueño” de turno, ese era el mejor cirujano de la ciudad, bueno, eso por orgullo lo decimos, porque también salió del barrio y era la inspiración de Jesús en sus anhelos de ser “matasanos”. “Cigueño” le pusimos porque atiende a nuestras mujeres gratis cuando van a dar a luz, muchas no tienen ni Seguro para eso, así que él corre con todos los trámites.

Cuando examinó a Jesús, salió a decirle al padre que el corazón del muchacho estaba comprometido y que no era posible salvarlo, a menos que se le trasplantara otro corazón y no le iba a dar tiempo siquiera el pedirlo a urgencias en el Central. “Qué necesitaría ese corazón”, le preguntó Tobías. “Que sea de la misma sangre que Jesús y que esté sano, entre otras cosas, pero es imposible Tobías”, respondió el médico. Lo que no esperaba nadie es que Tobías sacara su cuchilla de cortar cables y se rebanara el cuello, no sin antes decirle al doctor que usara su corazón para salvar a su hijo.

Dicen que eso se le ocurrió al Tobías porque vio una película donde un padre igual trató de matarse para darle el corazón a su hijo, dicen que no vio nada el Tobías y lo hizo de puro macho y por el gran amor que le tenía a su hijo. Yo no sé al final cómo se le ocurrió la idea, porque debe haberle tenido una fe inmensa al “Cigueño” para que lo haga y debió estar seguro que su corazón calzaría en vez del de su hijo. No sé, como dije, lo que al final pasó por su cabeza. Pero lo que sí sabemos es que Jesús ahora va por su tercer año de Medicina, trabaja junto al “Cigueño” en su consultorio particular y es un buen chico, como siempre deseo su Padre, el Gran Tobías.

Para los que aun no se convencen que un padre debe estar siempre allí, va la siguiente canción: 

https://www.youtube.com/watch?v=oiKj0Z_Xnjc

Historias del Peregrino: Los idiotas

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El pequeño corría por las calles del pueblo buscando a quién esperaba pudiera ayudarle.

-¡Peregrino!, dónde estás por favor-, clamaba.

-¿Qué pasa pequeño?, porqué gritas en una mañana tan calurosa-, dijo el anciano, apareciendo del fondo de un callejón.

El desesperado buscador explicó a su amigo que en la plaza del pueblo, estaban unos muchachos de la ciudad molestando al Chupe, un joven con retardo mental, conocido por todos.

-No están los mayores, ni siquiera Don Hermenegildo que podría defenderlo, están en el campo en una faena, solo tú puedes ayudarlo, por favor.

-El anciano se enderezó y, apretando la mano en su inseparable bastón, intentó seguirle el paso al pequeño.

El Chupe ganó su apodo porque era la única comida que le gustaba, cualquiera que fuera el caldo grueso que le presentaran, el lo devoraba sin más. Era hijo de Nélida, una joven abandonada a su suerte que, a consecuencia del terrorismo, llegó a la zona por la década pasada. Trabajaba en la hospedería de Don Hermenegildo, hasta que un obrero de paso, que vino con los de la Sociedad Eléctrica, la embarazó y se fue sin más.

Durante el parto, que fue muy difícil, las caderas de la pobre muchacha apretaron la cabeza de su bebé y no terminó de llegar aire al cerebro. Pero con todo, ella lo crió como a su más preciado tesoro. El Chupe era en todo normal, solo que no llegó nunca a comprender más allá que los abrazos de su madre y el no meterse en problemas.

¿Cómo habría logrado salir de su casa?, era lo que se preguntaba el Peregrino mientras a lo lejos ya vislumbraba los cedros de la plaza. Podía también escuchar los gritos que daba el Chupe.

Cuando llegaron con el pequeño, vieron como cuatro jóvenes, claramente fuereños, se empujaban mutuamente al Chupe.

-Míralos Peregrino, son unos salvajes, agárralos a bastonazos, tú eres fuerte, te he visto como volteabas el otro día al toro del Señor Grimaneso sin siquiera sudar, por favor dales su merecido-, clamaba el pequeño.

El Peregrino acarició la cabeza llena de rulos hirsutos y, avanzando, empezó a toser.

Los muchachos pararon su violento juego y, viendo al anciano haraposo acercarse, se miraron, dirigiéndose guiños como diciendo: -Ahí viene una nueva víctima.

-En un día tan caluroso, unos jóvenes de tan buena pinta, no entiendo cómo se entretienen maltratando a un pobre muchacho, deberían irse a los Baños de Tinzo a refrescarse, de repente encuentren buena compañía ahí.

-No queremos bañarnos viejo entrometido, lo que queremos es seguir jugando con este idiota, así que largo de aquí si no quieres que te cambiemos de lugar con él.

El Peregrino midió a quién así habló. Era alto y musculoso, típico de aquellos que cultivan la carne antes que otra cosa. Los demás compañeros suyos eran también fortachones y fijo que lo que realmente buscaban era pelearse con alguien, como para dar el mensaje que: “hemos llegado y mandamos desde ahora aquí”.

Sin mayores respuestas, se sentó y desde su nueva posición dijo: Le has llamado idiota al muchacho, debe ser porque no ha podido contestarles como ustedes hubieran querido, ustedes por supuesto son más inteligentes que él, o así lo creen ¿no?.

-Por supuesto viejo entrometido, los cuatro estamos en la Universidad más cara de la ciudad, y si preguntas a cualquiera deberás saber que soy el hijo de Eusebio Díaz del Puente.

-Debe ser por eso que tu rostro se me hacía conocido, pero me dices que eres muy inteligente, más seguro que cualquiera de los presentes, entonces no te molestará que te haga una pregunta.

-Claro que no vejete, pero sabrás que al responderla nos divertiremos ahora contigo, ya que este tarado ya nos aburrió.

-Bueno, bueno, la pregunta es sencilla: ¿De qué color es la noche?.

-Jajajajaja, viejo idiota, es negra pues, que pregunta para más tonta haces.

-Pues te equivocaste amigo, la noche en sí no tiene color, ya que lo que llamamos noche, es la ausencia del sol, de la luz, lo cual es obscuridad, la cual no tiene color.

Los jóvenes se quedaron un rato pensando, comprendieron que el anciano tenía razón. Su líder, sin embargo, se puso furioso y avanzó contra el Peregrino, quién no se inmutó, al contrario, lo único que hizo cuando el grandulón iba a cogerlo, fue hacerse a un lado y con el bastón empujar suavemente el cuerpo del muchacho que ya de por sí se inclinó para atraparlo y continuar su camino hacia el suelo, lamentablemente, el apoyo donde se había sentado el Peregrino eran unas cercas hechas de fierros en forma de arco que se entrecruzaba, la cabeza del joven quedó atrapado en uno de estos arcos.

Mientras sus amigos corrieron a ayudarlo, el peregrino, el pequeño y el Chupe se alejaron de allí. Al llegar a la casa del joven con capacidades especiales, vieron que su madre había, por un descuido, dejado sin tranca la puerta.

El Peregrino dedujo que, al encontrar la salida despejada, el Chupe fue al lugar que más le gustaba en el mundo: la plaza, la cual visitaba junto con su madre los domingos por la tarde, después de la Misa, donde se encontraba con otros chicos del pueblo, con los cuales jugaba y se divertía.

-Peregrino ahora te van a buscar esos chicos, si es cierto que es el hijo de quién ya tu sabes, te has ganado un gran enemigo.

-No te preocupes mi pequeño amigo, dicen que el mayor de los idiotas es quien quiere creer que tiene enemigos, cuando lo que tiene son amigos en potencia, solo que ellos no lo saben, pero, porsiacaso, tendré cuidado, solo para que estés tranquilo, ahora vete tú también porque deben andarnos buscando.

Mientras se iba corriendo su amiguito, el Peregrino se despidió del Chupe, y se fue silbando una vieja canción sobre el tener un millón de amigos.

Anticipando los titulares

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Yo era de tomar cerveza fría y rubia, ella prefería una cerveza negra. No se me malinterprete, no éramos alcohólicos, solo dos náufragos en las tardes después del trabajo, tratando de bregar camino a casa, pero resistiéndonos a llegar, sabedores aún de los dramas que nos esperaban a cada cual. Tampoco éramos amantes, propiamente dicho, es que nunca nos besamos, nunca nos tocamos, nunca nos complementamos en ningún hotel barato. Solo nos quedábamos a charlar los viernes, frente a dos botellas que parecían nunca pasar de la mitad y nos mirábamos lentamente a veces, dejando que la imaginación dirigiera los anhelos.

Era solo ese día. Con cualquier excusa, mayormente la del trabajo, demorábamos el tiempo laboral para permitirnos adentrarnos en el mundo que no conocían nuestras parejas. Puede que para mí eso siempre fueran conversaciones e imaginación, como recordarán en las entrevistas en medios, yo soy tímido.

Pero ella no. Por eso creo que la inocencia del after office que nos metíamos entre pecho y espalda esos viernes, se le convirtió en la tabla de salvación real en un matrimonio irreal, junto a un banquero ocupado en posicionarse, el cual la necesitaba solamente en las cenas de caridad, en los eventos en los que hay que lucir un par de piernas y escote al lado. Ni siquiera, o eso quiero creer, la necesitaba en la cama, como ella me afirmaba.

Hay momentos en que dudo realmente en todo lo que me dijo, pero, después pienso: ¿Porqué me mentiría? Claro, muchos dirán que justamente para provocar eso que llaman: “lástima emocional”, que genera en los hombres el interés de convertirse en salvadores de damiselas en peligro. A mí me pasó desapercibida esa estratagema de haber existido. Al contrario, pienso que ella sentía que podía confiar en mi y yo valoraba eso como para mezclarlo con sórdidas proposiciones. De otra manera no me explico cómo me llamó esa tarde, desesperada, diciéndome que nada tenía sentido, que él le había pedido el divorcio y ella iba a quedarse sola. La animé de mil formas, pero estaba realmente deprimida, al final, él realmente era su mundo…

Luego, el correr como bólido a través de las calles de la ciudad para llegar justo cuando ella saltaba hacia la nada en el Puente de Fierro. Los policías me encontraron allí, musitando incoherencias y me llevaron preso y después las cámaras, los flashes, las portadas en los periódicos y mis torpes intentos de remediar lo que no necesitaba remediarse.

Claro, mi familia creía en mí, pero no mi esposa, aún más cuando traté de explicarle lo de los viernes. Terminé viviendo en una pensión. No me despidieron del trabajo por razones que desconozco al final, pero sí me mandaron a revisar correspondencia, por el mismo sueldo.

Han pasado los años y nadie se acuerda de la suicida del Puente, supongo que los accidentes de tránsito, otros suicidas, asesinatos, acaparan la mente de todos y los hace olvidarse de este funcionario, acusado en su oportunidad de haber empujado a su amante en una pelea sentimental, hacia las aguas contaminadas del Chili.

Por eso les escribo a ustedes, los nuevos encargados del diario, en especial de la sección policial, para que sepan que si me voy a tirar del Puente esta tarde, no es porque el escándalo me persiguió y destruyó mi vida, por favor no pongan eso, ni cosas por el estilo. La verdad es que simplemente, después de tantos años, me he dado cuenta de que la extraño, más de lo que alguna vez pensé.   

 

Historias del peregrino: Y un día volvió

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La mañana en que el Peregrino entró en el pueblo, hubo una tormenta de arena, como en muchos años no hubo. Algunos pensaron que esa extraña figura que atravesó la Plaza de Armas fue traída por el viento, como un fantasma más de esos que el calor hace alucinar a veces, pero, cuando el polvo se asentó, la figura polvorienta aún estaba allí. Un par de viejos que salieron de sus casas se le quedaron viendo, recordando quizás a alguien a quién el mismo viento se llevó hace años.

Al otro día lo vieron deambular por el mercado, con su ropa raída, su sombrero de paja desgarrado y su bastón de palo de iscayante. Para el final del día, en la tienda de doña Hermilda se comentaba que había ayudado, por un plato de comida, a cargar bultos para la Comercial de don Ismógenes.

-Debe ser uno de esos que vende cebo de culebra-, opinó la dueña de la tienda a los vecinos acomodados en la barra.

En los días siguientes, siguieron comentando la presencia de ese nuevo visitante que, por lo visto, iba a quedarse. Una de esas tarde, don Alejo, ya gastado en años y con la mirada algo nublada por las cataratas, mencionó a media voz que le parecía conocida su cara, como si la hubiera visto hace muchos años, pero más joven, más fresca en todo caso, dijo. Nadie le hizo caso.

Los niños juegan en la plaza cada tarde a que el mundo es suyo. Con diferentes matices, sus correrías alegran el silencio sepulcral que invade las casas en el pueblo. Uno de los pequeños, hijo de María, la lavandera, divisa al Peregrino, sentado en una de las bancas, con la vista perdida en el horizonte, mientras sus labios se mueven sin emitir sonido.

La curiosidad es buena para darse sorpresas desagradables, pero a veces sirve para hacer amigos.

-¿Qué miras?-, pregunta el pequeño Eduardo.

-La obra de arte de un gran amigo mío-, responde el Peregrino, aunque en ese momento nadie aún le puso ese sobrenombre.

-Pero yo no veo nada-, replica el niño, tratando de ver en el horizonte la supuesta obra de arte.

-¿Ves los colores en ese atardecer?-

-Sí, pero así son todos los días-

-Fíjate bien-

El niño descubre, prestando un poco más de atención, que los colores cambiaban lentamente, desde el anaranjado tenue hasta el rojo más profundo. Quedó encantado con lo que vio y preguntó:

-¿Tu amigo pintó el atardecer?-

-Lo creó más bien. Pero para hacerlo por supuesto que primero hizo un buen trabajo de composición de colores y matices. Verás, mi amigo es un gran artista, él pintó y dibujó todo en el Universo-, respondió el viejo, levantándose porque ya la obscuridad se apoderaba del cielo.

-¿Y qué murmurabas mientras veías el horizonte?-, pregunto el pequeño.

-Le decía gracias por no faltar a nuestra cita de las tardes y mostrarme su nueva versión del atardecer-.

El pequeño se sentía confundido y objeto de una broma, pero no sabía cómo expresarlo, así que dando la media vuelta se alejó rumbo a su casa.

Esa noche, antes de dormir, recordó el espectáculo que contempló esta tarde y recordó también unas frases que le parecieron bien como agradecimiento: Ángel de la guarda, dulce compañía…

Una pequeña crónica de Navidad

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Eran los primeros días de diciembre y tenía el Papá las prisas de compras navideñas. La Mamá estaba atenta a cuanta oferta hubiera y los pequeños de la casa, ansiaban que pasara rápido el mes para llegar a ese 25, por la mañana, y desenvolver los regalos.

Cerca de la casa vivía una madre y su pequeño hijo, el cual sabían los vecinos, padecía de un pequeño retraso mental. Muchas veces habrían tratado de ignorar el drama de la vecina. No había maldad en ese acto, solo un poco de miedo de no saber cómo ayudar o qué decir.

Nadie recuerda bien quién, en medio de la cena faltando dos días para la Navidad, se le ocurrió la idea. Al principio hubo dudas, pero, en el ambiente de fiesta que había, se acordó invitar a esa madre y su pequeño a pasar la Nochebuena en casa. Al llevarle la invitación, el Papá esperaba una negativa. La sorpresa fue grande al ser aceptada con alegría la invitación.

Fue una velada alegre y feliz para todos. Los pequeños, al terminar la rica comida, le regalaron al pequeño varios juguetes y los papás a la madre le dieron un paquete con cosas útiles y necesarias. La clave, para que todos se sintieran contentos, no fueron los regalos o los potajes, sino el respeto por el otro, saliendo a su encuentro de manera amable, haciéndole sentir que era importante su presencia, única e irrepetible.

La amistad entre las dos familias se ha fortalecido con los años y esta Navidad, seguro que sí, nuevamente compartirán la mesa, en la noche en que el Salvador llegará para alegrar los corazones de todos…

(Gracias a todos los fieles seguidores de este blog, esperamos fervientemente poder continuar llevándoles más crónicas urbanas el 2014, saludos y felices fiestas!!!!!!)

Ni un golpe más

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Unos gritos desaforados nos despertaron esa noche. Corriendo, mi esposa se dirigió a la ventana de la sala, que da a la calle, y me llamó de urgencia. La vecina de al lado, aquella que hace pocos meses diera a luz a un pequeño, huía despavorida con el bebé en brazos, gritando por ayuda, con rumbo a la esquina. En la puerta de su casa, estaba su conviviente, con el torso desnudo y blandiendo una correa. Estaba por bajar a auxiliar a la mujer, cuando mi esposa me avisó que había logrado parar un taxi y embarcándose en él, desapareció. El drama aún no terminaba. El vecino, en ya evidente estado de diablos azules, reingresó a la casa y, gritando, arrinconó en el patio trasero a su padre, propinándole correazo tras correazo, mientras la madre del susodicho trataba de frenarlo. Luego, la tranquilidad de la noche lo abarcó todo. Con mi esposa ya no supimos más que hacer, todo pasó tan rápido, que ni tiempo para llamar a serenazgo o la policía.

Al día siguiente, al escuchar ruidos fuera de casa, salimos nuevamente en versión espía, a mirar por las cortinas. Vimos al papá de la chica, llegar con ella desde el parque, por donde está la comisaría del distrito. Un papel en la mano. A los pocos minutos las cosas se fueron acumulando fuera de la casa: una cuna, un televisor, una cómoda, un carrito con packs de leche, sacos de ropa. Mi esposa estaba llorando. Traté de consolarla, diciéndole que era lo mejor para la muchacha.

-No lloro por que se separé de ese imbécil, lloro porque ella es una mujer valiente y estoy alegre por eso, porque acabó su pesadilla.

 

La Doña de los ovarios bien puestos

ImagenEsa anciana arremetió contra el Presidente de la República a cachetada limpia sin que pudieran hacer mucho los agentes de seguridad. Fue casi de inmediato declarada heroína, en especial cuando los medios captaron la frase que la volvería famosa mientras se la llevaban los de Inteligencia de Estado: “Quieres que me muera sin darme mis pastillas, pero no te voy a dejar ridículo hombrecito, he enterrado a más presidentes con más huevos que tú ¡Y sigo viva!, recuérdalo”.

Podía decir lo que quisiera después, eso no se lo concedía la edad, pero sí que lograra indirectamente que se suspendiera la huelga médica y se invirtiera 1000 millones en el presupuesto anual para la seguridad social en equipos y mejoras para los pacientes a nivel nacional.  

Fueron meses de locura. Por ejemplo, a la mitad de la entrevista con el famoso periodista de la CNN, no pudo dejar de decir. “Si hubiera sabido que una cachetada podía cambiar algo, te aseguro que se la zampaba a José Pardo y Barreda para que no fuera tan cobarde”. Un observador crítico la hubiera corregido por el tema de edad y fechas, pero, era tan graciosa la Doña (como se la conocía), que la dejaron ser.

Hasta empezaron a twitear frases animándola a lanzarse como congresista mínimo y ni hablar de los memes.

Cuando falleció hace dos meses con el corazón abarrotado de emociones y reconocimientos, el periodista que por fin halló el dato perdido de su verdadera edad, tuvo algo de decencia y quemó el papel original. Y es que algunas personas merecen que se les guarde un secreto coqueto, decía el susodicho, mientras todos en la sala de redacción recordábamos las hazañas de la anciana que tuvo el valor (y los ovarios decían muchos) de hacer algo concreto para sacudir a un gobierno que se presentaba totalmente incapaz.

Lo que tememos todos es que no haya más nadie con ese valor de decir las cosas y eso sí nos hace temblar.  

El niño de la guerra

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Hace algunos días el niño supo qué era la muerte. Velaron a su padre en medio de llantos desenfrenados allí en Al Qasser. ¿Dónde queda Homs?, allí lo asesinaron. ¿Dónde queda Damasco?. Esa era su pregunta constante y nadie le hizo caso. Los asesinos de su padre estaban en esa ciudad. No lloró durante todo el velorio y el entierro posterior.

Antes de irse esa mañana el padre le dio una cachetada en la mejilla porque estaba llorando, luego le enjuagó las lágrimas y le acomodó los rizos. Dos días después la noticia de su muerte cayó como una bomba en su casa. Ahora avanza por el camino hacia Damasco. Por lo menos por donde cree que llegará. Tiene cruzada a la espalda una escopeta de retrocarga, una ametralladora corta en la mano derecha, ambas de juguete. En la mano izquierda sostiene libros de su escuela con el mapa de su país.

Lo encontraron dos semanas después. La bala que lo atravesó no era rebelde ni del gobierno, era estadounidense.

 

 

Un sueño de papel y caña

ImagenLlegó agosto y en la ciudad los vientos empezaban a arreciar.  –Constrúyeme una cometa papá-, pidió la niña. -Este fin de semana-, le prometió sin convicción el padre, mientras pensaba en cómo hacer para llegar sin deudas a fin de mes. Desde que su esposa muriera se complicaba la vida para ellos. Había tomado la difícil decisión, contra los consejos mayoritarios, de aceptar un trabajo de medio tiempo para atender a su pequeña y estar en casa cuando ella llegara de la escuela. Pero le estaba pasando factura el esfuerzo. Los gastos eran muchos y el dinero escaseaba.

Llegado el fin de semana la niña le pidió hacer la cometa. –Lo siento hija, no tengo plata para comprar los materiales. –No te preocupes papaíto, con lo de mis propinas compré el papel y las cañitas, podemos hacer engrudo con un poco de harina y listo, porfis. Derrotado ante tal argumento, el papá se dispuso a confeccionar el delicado artefacto volador. Decidieron hacerlo en forma de rombo, como cola le ataron retazos de un viejo mantel. Unos cuantos soles extraídos del bolsillo del padre solucionaron lo del carrete de pabilo.

Al día siguiente, domingo por la tarde, salieron al parque a volar el artificio de papel y caña. El poco viento no elevaba la cometa y la niña estaba muy triste ante los frustrados intentos. El papá estaba algo incómodo por el tiempo empleado y quería volver a casa para seguir trabajando en algunos pendientes. –Papá una vez más por favor, es importante que la cometa llegue muy muy alto-. -¿Porqué hijita, el próximo domingo lo haremos?.  – No, porfis, tiene que ser hoy.  –Pero hijita comprende no sopla el viento y se me hace tarde. –Papito tiene que ser hoy, porque mañana de repente decides volver a trabajar todo el día y no te veré ni los fines de semana y necesito que la cometa llegue alto para que la vea mamá desde el cielo y se acuerde de nosotros y… de repente nos envía algo de ayuda para que la platita nos alcance y no tengas que dejarme sola de nuevo en las tardes…

El silencio se extendió por todo el lugar. Miles de preguntas empezaron a surgir en la mente del padre. No dijo nada más, le dio el carrete a la pequeña y empezó a correr con la cometa, a determinada distancia la soltó y entonces se elevó por los aires, volvió donde su hija, pero no agarró el carrete, dejó que ella lo maneje, indicándole suavemente de vez en cuando que hacer para que no cabecee tanto, para que se vuelva a elevar, así, hasta que agarró impulso y era un punto casi irreconocible en el cielo. Al regresar a casa una determinación se fortalecía en el corazón del padre, una seguridad se anidaba en el alma de la niña y hasta el horizonte parecía que les sonreía. 

Correr con mi hijo en brazos

correr con mi hijo en brazos

Sigo esperando la muerte como quién espera a una vieja amiga con la cual vamos a saldar cuentas.

Esa mañana, no era diferente a ninguna otra. Quisiera recordar algo que me indicara qué iba a pasar, no sé, como que si se hubiera caído la rama de algún árbol en el barrio o percatarme del canto de un pájaro de mal agüero. Nada en mi memoria, solo que le grité a Juancito por no cambiarse rápido para salir a comprar las cosas que faltaban para la tienda de piñatería que teníamos en el barrio. Le grité, eso sí lo recuerdo como si ahorita mismo estuviera de nuevo zarandeándolo para que vaya a su cuarto por la chompa que se había olvidado. Le grité. Qué curioso lo que podemos recordar y lo que olvidamos ¿No?.

Porque no recuerdo qué desayunamos ese día, de haberlo hecho, de repente me explicaba por qué después de comprar las cartulinas para las cajas de sorpresa en la imprenta en la avenida Zorritos, me dieron ganas de comer algo. Le pregunté a Juancito si tenía hambre y me dijo que “No”. Seguro estaba algo enojado por cómo lo había tratado. Pero yo tenía hambre o, seguro también, quería comprarle algo para olvidar lo de la mañana. Quisiera recordar ese desayuno, qué nos dijimos o si algo había allí que me dijera o alertara por lo que venía.

Seguimos por la avenida rumbo a la estación de Quilca del Metropolitano para regresar a casa y allí, en un pequeño puesto de comidas, me detuve y le pedí una empanada de queso, porque le gustaban mucho. Su mamá, cuando vivía con nosotros, preparaba esas empanadas los fines de semana para vender a la salida de la parroquia, con gaseosas y sánguches de pollo. Juancito se animó algo con la comida, de repente la recordaba.

Allí fue.

Nunca supe nada de ellos, de esos bastardos. Lo único que quería era tomar y tomar. Hasta que el Pepelucho, que estudiaba para abogado, me dijo que, como yo no había hecho mucho para pedir justicia, los dos miserables iban a salir en menos de seis meses, con libertad condicional. La noticia me cayó como balde de agua fría que me hizo despertar. Lo primero que le pedí es que me viera, por favor, como andaba el caso y que me averiguara los nombres y todo lo que pudiera de ellos. No sabía que iba a hacer realmente. Yo nunca fui un hombre valiente, no me explicó cómo al final del día, después de vender el televisor que me quedaba y otras vainas más, tenía en manos un revolver calibre treinta y ocho.

El peso de un niño

Un niño no pesa mucho, si tiene 11 como mi Juancito pues son 35 kilos, menos que una caja de leche, o de una caja de papel bond, menos que una bolsa de cemento creo. Pero su peso no se siente mucho si lo llevas cargando en caballito, haciéndole bromas, pero, cargar su cuerpo herido, significó para mí como cargar una tonelada, sentía ese peso que me carcomía los brazos, pero también sentía cómo mis piernas se movían con una fuerza inusitada, haciéndome correr sin descanso.

El Hospital Arzobispo Loayza estaba muy cerca y lo llevé allí. Hay cosas que no se te olvidan nunca ya dije. Una de ellas es cómo me miró el médico de turno diciéndome que la herida de mi hijo, no lo podían atender allí. Era una mezcla de rostro de pena y otra de susto. Cuando le pedí que me proporcionara una ambulancia para llevármelo, su rostro cambió a enojo. Tuve que llevármelo porque amenazó con hacerme botar.

Recuerdo esos momentos y tampoco puedo olvidar que no hice las cosas como debía. Me asusté, claro. Nadie en su sano juicio al sentir el disparo y ver a su hijo que cae fulminado como por un rayo, se quedaría analizando las cosas. En ese momento sólo pensé en llevarlo al Hospital y estaba cerca de uno, así que lo tomé en brazos y partí con él. Cuantas noches pasé reflexionando sobre mis acciones y llegaba a la misma conclusión: si hubiera esperado a la ambulancia de repente la historia sería distinta y no tendría que estar aquí, parado, en esta esquina, esperando a que salgan de la carceleta los malditos esos.

A las 11:00 am me dijo Pepelucho que salían en libertad. Justo la edad de mi hijo.

A pocas cuadras, el guachimán de la puerta del hospital Loayza, me dijo se encontraba el Hospital Santa Rosa. Traté de tomar un taxi pero ni uno paró. Recordé en un instante cuando mi hermano Lucas le dio por tomarse Raticida Campeón cuando era chibolo y mi Mamá lo intentó llevar en un taxi a la posta, ninguno lo hizo hasta que paró uno caritativo. El chofer le explicó que cuando es cuestión de heridos, es mejor no comprometerse porque la Policía luego los agarran como implicados y hasta les sacan plata para soltarlos, así que el favor suele salir caro.

Sin esperar más salí disparado hacia el Hospital Bartolomé que quedaba en la misma avenida Alfonso Ugarte, más cerca que el otro, solo para desperdiciar más minutos esenciales, porque es un hospital escuela y de maternidad. Tampoco me atendieron.

La carrera continúa

En un sitio leí después que un niño de once años tiene un promedio de tres litros de sangre. La respiración de Juancito me indicaba que estaba vivo, pero sentía la humedad de su sangre bañándome. Había logrado amarrarle con mi camisa el pecho y la espalda, no sabía si era suficiente. Supongo que ver correr a un descamisado ensangrentado con un niño en brazos asusta a cualquiera. Durante los minutos que fui de hospital a hospital solo los guachimanes se atrevieron a decirme algo, los demás eran extraños, ajenos.

Si en ese momento hubiera pedido ayuda a gritos, de repente se hubieran acercado a ayudarme algunos y de repente hubiera llagado una ambulancia. Desde ese día vivo de “hubieras” que me destrozan la mente pensando en cada cosa que debí hacer desde mi nacimiento para que ese día de mierda nunca llegara, para que no tuviéramos que estar en ese puesto de comidas tratando yo de disculparme por mis frustraciones y mi Juancito no tener que haberse colocado justo en la trayectoria de la bala que disparó ese hijueputa.

Trato de no pensar, pero igual siento que esos malditos, el que disparó y el que esquivó la bala, también tienen su “hubiera”. Lo que más me daña es pensar que debí permitir que mi ex esposa se llevara a Juancito a Italia cuando nos dejó. Ese egoísmo mío de no dejarlo partir, diciendo que iba a darle una mejor vida que ella junto a su amante allá en Europa… pues… al final… siento que yo mismo jalé ese gatillo. No importa cuántas personas me dicen lo contrario, es lo que siento y nada lo cambiara.

Hoy en la mañana me corté el dedo, engrasando la pistola como me dijeron. No sé en qué momento fue. Estaba distraído. Según me contó Pepelucho, los dos malditos si bien fueron arrestados y aún con mi estupidez, fueron acusados de asesinato no premeditado y todo, en la carceleta lograron hacerse amigos y perdonarse entre ellos sus deudas, por las que ese día intentaron matarse. Por eso armaron una buena excusa y saldrán libres para que se les siga el juicio desde su casa. Con el tiempo no se les acusará de nada y seguirán con sus vidas.

Los recuerdos

Corrí con mi hijo en brazos por toda la avenida Nicolás de Piérola hasta llagar a la avenida Miguel Grau en dirección al Hospital Dos de Mayo, único lugar en el que me dijeron podían ayudarlo por la complicación de su herida. Corrí como nunca en mi vida recordando sus navidades, sus primeros años, cuando me dijo “Papá”, cuando lloró cuando le dijimos que con su Mamá ya no íbamos más. Creo que fue allí cuando empecé a gritar. Dicen que creían que estaba robándome al niño y por eso llamaron a la Policía. Pero ellos recién llegarían cuando estuve ya en Emergencias del Dos de Mayo. Grité, si, como si quisiera que los pulmones me reventaran, que mi garganta se destrozara ¿Cómo no hacerlo?

Veo movimiento en la carceleta. No hay periodistas. Ellos ya gastaron la noticia los primeros días y, ante mi negativa estúpida de no hacer barullo, se cansaron de la nota, no había ángulo supongo sin mis lágrimas en cámaras. Ahora solo veo familiares de los malditos, sus compinches pues son delincuentes de larga data. Ellos están festejando y se los llevarán a los dos para que tomen y celebren su libertad. Quién como ellos que pueden darse ese lujo se sentirse libres y no atados a un sentimiento de culpa que te rompe el alma.

El inmenso vacío cuando tú no estás

Mis movimientos son automáticos, me acerco despacio a la multitud, con barba de algunos días y lentes oscuros no se me reconoce. Allí están ellos, bajan sonrientes y enfundados en sus chalecos antibalas, porque serán escoltados hasta su casa por Policías prestos a ayudarlos. Pero la gente se acerca más a ellos para abrazarlos, acariciarlos, son sus madres, sus hermanos, sus hijos. Quisiera pensar que lo que haré me calmará el dolor, pero no es así, creo que me llevaré este sufrimiento más allá de la tumba, pero, por lo menos, sé que estos malditos no dormirán tranquilos.

En estos momentos me acuerdo que casi a seis cuadras del Dos de Mayo, un chofer se detuvo y me dijo gritando que me llevaría, que sabía que mi hijo estaba herido. Sin dejar de correr le dije que no, que no era necesario. Cuando me alcanzó volvió a tratar de pararme para llevarnos, pero le contesté que no era necesario. En serio, no lo era, hacía más de ocho cuadras que mi hijo había dejado de respirar y sabía que estaba más allá del dolor, solo que yo no podía dejar de correr.

Al acercarme donde esos malditos saco el arma, ellos me ven, me reconocen y ya se mueven para evitar los disparos, los policías también. Pero las balas no son para ellos, solo es una y es para mí. Quiero que mi sangre los salpique, los marque, porque la de mi Juancito, la de mi hijito, quedó regada en esas largas cuadras en las que lo cargué corriendo por última vez…

Preludio a “Correr con mi hijo en brazos”

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La sangre le recuerda a Pedro que tiene una deuda y la va a saldar. Hoy salen de la carceleta, libres para seguir alegres y ufanos. La sangre le recuerda a Pedro que tiene una treinta y ocho con seis balas y mala puntería. Hoy les harán una fiesta de bienvenida a los dos en su barrio, amistados en el temor de pasar la vida en cárcel, acordaron llevarse bien, después de casi matarse a tiros esa mañana de junio. La sangre le recuerda a Pedro que un niño de 11 años tiene tres litros de rojo líquido vital. Deja a un lado el arma y empieza a secarse la sangre de la mano que emana por la herida que, sin querer se hizo. Son las once de la mañana y falta media hora para saldar cuentas. 

(Próximamente aquí en Crónicas Urbanas www.sarkomedina.wordpress.com)

La decisión de José

la desicion de joséUna vez más llegó a la casa vacía. Trató de descansar en esa cama de dos plazas inmensamente solitaria y no lo consiguió. A pesar de estar manejando más de 10 horas seguidas no consiguió cerrar sus ojos. En su mente sólo estaban las palabras de su esposa Maritza que le contó que su hijo mayor: Manuel de once años, estaba arisco, contestón y que no conseguía hacerlo obedecer ni siquiera hacerlo estudiar.

Su familia se encontraba a más de 340 kilómetros y doce horas de camino. Estaban en ese valle interandino donde su esposa había conseguido trabajo en el Ministerio de Salud pero, lamentablemente, en el último año la cambiaron a un pueblo ubicado a dos horas de la casa donde vivían con sus dos hijos, así que la familia se subdividió de nuevo. La esposa llegaba de noche a la casa con el menor de los hijos de cuatro años, Alfredo, durmiendo en sus brazos y sin tiempo para escuchar con paciencia a Manuel.

José estaba con unas ganas de mandar todo al diablo y mandarse a jalar lejos, tenía plata en el bolsillo, más de mil doscientos soles de la quincena, pero ¿De qué le servían?, si su mujer estaba lejos, si sus hijos crecían sin él.

Consultó la hora y, movido por un resorte primigenio, cogió su maleta de ropa y se fue al Terminal Terrestre. Cuando llegó a casa allá en el pueblo, encontró a su hijo durmiendo solo. Su esposa tuvo guardia en el Puesto de Salud, así que no pudo llegar esa noche. La esperó despierto hasta la mañana siguiente, abrazando a su hijo.

-¿Te dieron permiso para venir?-, le preguntó ella al llegar. –No-, fue la respuesta, -¿Entonces?-, –Nada, solo quería verlos-, –Aya, está bien-, le contestó ella mientras preparaba el desayuno, con el corazón latiéndole con mil preguntas.

Ese día Manuel despertó alegre y se fue al colegio, de donde regresó con la misma enorme sonrisa e hizo sus tareas temprano. Alfredo, vencido su temor inicial, pasó la mañana correteando en la plaza con su papá, para luego preparar juntos el almuerzo y alcanzar a su mamá allá en la posta y comer juntos. Maritza tenía una sonrisa extraña, enamorada, y él estaba como… no sabía cómo estaba, ¿O sí?, Sí, era sentir que realmente estaba vivo y feliz.

A la noche ella le preguntó en medio del silencio que prosigue después del amor, cuándo se iría. José meditó un momento la respuesta porque sería definitiva y cambiaría la situación de manera radical, abandonaría sueños propios, orgullos en la cima de un poderoso bus de dos pisos, dinero para comprar muchas cosas, el asfalto, el bullicio de un motor a sus pies, amigos, todo por un futuro incierto… ¿Incierto?. Sin pensarlo más con seguridad le dijo mientras la besaba: -Me quedaré nomás-, y se quedó.

 

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En la torrentera

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La noche era lóbrega y los niños esperaban a su madre. Ella había salido hace ya tiempo a traer un poco de leña para calentarlos en esa fría noche de diciembre. No ignoraban que en todos lados había movimiento, las gentes que pasaban por encima del puente donde se encontraban, llevaban bolsas en las manos, de repente, alguna llevaba comida. Uno de los muchachos intentó decir algo, pero su garganta estaba fría…

Los cuerpitos de los infantes pueden transmitir muchas cosas si uno observa bien atento. En este caso ellos estaban pidiendo a gritos un alivio para su miedo, miedo de no volver a ver a su madre. En la ciudad empezaban a sonar campanas anunciando el Año Nuevo… ¿Les traería, ese nuevo año, algo de comer, algo de vestido, los llevaría a otro lugar mejor que no sea ese basurero en esa triste torrentera donde hace semanas tuvieron que llamar “hogar”?

Solo deseaban realmente ver el rostro amoroso de esa mujer que nunca los dejaba sin un beso en su sucio pelo o una caricia en sus manos ateridas por la inclemencia de la noche, cruel cancerbera, que no tiene paciencia para retardar el frío que sienten un críos que ni llorar ya pueden…   

¡De pronto!, las luces que se expanden a su alrededor, personas llegando hacia ellos con manos que los tratan de levantar y llevar a otro lugar. En medio del barullo escuchan algo sobre un accidente, sobre una muerte, sobre un nombre que no quisieran escuchar…

En un instante, el mayor de ellos, se suelta de los brazos que lo aprisionan queriéndolo proteger de algo que no pueden, de algo que está pugnando por destrozarle la vida, de ese miedo que puede carcomer toda su existencia futura si llega a incrustarse en su corazón, pero él lucha contra eso que está a punto de ahogarlo y cogiendo de la mano a su hermano menor le promete a ese tal Jesús, a ese amigo que su mamá les enseñó a conversar y pedirle, que no dejará solo a su hermanito, que estarán bien y que su mamá donde estuviera los cuidará.

Quisiera contarles que en ese momento apareció su madre y los llenó de alegría, pero no, la realidad es diferente por cuanto maravillosa, porque hoy ese hermano mayor es ya adulto y trabaja once horas al día y siempre tiene una sonrisa para su hermano, que cursa la universidad en tercer año de abogacía.

Los dos son hombres de bien y los conozco personalmente y puedo asegurarles que siempre recuerdan a su mamá con el amor de siempre, un amor nacido de saber que todo sucede por algo, que todo pasa por alguna razón, y que una desgracia aparente, puede convertirse en el mejor aliciente para no dejarse ganar por el dolor y transformarlo en la materia prima que dará lugar al mayor de los amores: el dar la vida por otro.

 

“¡Mi niño, mi niño!”

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El niño tiene las manos frías, a pesar que están sujetas a las de su madre. Bajan por esa curva hacia lo que en la mañana es un mercado, pero ahora, a las nueve de la noche, es un silencioso y lóbrego punto a llegar para tomar el carro de la seguridad. Aún faltan dos curvas y unas escaleras que llevan al grifo donde cada media hora se paran lo buses de franjas cremas y marrones.

A la mujer le gustaría caminar más rápido, pero el niño apenas tiene siete años y es pequeño. No puede obligarle a correr, jugó todo el día con sus primos, a los cuales ve de vez en cuando. Esencialmente, alguno de los domingos en que pueden darse el lujo del viaje de una hora desde su casa, a ese barrio chacarero. El problema es cuando se hace tarde y no hay buses desde el cerro y tienen que bajar al paradero del mercado. Esta vez es demasiado tarde.  

Una muchacha, ágil, maciza y apurada, pasa a su lado, casi corriendo. “Ella alcanzará el carro antes que nosotros, ¡Pucha!”, piensa la madre y quiere renegar y culpar a su hijo por no apurarse, a su esposo por no acompañarla y preferir chupar con sus amigos los fines de semana, a su madre por no advertirle que no debía tener hijos tan joven. Existen momentos en que todo se acumula en la garganta y no se puede desfogar como se quisiera porque se está haciendo algo. En ese momento ella está jaloneando a su hijo, apurándolo.

Al llegar a las gradas disminuye aún más el paso porque hay que bajarlas con cuidado porque no hay luz. De pronto sienten un ruido extraño, un gemido se escucha y un: “¡Cállate!” y: “¡Ahí viene otra!”, un: “vamos por ella”; y de pronto el peso del niño es nulo.

La fuerza que la impulsa no es un miedo concreto. “¿Quiénes son esos hombres que salen de lo oscuro?”, piensa el niño mientras los mira por encima de la espalda de su madre, que lo tiene fuertemente apretado a su pecho, mientras corre hacia las luces cercanas.

“No lo lograré”, pasa por su mente una y otra vez, piensa en lo que le harán los malditos, en lo que le están haciendo a la pobre muchacha, en qué le hará su marido cuando lo sepa, en qué le pasará a su niño. “No pienses ¡Corre, corre!, le dicta su mente. Uno de los tipos tiene algo brillante en sus manos y se acerca.

La mujer llega a la esquina del barrio cercano, se agacha y coge una piedra. El niño se resbala por un momento pero se agarra firmemente al cuello de su madre. La mujer con un impulso lo vuelve a asegurar y corriendo lanza la piedra a una de las ventanas de las casas, se oye un chillido. El tipo que los persigue se para en seco, da media vuelta y sale corriendo. Por fin una puerta se abre y un hombre en pijama aparece con un palo de escoba en la mano. Ella pide ayuda entrecortadamente mientras salen otras personas de varias casas. “¡Llamen a la policía… Hay una chica… La están violando!”. Los vecinos toman valor suficiente para correr armados de piedras y palos. Pasa un momento tenso y a lo lejos se escucha ruidos de pelea, insultos, un grito agónico.

La mujer no escucha, solo aprieta fuertemente a su niño. “¡Mi niño, mi niño!”. El pequeño no sabe porqué, pero al notar las lágrimas de su madre en sus mejillas recién se larga a llorar. 

El Secreto

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Es un anciano extraño, siempre sentado en esa banca del parque, alimentando a las palomas con migas de pan. 

Desde que tenemos memoria lo hemos visto, en las tardes en que jugábamos a la pelota, ya estaba. 

Siguió allí cuando nos enamorábamos con palabras aprendidas en la tele en las tardes de manzanas acarameladas. 

Estuvo cuando paseamos a nuestros hijos, para mostrarles lo bellos que nos salieron a los demás vecinos. 

Se mantuvo firme sin decir palabra ante nuestras insistentes preguntas, cuando ya maduros, nos reuníamos para hablar de política y quejarnos de los cambios adolescentes de los vástagos. 

Sigue allí y nosotros, ya arrugados y débiles, cada tarde de domingo nos sentamos junto a él y en silencio, alimentamos a las palomas con migas de pan, creyendo que en ello está la clave de su vida eterna.

El nombre

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Cuando tuvo conciencia de que su nombre era el más extraño sobre la tierra, salió en busca de su significado. Primero intentó convencer a su campesino padre, remetido allá en las quebradas telúricas de su terruño, para que soltara prenda, pero no lo consiguió por más llamadas telefónicas que realizó. Entonces acudió a los libros y ellos revelaron significados como carne, cáncer, enfermedad, gula, etc. Buscó entre la Web y halló un doble presidencial en el país de la torre Eiffel. Entre los esoterismos judíos se encontró como príncipe. En búsqueda de sus orígenes indígenas halló que al mismo tiempo invocaba la furia de los vientos como el pudor de una Virgen del Sol. Cansado de tanto laberinto, cogió algunos implementos de justicia y se fue a buscar a su padre a través de horas y lomos de mulas. Al encontrarlo le increpó por el nombre y le exigió, después de 30 años de misterios, que confesara de una vez el secreto.

-Mire mi´jo su nombre se lo puse porque no se me ocurrió otro mejo´, así que dese por contento numás-

Al final el disparo hizo un bonito agujero en la pared de la casa ancestral…      

Corazones irresolutos

alejadosAún cuando nada impedía que estuvieran juntos no lo estaban.

Se amaban, sí, con un amor de esos que se apagan solo en el último aliento.

Para ella, estar con él cuando se conocieron, al inicio de la carrera universitaria, significaba comprometerse con alguien que no tendría paz hasta casarse con ella y no se sentía preparada para eso, le asustaba la idea.

Él aprendió a espiarla de lejos, estando allí cuando lo necesitaba, sin exponer demasiado su interés, firme en su propósito de ser esa gota que labra la piedra.

Cuando ella se sintió lista para asumir una alianza de papel y altar, él tenía ya otro compromiso iniciado y, si bien aún la amaba, era de aquellos que no deshacían su palabra empeñada. Aún.

Con el pasar de los años, los amores para los dos fueron de arena, de fuego, de hielo y de pan por pan, de esos finalmente que te acomodan en la monotonía de salir, amarse piel a piel y olvidarse en el día siguiente hasta la cita pactada y volver a empezar las amabilidades, dejando de lado la pasión. Ellos la amaron con locura, ellas lo amaron con dedicación, pero, para ambos casos, había ese sentido que te avisa que ya el corazón tiene inquilino permanente.

Dos o tres veces se encontraron en esas épocas y la misma mirada preguntándose: ¿Cuándo?, los atormentaba y los hacía anotar por mera cortesía los números del celular, las direcciones del correo electrónico y nada. Silencio apremiante después.

Ella se casó cuando el reloj biológico la loqueó, con un mal partido que la dejó con dos hijos. Él abandonó a su novia de años por una indecisión impropia en él y que le acarreó un mal precedente familiar y social. Aún así no se contaron sus desgracias ni se buscaron. Un orgullo y no pasar por débiles nuevamente los bloqueó.

Ella salió adelante en un trabajo de secretaria que le dio estabilidad y, de tarde en tarde, en vez de llorar en su soledad, buscaba en la red la historia de él, sus pasos como ingeniero y sus logros a pesar de la marca de ser un irresoluto. Para él era fácil saber de ella, aún conservaba a una amiga mutua que le contaba todo en los fines de semana que la llamaba para que le dibuje el panorama a través de la distancia.

Los hijos crecen, los ojos se marchitan, las manos se vuelven inseguras, las historias se reescriben a punta de hospitalizaciones y dolencias varias. El dinero ya no importa como antes y sí conservar extractos de vivencias que nunca se experimentaron. ¿Cómo sería el sabor de sus labios?, ¿Cuántas veces sonreiría viéndola despertar?, ¿Un roce de su mano lo salvaría?, ¿Estaría allí para ella pese a sus explosiones?…

Él murió una tarde de abril. El corazón, a falta de ese amor, o, como dijeron, a falta de fuerzas, le falló justo cuando pensaba en ella, recordando esas miradas, seguro del amor de ella y del suyo propio. Una sonrisa en los labios es lo que encontraron los paramédicos que llegaron a certificar su partida.

Ella no se enteró de nada, minutos después de que él dejara de respirar, tuvo la certeza que estaba lista para ir a su encuentro de una vez por todas, aún a pesar de sus arrugas, ya inventaría formas de amarse a los ochenta años. Se paró con esa determinación, para caer fulminada por el amor que con ímpetu le sobrecargó su corazón.

Quiero pensar que, sin las trabas de este mundo, se encontraron allá, en ese lugar en el que todo es posible y que solo el amor cuenta. Sí, así quiero imaginarme el final de su historia: Los dos juntos, en un lugar lleno de luz, lleno de cariño, lleno de comprensión, solo para ellos, respondiéndose por fin sus dudas.

El salvador

el salvadorLa balacera es una fiesta de ruido seco y sin eco en la mañana entrada en calores. Es domingo en todos lados y se siente en las calles tranquilas, roto solo por ese retumbar extraño y solitario que se repite cuatro veces en el aire urbano del barrio.

Carmen cocina con el gas que lleva hasta allí un motociclista todos los últimos jueves del mes con quien tiene un romance efímero de sexo mal hecho en la cocina. Es su venganza poética, que le llena de sabor los labios cuando besa a su marido cuando llega ebrio de otros amores y con el aroma de otras cocinas en el cuello.

El niño de seis años mira la tele, absorto en los colores casi naturales de la pantalla plana que le muestra un mundo lleno de fantasía y fiesta que nunca ve en las calles por donde da sus pasos hasta su colegio, de allí a los brazos de su mamá Carmen y después a los juegos con su papá en las noches que no sale a trabajar cuando carga su “amiga cuarentaicinco” en la espalda, entre el pantalón y el canzoncillo.

Su papá, al que llaman “Peluche”, está corriendo para protegerse. Caminaba hacia la tienda a comprar un par de chelas para la sed de la mañana dominguera, cuando vio aparecer a ese motociclista encapuchado y supo que venía por él. Trató de esconderse detrás de un poste pero, una bala que se incrustó en su hombro, lo impulsó a buscar refugio en su casa. Llegó a la puerta con dos tiros más en las piernas para empujar con el peso de su cuerpo herido la puerta metálica. Carmen no salió a ver nada, estaba segura que estaban matando a su marido y no quiso presenciarlo…

Quién sí salió corriendo y sin miedo fue el niño que se llama igual que su padre: Pedro. Mira con ojos asustados la sangre que sale a borbotones de las piernas de su papaíto y de una nueva herida en otro de sus brazos y salta sobre él llorando, suplicando al encapuchado para que no mate a su progenitor.

Pedro está temblando, no dice nada, mira para un lado y otro buscando explicación del porqué  están disparando contra él si no mató a nadie, si solo es un ladrón de noche con una pistola de juguete. Pero con el brazo que puede mover separa a su hijo de él y mira de una vez a su asesino, sin miedo en los ojos. El niño puede más que su protector y de nuevo se aferra al cuerpo pidiendo con más fuerza, ¡No mates a mi papá, es bueno!, ¡No lo mates por favor, por favor!

El viento sopla con fuerza mientras el frustrado asesino baja el arma y se va, sin dar la espalda, monta en su moto y se aleja mientras los vecinos salen para ayudar a Pedro. Lo que no consiguen es que Pedrito deje de abrazar a su padre.

Nacerá un nuevo hombre esta Navidad

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Imagen que se encuentra en la Basílica Catedral de Arequipa

Antes de nacer ya está causando contradicciones este bebé. En su propio padre (en este caso putativo) motivó la aparición de un tipo de justicia extraña, porque al saber que su novia estaba embarazada de alguien que no era él, no se fue a tirar piedras en la casa de sus suegros, o emborracharse hasta morir y denunciar en cuanta red social pudiera el engaño, sino que lo motivó a la compasión, a la caridad, algo que es extraño en estos tiempos. Pero dio un paso más: creyó en ella y no le importó de quién sea el hijo que viene, él ama a esa muchacha, la ama de verdad y está seguro que ella también lo ama: el futuro no importa si los dos están juntos.

Y después de enfrentar a la sociedad se unen y no hacen caso a las voces que les dicen que se van a divorciar, es más que se TIENEN que divorciar. Los problemas no acaban con este sí que ambos se dan, sino empiezan, y cosa rara, la pobreza es patente, sí, pero la alegría lo es más. El haber aceptado la realidad de su situación motiva al padre a cuestionarse algunas cosas y se convence que no se puede decidir en qué familia nacer, pero sí a quién amar como familia…

No lo saben, pero alguien quiere matar a su hijo, alguien está determinando reglamentos y moviendo a las masas para asesinar a ese niño en el vientre de su madre y hasta se preparan discursos: tú niña no debes pasar por un embarazo, no debes frustrar tu futuro con un hijo, debes decir que fue una violación de un soldado para que te libren del problema, que tu cuerpo te pertenece y puedes hacer lo que quieras y como lo quieras hacer niña… Pero la madre no escucha más que los latidos de eso otro corazón que está creciendo dentro de ella.

Y lo que pasó en ese pueblo es ya de conocimiento público: nadie los quiso ayudar, fueron de un lugar a otro para que los apoyen… pero nada, hasta un periodista creativo escuchó su historia y escribió una crónica en el que incluyó medios de comunicación y graficó la desidia de las personas. Pese a todo esto, al padre no se le llenó de odio el corazón y no se quedó reclamándole a nadie, sino que ya está poniendo manos a la obra para atender el parto de su esposa en ese garaje que le prestaron para que duerman, y ya acomodó esa caja de herramientas para utilizarla como camita y, en medio de un tico y una combi estacionadas, la madre empieza a padecer ese dolor contradictorio que trae un sufrimiento indecible pero al mismo tiempo la alegría máxima al saber que se está trayendo al mundo un nuevo ser.

En un instante, al padre le viene un flashback: la historia futura de ese bebé, su amor por todos, aprendiendo a hacer las cosas con responsabilidad, su obediencia para su madre cuando él ya no estuviera vivo, su fortaleza de salir a comunicar que un mundo nuevo es posible si nos armamos con las herramientas del amor, la igualdad, de la caridad, de la justicia, de la honestidad, de la defensa de los más débiles y del perdón… hasta verlo morir por la defensa de sus ideales y por no dejarse corromper por la cobardía de no decir la verdad, el corazón se le hincha de orgullo sano y una oración se gesta en sus labios.

Curiosamente no ve imperios, cúpulas, o riquezas, tampoco los debates y los desgastes tratando de negar la existencia de su hijo, lo único que vislumbra son las réplicas de su ejemplo, los actos anónimos de bondad, la cantidad de buenas acciones diarias, los valientes testimonios de aquellos que también defendieron la verdad y la justicia. Y es que su hijo es una esperanza para cada uno de los hombres y mujeres como modelo de rectitud a través de los siglos, y se alegra que todo empezara cuando él y su mujer dieron un sí a la Vida y al amor que se tenían… lo demás es historia conocida…

La vida es linda

 

sicarioYa perdí, lo sé. El sicario me apunta con el negro cañón de una treinta y ocho automática y a mi costado puedo atisbar que mi compañero de mesa, en este barcito al aire libre, está saltando hacia un costado para evitar las balas o mi sangre, lo que salpique primero.

Estoy consciente de que voy a morir, sólo quisiera saber de quién es el dinero que está en el bolsillo de mi asesino, quiero saber antes de hundirme en la muerte, cual de mis vengativos amigos fue el culpable: ¿el Chato?, ¿el Zambo?, ¿el Zancudo?, cuál de ellos quiere quedarse con la supremacía de la banda, de mis huecos de droga, de mis mujeres.

¿O no será alguno de los familiares de los fríos que me cargue a lo largo de estos años?, ¿Será el padre de la niña que terminamos asfixiando después de cobrar la recompensa?, ¿El tío del guachimán que matamos por escapar y que juró que nos buscaría hasta encontrarnos?, ¿Será la madre de aquel drogadicto que acuchillé porque me debía una luca?

¿Y si es la misma Policía que me está matando por venganza de los dos tombos que violamos el año pasado?, ¿O el juez de mi último juicio al comprender que no tengo salvación ni cura para el vicio de matar?.

Podría ser cualquiera de mis familiares… hartos de mi mala fama que los ensucia peor que ventilador al pie de bosta de vaca. Podrían ser los hijos que no reconocí, las mujeres que violé, ¡Mi propia madre!, para evitarse la vergüenza de cada día ocultar la cara por las calles, si es que alguien la reconoce como la que dio vida a este engendro que soy.

Puede ser cualquiera, el tema es que ya perdí y las balas empiezan a morder mi carne y la vida se me va, ¡Carajo!, había sido bonito el cielo celestito de esta ciudad de la cual siempre me quejé, ¡Mierda!, ¡Qué linda era la vida!.

Desde hoy… ya no me pegarás

Sé cómo llegaste a mi vida, en medio de mi adolescencia, a pintarme colores a las tardes tristes, antes de llegar a casa. Esa misma casa donde mi padre golpeaba a mi madre cada vez que se emborrachaba. Ilusa de mí, en las lágrimas sordas de mi madre no veía repudio al agresor, solo conmiseración y una paciencia que rayaba la brutalidad.

Tampoco yo, debo confesar, se me ocurrió denunciar al bestia que me había engendrado, tanto por el miedo milenario de la mujer contra el proveedor. Ahora así lo descubro. Miedo.

Un miedo a que me pase lo mismo, que hizo a mis oídos sensibles a tus palabras cursis, a tus provocaciones, a tus manos que recorrían caminos con ternura, o así lo creí. Porque no era ternura ni amor, era calentura y ganas de tenerme para ti, infeliz criatura, que buscaba en mí la seguridad falsa de sexo, como yo buscaba en ti esa figura paternal soñada, aquella que me protegiera de mis pesadillas.

Han pasado años para darme cuenta de todo eso, no porque sea sabia ni porque haya estudiado en una universidad, que bien sabes me prohibiste desde que nos juntamos en el cuartucho donde decías ibas a construir nuestro paraíso. Lo aprendí porque busqué una salida a ese sinsabor que me dejaban tus golpes. No confundas el sabor de la sangre que se asume con resignación, con el sabor de sentirse burlada, usada, instrumentalizada.

Te sorprendes por mis palabras y deberías. No las aprendí en la televisión o en folletos, porque la mayoría, al contrario, me impulsarían a liberarme de ti, para convertirme en algo que no soy: en una amargada odia hombres, o peor, en una mujer que andará de cuerpo en cuerpo, de hijo en hijo, buscando un rol en el cual encajar.

Porque tú y las malditas formas de ver a la mujer, quieren que sea algo o una cosa: que sea una dirigente, una víctima, una madre abandonada, una protestante eterna. Pero no lo seré. No seré un número más para ninguna estadística. Sabrás que yo soy un todo: soy madre, soy trabajadora, soy valiente, soy cobarde, soy reniegos, soy halagos, soy mano amiga, compañera. Pero nunca más un objeto.

Amo la vida como no tienes idea y me he descubierto a mi misma como la máxima expresión de este mundo, porque nadie más que nosotras que pueden enfrentar el futuro con la seguridad de tener bien claro el destino, que es ser un todo, algo que, muchos de ustedes, que tú, nunca aceptarás, porque para ti, el hecho de trabajar o de ser padre, o ser alcohólico, o ser amigote o amante de otras, es un papel, nunca te encontrarás solo contigo para descubrirte, porque huyes de tu propia miseria de ser un violento que no encontrará paz.

Te escribo una carta, en un papel de cuaderno, del cuaderno de nuestro hijo, para que entiendas lo que pierdes y perderás del todo si no reaccionas, porque, a pesar de todo, y eso me dignifica y me hace sentir sana y curada, te he perdonado todo, pero no olvido nada. No permitiré de nuevo que me uses como tú quieras, sino que, si deseas cambiar, esperaré a que lo hagas por ti, no por mí o por tu hijo. Nosotros estaremos bien, felices y sin resentimientos, extrañando de repente lo mejor de ti, que poco nos mostraste para ser sincera.

Ahora me voy, no por miedo, sino porque debe ser así. Nada de rencores, no nos busques que ya estoy bien asesorada legalmente. No pienses que me dejaré usar por odios contra ti. No lo haré, ya te dije que me he reconocido como un todo, no por algún rol que tenga que cumplir o alguna tendencia que tenga que asumir, el todo o nada no funciona para mí en este momento. Tengo un hijo que es el motor de mi vida, pero principalmente me tengo a mi, única e irrepetible, para llegar tan alto como yo me lo proponga.

Si me amas, déjame ser libre y en libertad algún día de repente nos encontraremos para hacer las cosas como debieron, para bien tuyo, mío